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En el azul del cielo

En el azul del cielo (Spanish Edition) par [Morales Montes De Oca, Judith]

Esta es la segunda vez que leo En el azul del cielo, de Judith Morales Montes de Oca.

La primera vez fue cuando apenas nos habíamos conocido por Internet y me sentí privilegiada por leer la versión inicial de estas memorias, entonces titulada Libre eres.

En las dos ocasiones me he sentido emocionada y sorprendida. Me he reído en algunos pasajes y me he entristecido en otros. Sobre todo, ha sido un largo e intenso recorrido por “Memory Lane.”

“En el azul del cielo” es un hermoso y sincero homenaje a un padre, pero va mucho más allá. Es la Historia mezclada con la historia, lo colectivo con lo personal, narrado con maestría autoral y sandunga criolla.

Al leer la obra, además de convertirse el lector, por obra y gracia de la literatura, en testigo de las alegrías (y hasta los chismes y trifulcas, que los hay) de su familia, se lleva una visión completa, y compleja, de la vida cubana desde los años sesenta hasta los durísimos noventa.

Recoge episodios de las escuelas “al campo” y el bombo de los juguetes (un verdadero invento surrealista) además de las increíbles maromas para reparar una casa o cambiarla por otra. Sobre el Período Especial, esta es una de las mejores descripciones de aquella época que he leído:

“La proteína animal y la grasa eran lujos que casi nadie podía permitirse en su dieta; quienes antes se lamentaban del invariable arroz con frijoles, y podían tenerlo ahora todos los días, se consideraban afortunados.”

Algo especialmente interesante es que tenemos la perspectiva de una familia pinareña. Aunque la autora, que es psicóloga, estudia su carrera en La Habana (no se pierdan las experiencias de la beca y el intento de reclutamiento de que fue objeto, ¡ay!) buena parte de las descripciones se refieren a la vida en la provincia más occidental de Cuba.

Pese a lo fuertes que son algunas de las experiencias, la lectura se hace fácil, entretenida y sabrosona. Es como si la autora nos invitara a conversar con ella, sentados en una mecedora y tomándonos juntos una taza de café.

A todos los que quieran saber más sobre la vida en Cuba, les recomiendo especialmente estas memorias, en una bella y cuidada publicación de Azopazco Edita.

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La autora junto al mar

La novela olvidada del socialismo cubano

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Protagonistas del realismo socialista cubano en los años sesenta

Publicada originalmente en Sub Urbano Magazine

El principio de la década del setenta, cuando Manuel Cofiño publica La última mujer y el próximo combate (1971), es una época de trabajo y escasez para los cubanos, pero también de relativa esperanza en un gobierno que sólo llevaba doce años en el poder y había prometido una reestructuración completa de la sociedad.

Pese al descalabro económico sufrido después de la malograda Zafra de los Diez Millones en 1970, que no llegó a producir diez millones de toneladas de azúcar, como se esperaba, sino apenas ocho, y que consumió los no muy abundantes recursos del país, parte de la población cubana aún confiaba en el cambio que prometía un régimen que había llegado al poder por las armas en 1959.

Fidel Castro, alzado a fines de los cincuenta en la Sierra Maestra y con la ayuda de grupos guerrilleros localizados en diferentes zonas del país, fundamentalmente montañosas, y focos revolucionarios en La Habana, Santiago de Cuba y otras ciudades principales, tomó el poder el primero de enero de 1959. En pocos años llevó a cabo la nacionalización de todos los negocios privados y extranjeros y eliminó los casinos, así como la lotería y demás juegos de azar. Emprendió una política radical de reforma agraria encaminada a la colectivización total de la tierra. Prohibió la existencia de partidos políticos, excepto el comunista y limitó la posibilidad de abandonar el país legalmente para los que deseaban hacerlo.

Grupos de oposición interna surgieron como respuesta a estas medidas. Los nuevos alzados buscaron refugio en las mismas montañas del Escambray que habían servido de refugio a los guerrilleros que ahora detentaban el poder. Por otro lado, cubanos de todas las clases sociales abandonaron el país mientras fue posible hacerlo sin trabas. (La mayoría se estableció en Estados Unidos.) También surgieron grupos de resistencia en las ciudades.

La respuesta del gobierno cubano fue una operación conocida como “limpia del Escambray,” encaminada a la destrucción de los grupos insurgentes en las montañas, y el recrudecimiento de la vigilancia en las áreas urbanas. Esta última estrategia se basó en la labor de organismos como los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), que cuadra por cuadra mantienen incluso hoy día un registro de cada familia y los antecedentes políticos de la misma. A su vez, los CDR cuentan con un Comité de Vigilancia y Protección interno, cuya misión es fichar a las familias consideradas desafectas al gobierno y mantenerse al tanto de sus actividades.

En cuanto a la política cultural, el nuevo gobierno procuró atraerse el apoyo de los intelectuales, tanto cubanos como extranjeros.

El autor y su tiempo

Manuel Cofiño, miembro de Casa de las Américas y publicado por la editorial de esta organización, formó parte del grupo de escritores que consagraron su pluma y su carrera al realismo socialista, como un medio de elevar la conciencia social de las masas, pintando las ventajas de las acciones de la revolución sobre las de los gobiernos anteriores.

La trama de La última mujer y el próximo combate (Casa de las Américas, 1971, y Premio de Novela ese año) tiene lugar en un momento en que aún no se ha perdido la memoria de los primeros alzados, pero la presencia de los segundos sigue siendo fuerte en las áreas rurales. En la obra se trata de probar, de una manera bastante simplista en ocasiones, la diferencia entre los alzados “buenos,” los que habían luchado contra Batista, entre quienes se encuentra Bruno, el héroe, y los “malos,” como Siaco y Cueto, que se rebelan contra el gobierno de Castro.

La novela

La última mujer y el próximo combate es esencialmente una novela sobre la revolución y los hombres que la construyen, lo que se apunta desde el título. La “última mujer” a la que se alude es a la que el héroe posee antes de entrar en combate. Aunque la mujer aparezca en el título, no es la protagonista. Sin embargo, dos personajes femeninos, Mercedes y Nati, juegan un importante papel en la trama.

En toda la obra de Cofiño, La última mujer… es particularmente interesante porque no se enfoca en la vida habanera, como es el caso de la mayoría de sus novelas (Cuando la sangre se parece al fuego, Amor a sombra y sol y su colección de cuentos El anzuelo dorado, entre otras) sino en una remota área rural. La acción ocurre en una región pinera de la isla, en un plan forestal dedicado a la siembra de pinos y majaguas. Allí existe también un grupo de alzados que conspira contra el gobierno.

La acción comienza cuando Bruno, antiguo alzado durante la lucha contra Batista y ahora dirigente revolucionario, viaja desde La Habana hasta el vivero Las Deseadas, uno de los que componen el plan forestal. Su misión es corregir ciertas irregularidades que se han detectado en el funcionamiento del plan. Lo ayudarán Sergio, Jorge y otros dirigentes locales.

Las “irregularidades” resultan ser peores de lo que Bruno se esperaba. Éste descubre que Milé, el antiguo director del plan, comerciaba en el mercado negro con la ropa de los trabajadores, les cobraba por llevarlos al médico y había vendido tierras sin autorización del estado.

“Los buenos y los malos”

Desde el principio de la obra se sugiere que la actitud del primer director ha contribuido a la presencia de un foco de alzados “malos.” Milé, al dar con su actitud una imagen negativa de la revolución, se ha enajenado la buena voluntad de los campesinos, que no confían en los habaneros recién llegados y buscan otras soluciones. Sin embargo, Bruno se propone modificar todo esto y demostrar a los campesinos que el nuevo sistema no los defraudará.

Entretanto, en el pueblo se habla de un ser casi mítico, un guerrillero conocido como Pedro el Buldocero, o el Buldoceador, alzado “bueno” durante la lucha contra Batista. Uno de los personajes dice de él: “Por aquí hace falta Pedro el Buldoceador para que meta las cosas en cintura” (27). Así, se presenta a este guerrillero como el único capaz de arreglar la caótica situación del plan. Y llega Bruno.

Como primera medida, Bruno manda poner presos al antiguo director del plan y a sus colaboradores. Toma a su cargo deshacer los entuertos dejados por su antecesor. A poco de llegar, conoce a una campesina joven, Mercedes, trabajadora de vanguardia que se enamora platónicamente de él. No queda claro si hay correspondencia por parte del héroe, a quien no parece quedarle mucho tiempo para romances.

En cuanto a las tierras vendidas ilegalmente, Bruno resuelve el problema convenciendo a los campesinos que las ocupan para que se integren a un nuevo tipo de asociación: el microplán, que es una realmente cooperativa.

Milé, el primer director del plan, había abusado de su cargo, explotando a los campesinos y “desviando” los recursos. Ahora le corresponde a Bruno poner orden en la comunidad. Sin embargo, Bruno, abogado de profesión, no tiene los conocimientos necesarios para dirigir un plan de esta índole. Llama en su ayuda a Sergio, un técnico forestal educado en la antigua Unión Soviética (interesante dato sobre los lazos cada vez más fuertes entre los dos países) así como a los campesinos más antiguos de la zona y que muestran decidida simpatía por el gobierno, como Clemente.

Aquí vale señalar que la obra funciona también como un medio de mostrar las ventajas de las cooperativas sobre el antiguo sistema de tenencia de tierras por particulares. Durante la década de los 70, varias series televisivas y radiales (la radio novela Polvo rojo, de Dora Alonso, y la telenovela La peña del león entre otras) abordaron el mismo tema, siempre con iguales conclusiones: lo mejor que podían hacer los campesinos cubanos era integrarse al sistema de propiedad comunal.

Mientras Bruno trata de convencer a los campesinos sobre las ventajas de la cooperativa, un grupo de oposición al gobierno hace campaña contra él y la idea de los microplanes. Lo forman Siaco, antiguo gallero, y otro campesino llamado Cueto, a las órdenes de un agente de la CIA que se ha ocultado en las montañas.

“Las buenas y las malas”

Siaco es amante de Nati, con quien engaña a su mujer, Claudia, un personaje femenino opaco y sin mucho relieve (la típica campesina sumisa a su consorte). A su vez, Nati, ex prostituta, vive con Clemente, trabajador de vanguardia, que no sospecha nada del engaño.

Nati es “una mujer que deslumbraba a los hombres y de la que se decían cosas” (164). Hace poco me decía un amigo cubano: “los muchachos de nuestra generación tuvimos nuestras primeras masturbaciones con las novelas de Cofiño, a falta de Playboy. Nati era la porn star.” Se le describe como una mujer extremadamente hermosa y con un atractivo irresistible (incluso Bruno, a su pesar, se interesa brevemente por ella).

Por el contrario, la menos atractiva pero más esforzada Mercedes (trabajadora de vanguardia) se pinta como un modelo de la “nueva mujer cubana.” Da la impresión de Bruno podría llegar a querer a la muchacha no por su apariencia física, sino por su constante dedicación al trabajo. ¡Este es quizá uno de los aspectos menos “realistas” de una novela representativa del realismo socialista!

Bruno lleva la luz eléctrica al poblado, distribuye ropas a los campesinos y promete otras mejoras para el futuro. Algunos campesinos que tienen propiedad de sus tierras, como Clemente, se integran voluntariamente a la cooperativa.

Siaco, Cueto y Bebe planean matar a Bruno y luego irse, con Nati, en una lancha a Estados Unidos. Pero son descubiertos. Siaco y Bebe mueren en un encuentro a tiros con Bruno y éste cae herido y muere también en el hospital, junto a Mercedes. Ahí se descubre que Bruno y Pedro el Buldocero son la misma persona, lo que convierte a éste en símbolo del revolucionario mártir, parte fundamental de la “hagiografía revolucionaría” que florecería en los próximos años. Incluso se insinúa la aparición de Fidel Castro en el funeral.

Mientras ocurre la batalla entre Bruno y sus enemigos, Nati busca desesperadamente a Siaco. Al no encontrarlo, se oculta en una casita escondida entre la maleza y comienza a quitarse la ropa, sin que se explique la razón. La casa se desploma de pronto, dejando a Nati desnuda a la vista de los campesinos que perseguían a su amante. Así termina la novela.

Aunque ostensiblemente no se critica a Nati por su pasado, la “impureza” del mismo la condena al cabo, impidiéndole participar en la construcción de la nueva sociedad.

En la próxima entrega se analizará la figura de Nati con más detalle, así como su influencia en la novelística cubana de años posteriores.

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Manuel Cofiño

Los cuentos sandungueros de Alex Heny

Alex

Conocí a Alex Heny, (su apellido está compuesto por las siglas de “havanero en New York”) de manera internáutica, como se entablan tantas amistades en el nuevo milenio. Un día, buscando una receta de cocina cubana, encontré por casualidad su blog. Para los que quieran darse un paseo por allí, que se los recomiendo, ésta es la dirección: http://havaneroenny.blogspot.com.

Alec Heny ©

Ya metida en lo que su autor describe como “un blog opinionero,” comencé a husmear y no he dejado de visitarlo desde entonces. Sus artículos y cuentos me hacen pasar muy buenos ratos. El estilo de Alex Heny está empapado de sandunga cubana, no importa si está dándoles carrilla a los candidatos presidenciales o ensartando una historia en la que la ficción se confunde con los recovecos de la verdad. De modo que es una alegría saber que se ha decidido a lanzarse de la pantalla a la página, a dar el salto cuántico que significa publicar un volumen de cuentos que compartirá con el mundo no virtual. Aunque espero, por supuesto, que haya en algún momento una edición en Kindle.

Monólogo para una señora de buenas tetas y otros relatos se abre con “Frío,” un cuento ardiente con reminiscencias de Jack London. Es  el monólogo de un estudiante cubano internado en un país europeo, donde ve caer la nieve por primera vez. El país, asume el curioso lector, pertenece al ex campo socialista. No se entera el curioso de cuál es, pero tampoco importa. Lo que hace al caso es la aventura friolenta y erótica del cubano en tierras de hielo.

En “Diez pesos” la neurosis  del período especial se ceba en el protagonista, Cucaracho Martín que con diez pesos convertibles se pregunta qué comprar en hambreada La Habana de los noventa. “Puerco a las tres de la madrugada” nos remite a la misma época, cuando en Cuba se criaban cerdos para suplir la cuota de la libreta y complementar al picadillo de soya, el fricandel y otras atrocidades alimenticias. La narración está entreverada con una veta erótica que es la marca de fábrica del autor.

El cuento que da título al libro tiene su sal y su pimienta. Si te gustaron Cincuentas Sombras de Grey, te sentirás muy a gusto con esta versión supersized y cubanonga hasta la médula. “Trauma” explora la pesadilla de los cubanos que no viven en Cojímar, ni en Cuba. A algunos se nos pierden, en los sueños, el pasaporte. Otros pierden la dirección. “Biografía,” mi relato favorito hasta que leí “Historia de maletines,” es impactante por el principio y por el fin. No digo más para no echar a perder el efecto.

“Historia de maletines,” al que me refería, merece su propia novela, que espero leer un día. El protagonista, poster child de la generación de los sesenta, salta de albergues a aeropuertos hasta posarse con el maletín de “lona negra y discretos herrajes de aluminio anodizado,” en la tierra que le da abrigo.

“Llueve en La Habana” es un aguacero de nostalgia (nostalgia de recuerdos, no de ganas de regresar) para cualquier habanero de pura cepa: un recorrido en la ruta 37 hasta el Túnel de Línea y más allá, amenizado con música de Carlos Varela. Broche de oro para un excelente libro.

Que a este primer volumen sigan otros (muchos más) de quien se firma Havanero en New York. Enhorabuena.

El libro, publicado por Eriginal Books, ya se encuentra a la venta en Amazon.

 

Las arterias sangrantes de El Corazón del Rey

Felix Luis Viera

Reseña publicada originalmente en Otro Lunes

El Corazón del Rey, de Félix Luis Viera, se publicó Innovación Editorial Lagares en 2011con una bellísima portada diseñada por Ignacio Meza. Gracias a esta novela he conocido Santa Clara. Entendámonos: jamás estuve allí; no me paseé por el Parque Vidal ni me emborraché en el bar Crema ni disfruté de un espectáculo en el teatro La Caridad. Nunca caminé por las calles de Dobarganes ni visité El Condado. Pero Magalí, la Samaritana, Robertón y el narrador anónimo me sirvieron de guías, Virgilios literarios, por los vericuetos de la ciudad.

La novela cuenta con una extensa gama de personajes que se mueven en distintas esferas del entramado social, permitiendo al lector disfrutar de una visión panorámica de la vida cubana durante los años setenta. Y que los hay de rompe y rasga. Robertón Pérez “el autodidacto,” borrachón y filósofo de bar, es uno de los de más peso. Me atrevo a decir que hasta le roba escena al protagonista. Robertón y su enredo con la misteriosa Beatriz Elena; Robertón y sus charlas de aliento etílico; Robertón el negociante, el amigo-casi padre del narrador, el que le dice:

“si al fin fueras escritor escribe claro como un diálogo en el banco de un parque, no enredes la esfera, no hagas de la literatura un sortilegio, escribe de la vida, de su risa y su dolor, di la verdad, sé crudo hijo mío porque cruda es la vida, la vida es la vida, no lo olvides, la vida no es una novela, y una novela trata de la vida, no de una novela, fíjate bien bien: siempre la verdad, o por lo menos la verdad que creas verdad, suéltala hasta los tendones, muérete por ella.”

Mejor consejo, ni en los talleres literarios…

Y del machísimo Robertón pasamos al extremo opuesto. Ahí está La Samaritana, de comicidad indudable, pero profundamente humano, que es otro personaje de mucho garbo. Homosexual en Santa Clara, peluquero y manicurista, se emparienta de lejos con el magistralmente trazado La Elefanta, de Un Ciervo Herido (novela que anteriormente publicara Félix Luis Viera con la editorial Plaza Mayor). Su coquetísimo y afocante comportamiento provoca momentos de risa loca y otros de inevitable reflexión, así como de suma tristeza.

También están las mujeres (Magalí, Maritza, esa mulata lavada que no lleva ajustadores) que no son, ni mucho menos, personajes menores. Al contrario, con sus agudas, y en ocasiones discordantes, voces femeninas, contribuyen a la polifonía de la obra.

El Corazón del Rey conjuga varios géneros. Es novela realista que pinta, sin ambages, lo cruda que es la vida (como si el propio autor siguiera al pie de la letra los consejos literarios de Robertón). Hermana la ficción con el ensayo, sin dejar de ser una obra profundamente erótica y, no faltaba más, también política. Pero sin teques, eh. Para candangas, las que pronuncia el angélico Benito de Palermo, manual de marxismo en dos pies, ingenuamente inmerso en su obsesión. Esto es, en su “lucha ideológica,” a la que me referiré otra vez más adelante.

El lenguaje, como ya tiene acostumbrado Félix Luis Viera a sus lectores, chisporrotea en las páginas. Por ejemplo, el ingenioso verbo “cojonear,” puesto en boca de Robertón, le da ese toque sandunguero de plato de frijoles negros acompañado de cerveza fría. La obra contiene explicaciones semánticas, indispensables para quienes no sean cubanos o hayan dejado la isla antes de los setenta. ¿Cuál es la diferencia entre trabajo productivo y trabajo voluntario, a ver? ¿Y qué significan contracandela, Init, Oficoda? Terminachos comprensibles sólo para los iniciados, definiciones surrealistas que el narrador devela con una mueca irónica, a la vez que relata cómo un hogar de niños cambia de nombre, de La Creche a Pequeños Lenin, o alude a un perfume con el churrigueresco nombre de Pasión Koljosiana. ¿Será éste un complemente del Moscú Rojo, aquel siete potencias bolchevique?

Una pregunta generacional sugiere mucho y da el tono de la novela: “¿Qué daño podrían hacerle Los Beatles a las fibras patrióticas de alguien?” Pregunta que no responden ni Magalí, la amante del protagonista, ni Maritza, la novia inmaculadamente roja vestida de amarillo, que le raciona el sexo hasta que él “cambie.” Pregunta que no puede responder nadie, porque las encontradas discusiones ideológicas entre Maritza y el héroe (o antihéroe) no llegan a ninguna conclusión. No hay vencedores ni vencidos. La carta final del narrador a Maritza es un alegato en que aquél destila todo su despecho, las palabras que explican su conducta, su razón de vivir… Son palabras que Maritza realmente no llega a comprender pues el de ellos es diálogo de sordos. Una lucha ideológica como la que preconiza Benito de Palermo, en la que sólo queda vivo, latiendo lentamente mientras el cuerpo se desangra, el corazón del rey…

La apertura cubana: un magistral gambito literario

Publicada originalmente en Sub Urbano

La trama de La apertura cubana, que mezcla ajedrez en el tablero y verbal, se basa en una confusión de identidades. La pasajera del avión secuestrado, hija de padre cubano y madre judía, que sufre los interrogatorios de un burdo teniente de la Seguridad, ¿tiene o no algo que ver con la adolescente cubana autora de un querido (y esporádico) diario en el que echa pestes de todo lo humano y lo divino, comenzando por su madre y su hermana?

La novela se mueve entre los relatos en las voces de estas protagonistas. Así, las escenas van desde las mortificaciones de la Previa (una especie de boot camp isleño para estudiantes de un preuniversitario militar) a las conversaciones, monólogos más bien, de la viajera detenida en una celda de la Seguridad.

¿Cuál es el lazo que las une? ¿Quién es quién?

La apertura cubana está además sazonada con unos juegos lingüísticos tan jugosos que harán que el curioso lector vacile entre dejar de leer unos segundos para apuntarlos y que no se le olviden…para después soltarlos como si fueran de su propia cosecha. Afortunadamente, su fuerza de succión es tal que resulta difícil cerrar el libro para tomar apuntes. Sugerencia: leer con lápiz y papel  al lado. O si se tiene la novela en Kindle, hacer anotaciones en amarillo.

Entre bromas y veras, La apertura cubana capta dos franjas de tiempo de la vida en la isla, cada una con su propia coloración, léxico y ansiedades. No se pierdan esta partida de ajedrez novelístico con variantes agudas y gambitos inesperados.

Entrevista al autor

Teresa Dovalpage: ¿Cómo surgió la idea para esta novela?

Alexis Romay: La idea de La apertura cubana me asaltó de un golpe en circunstancias que prefiero no revelar pues tienen cierta conexión con la trama. A diferencia de su predecesora, Salidas de emergencia, en la que en muchas ocasiones durante el proceso de escritura no tenía idea de qué pasaría en el siguiente párrafo (e iba, a sugerencia de Machado, haciendo camino al andar), La apertura cubana surgió como Atenea de la cabeza de Zeus: completamente formada. Comencé a escribirla un primero de noviembre, y siete noches después conocía el desenlace y qué piezas debía mover en el tablero para llegar a él. Solo era cuestión de ponerlo en letra de molde. O, si lo prefieres en términos ajedrecísticos, debía proponer un gambito, rechazar otro, y tener siempre presente que en el ajedrez no hay nada tan dramático y bello como un sacrificio de dama.

Teresa Dovalpage: Es un regalo de los dioses cuando las novelas  salen así, ya hechas, y uno no tiene más que transcribirlas. ¿Y por qué decidiste usar una voz femenina para contarla?

Alexis Romay: Jamás consideré valerme de un personaje masculino. Eso es por aquello de que gato escaldado del agua caliente huye. En mi primera novela, el protagonista compartía conmigo ciertas semejanzas: un empleo, algunos códigos generacionales y los dos éramos, como nos definiera la policía cubana de los años 90, “ciudadanos con características”, que era el eufemismo al uso por aquellos días para referirse a jóvenes mestizos o negros. Esa coincidencia hizo que, más allá de mis intenciones, la novela tuviera cierto toque autobiográfico. Y llevo más de un lustro explicando a amigos y parientes que no, que no soy el David Martín de Salidas de emergencia. (Habiendo dicho eso y por otra parte, ¿qué escritura no es autobiográfica?).

En esta ocasión, en la que iba a narrar en primera persona —mediante las transcripciones de un interrogatorio en una unidad de policía y las entradas de un diario de adolescente—, quería evitar escribir desde una óptica masculina. Iba a sonar a que estaba contando mi historia, cosa que no era para nada el caso. Pero hay una razón más poderosa: creo que lo hice por el reto que presuponía narrar desde un punto de vista tan distinto al mío. Fue un acto de libertad creativa casi absoluto, que, además, me dio la posibilidad de explorar y parodiar ciertos textos y contextos que nos inculcara el machismo-leninismo. De ahí que me hiciera tan feliz que en mi ronda de primeras lectoras —entre las que te cuento— a todas les convencieran las voces femeninas del libro. Fue una experiencia inédita e irrepetible. No estoy diciendo que no volveré a escribir desde la perspectiva de un personaje femenino. Pero cuando ocurra, para cantártelo con cadencia de bolero, ya no tendrá ese sabor de la primera vez.

Teresa Dovalpage: A mí me pareció muy convincente la voz femenina. Y ya sabes que desde que leí esta novela te dije que estaba entre mis preferidas. ¿Tienes una rutina para escribir? ¿Cuál es?

Alexis Romay: Eres tú quién debe decirnos algo sobre tu rutina, ya que eres una de las voces más prolíficas de la literatura cubana. Mi rutina de trabajo por estos días es precisamente la falta de una rutina. Hasta hace unos meses, cuando trabajaba en una editorial neoyorquina, escribía en el trayecto al trabajo y de regreso a casa, en un viaje en tren que duraba unos cuarenta y cinco minutos. Ahora que he regresado a la docencia, entre preparar clases, calificar exámenes y el copón divino, no me queda mucho tiempo para esbozar el próximo manuscrito. Apenas si me alcanzan los minutos para mantener mi blog al día. Ah, pero ya se aproximan las vacaciones de verano, y ahí pienso comenzar mi tercera novela…

Teresa Dovalpage: ¡El copón divino, sin dudas! Pero seguro que algo bueno saldrá de estas vacaciones veraniegas porque el escritor no puede dejar de escribir, así de simple. ¿Te sientes heredero de algún autor en particular?

Alexis Romay: Esa pregunta la dejo a los críticos, siempre sedientos de establecer conexiones entre esto y aquello. Te puedo decir a quiénes releo, que al final, supongo, son los autores que más me han marcado. Pero temo que estaría haciendo un listado de los sospechosos habituales. Hay un término muy preciso en inglés, que quizá no hemos sabido trasladar bien al español: namedropping. Traducido, mal y pronto, quedaría como “dejar caer nombres”. (En buen cubano: especular). Pero como Schopenhauer me enseñó a que no anduviera citando en vano, te los ahorro.

Teresa Dovalpage: Me encanta la traducción cubiche del terminacho. Actualmente, los escritores tenemos que ser también promotores de nuestros libros, a la par, y a veces hasta por delante de los editores. ¿Qué planes tienes para ayudar en la promoción de tu novela?

Alexis Romay: Estaba pensando en posar sin camisa para el suplemento literario de El País. ¡Si tienes otra idea, dame un timbrazo!

Teresa Dovalpage: Sí que la tengo: un videoclip en tu website. Ahora no sólo tenemos que “especular” y promover, sino también multimediar…¿qué crees? ¡Buena suerte con La apertura cubana, mi amigo!

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Bienvenida a la novela negra, Teresa Dovalpage

Reseña de Reinaldo Cañizares publicada en Cubanet

 
ENCRUCIJADA, Cuba, 28 de octubre de 2013,www.cubanet.org — Es innegable que vivamos donde vivamos, a los escritores cubanos nos une una similitud de pensamientos que es la razón más fuerte para el acercamiento de las literaturas y que actúa como regla no escrita independiente del enfoque y del rigor del criterio social_ porque los cubanos siempre escribimos sobre Cuba.Teresa Dovalpage nació en la Habana y se graduó de Licenciada en Lengua Inglesa en la Universidad capitalina de la isla. Ahora reside en EE.UU, en Taos, un pueblo  rodeado de montañas en el  suroeste americano.

Junto a Chely Lima y Daína Chaviano, una de las voces más auténticas de la literatura femenina cubana extra fronteras, es de esa generación que ha recorrido todos los caminos de la penuria en el exilio y que ha pasado por las llamas y por el océano intelectual entre las dos aguas y que cuando se tiene parte de la vida hecha, torna más dura la metamorfosis.

Hace pocos días recibí su última novela: “Orfeo en el Caribe”,  publicada por la Editorial madrileña Atmósfera Literaria, dirigida por el crítico, narrador y amigo Luife Galiano. Su tema: la vida de un grupo de músicos integrantes de “Mal de ojo”, una banda habanera, y la preparación de una fuga en balsa desde La Habana hacia el exilio de Miami. Todo ello genera ricas sub tramas y personajes, de modo que la claridad de los hechos aparece envuelta en una niebla que desemboca en un amargo fin de fiesta.

Me impactó el tema –pues los cubanos hemos tenido que marcar muchas cruces en el Estrecho de la Florida — pero más que ello la forma original que escoge la autora para desarrollar la trama, pues el hecho de que otros escritores hayan tratado en sus obras este fenómeno social, no impide a Teresa Dovalpage delinear las fronteras entre lo profundamente humano y lo artístico a la hora de plasmar su argumento.

Y no es que la autora no demuestre su fino humor, como en sus anteriores libros de cuentos y novelas, pero esta es una jovialidad menos abierta  que muestra lo inhumano de lo humano, lo cómico de lo trágico.

“_ Eury, ¿te irías conmigo?_ le dice Orfeo a su novia Eury la gorda, a quien ama.”

Esta gorda, lectora de novelas románticas, es una estudiante universitaria, exiliada nostálgica de su propio hogar y que se enamora perdidamente del joven mulato en quien ve la única esperanza, pues en 20 años de vida ningún otro hombre se ha fijado en ella.

“Y allí en el Malecón sentí que el destino me susurraba un canto de esperanza. Era un canto sobre otro mundo donde podría leer en su idioma original todos los libros que dieron a luz las hermanas Brontë y Florence L. Barclay, y todos los best-sellers del New York Times. Un canto sobre mi propia casa (no una beca llena de ladrones ni el apartamento de tía), un canto sobre un piano Yamaha que tocaría cuando quisiera, sin molestar a nadie. Un canto sobre el cuarto propio —¡ay, Virginia!— donde tomarme tranquilamente una taza de té. Oh, yes”

Casi sin darme cuenta le contesté que sí, que cómo no, qué cuándo era la cosa porque por mí, ya me estaba montando en la lanchita”

Entonces, el problema político de la fuga del país, se convierte meramente en un problema espiritual y estético.

En el centro del drama está el personaje protagónico de Orfeo Vázquez, un joven y talentoso músico cubano sin futuro, a quien su padre, un funcionario gubernamental con posibilidades económicas, le ha regalado un automóvil, y por tanto tiene un nivel adquisitivo superior al de los demás jóvenes que lo rodean;  ha encontrado el amor de su vida en la rolliza Eury, no obstante decide abandonar ilegalmente el país hacia la Florida, en una barca, en busca del “sueño americano”,  lo cual es andar en Cuba mezclando dinamita con fuego.

Esta renovada Teresa Dovalpaje se nos refleja ya no solo por la exterioridad sino por su espíritu, pues a través de sus páginas todo lo mira con ojos del pueblo cubano. “Orfeo en el Caribe” abre sus puertas a vocablos populares,  que universalizan las expresiones poéticas contenidas en ellos, con lo cual les confieren una nueva dignidad.

A ratos Teresa Dovalpage se asemeja a Raymond Chandler por la dureza del lenguaje; otras a Dashiel Hammet, por el desenfado con que narra las cosas más tremebundas; aunque algunos elementos la acercan más a la prosa sutil de Rodolfo Pérez Valero. Un conocido crítico me hablaba de que la novela crea un mundo de seres aislados dentro de la sociedad, rico en historias angustiosas, al estilo de Dostoievski. Quizás ella se nutrió de algunos de esos maestros del género. Pero su novela es universal, porque pone al descubierto la riqueza sicológica de sus personajes, proyectándolos más allá de las fronteras de Cuba.

No resulta tarea fácil descubrir antes del final el enigma de esta Novela negra de amor, aunque el lector tiene en sus manos todos los elementos. “Orfeo en el Caribe” rompe cánones, rechaza la diferencia insondable entre los géneros. Lección de novela. Lección de teatro. La realidad de los personajes no reside en el lugar donde se desarrolla la trama, ni en el tiempo, ni siquiera en la magnífica historia que narra, sino en las pasiones y en la verosimilitud de los sentimientos y las circunstancias.

Bienvenida al gremio de la novela negra, Teresa Dovalpage, con “Orfeo en el Caribe”!

Howard Phillips Lovecraft: raro entre los raros

Originalmente publicado en Diario de Cuba

Me parece apropiado considerar a Lovecraft un “raro de agosto” pues nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island. Por otro lado, el género en que se destacó se clasifica como fantástico y de horror, pero su obra es parte también del subgénero llamado “weird fiction” que, con un guiño de ojos, podría traducirse como “ficción rara”.

Si infancia es destino (y el destino es uno de los temas recurrentes en la obra de Lovecraft), habrá que concluir que este contó desde muy niño con los antecedentes necesarios para convertirse en autor de relatos de horror.

Su padre, que era vendedor ambulante, sufrió una crisis nerviosa cuando Lovecraft tenía solo tres años, crisis que llevó a su internamiento en un hospital donde murió cinco años más tarde, al parecer de un trastorno de origen sifilítico. Fueron la madre, las tías y, sobre todo, el abuelo materno de Lovecraft, Whipple Van Buren Phillips, negociante exitoso, quienes se ocuparon de su crianza y educación.

Al decir de sus biógrafos, Lovecraft fue un niño precoz, a quien el abuelo insufló un entusiasmo por el género gótico y las historias sobrenaturales. Fue también un muchacho solitario y de pocos amigos, lo que hoy llamaríamos un “socialmente inadaptado”. Sus mejores relaciones fueron siempre con libros, no con seres de carne y hueso, y era propenso a ataques de pánico.

La juventud de Lovecraft estuvo marcada por enfermedades frecuentes, algunas de origen nervioso, que le impidieron graduarse de estudios preuniversitarios. Sin embargo, fue un autodidacta por excelencia. Gracias a sus lecturas alcanzó conocimientos notables en el campo de la astronomía, tema del que llegó a escribir una columna regular para periódicos como The Providence Tribune y The Providence Evening News.

La muerte del abuelo cuando Lovecraft tenía catorce años fue un momento decisivo en su vida. La familia, que se había mantenido a flote gracias a la inventiva comercial del patriarca Phillips, comenzó a sufrir serias dificultades económicas. El joven Lovecraft, su madre y sus dos tías debieron mudarse de la casa estilo victoriano que habían ocupado durante largos años a otra más barata y pequeña. En su correspondencia posterior, Lovecraft menciona esta mudanza como un hecho tan doloroso que incluso lo llevó a considerar el suicidio.

La súbita pobreza y lo que sus biógrafos califican como una relación intensa y sicológicamente poco saludable con su madre contribuyen a aislarlo. Lovecraft pasó varios años convertido en una especie de ermitaño, encerrado entre cuatro paredes y dedicado a la astronomía y a la poesía, actividades que tampoco contribuyeron a la estabilidad económica del autor y de su familia.

Matrimonio y primeras publicaciones

En 1914 se hace miembro de la Asociación Unida de la Prensa Amateur (UAPA por sus siglas en inglés). Se trataba de un grupo de escritores relativamente jóvenes que comenzaban sus carreras escribiendo y publicando sus propias obras.

Lovecraft creó un periódico, The Conservative, del que publicó trece números entre 1915 y 1923. Con el tiempo llegó a ser presidente y editor oficial de la UAPA. Empezó a escribir ficción con asiduidad pues hasta ese momento se había dedicado fundamentalmente a los ensayos y a la poesía, aunque había publicado algunos cuentos. Su trabajo comenzó a ganar adeptos y cierto reconocimiento.

Tras la muerte de su madre, conoce en una convención de periodistas a Sonia Haft Greene, también escritora y siete años mayor que él. Se casan en 1924 y van a vivir juntos al apartamento de Sonia en Brooklyn. Para entonces Lovecraft continuaba publicando relatos en revistas populares como Weird Tales y colaboraba regularmente con la UAPA. Su esposa era propietaria de una sombrerería en la Quinta Avenida.

Sin embargo, la mala salud de Sonia y la quiebra de su negocio les causan problemas económicos que contribuyen a la separación de la pareja. Luego que las tías de Lovecraft se oponen a que Sonia abra otra sombrerería en Providence, ella toma un trabajo en Cleveland y el matrimonio, disuelto de hecho, concluye oficialmente in 1929, aunque Lovecraft y su exmujer nunca dejaron de mantenerse en comunicación. Se han conservado cartas en las que ella, que era de ascendencia judía, le reprocha su antisemitismo, tema que varios críticos han explorado en el análisis de la obra de Lovecraft.

Los últimos diez años: florecimiento del horror

Una vez solo, Lovecraft continuó escribiendo y publicando. De la última década de su vida datan algunas de sus obras más conocidas como El llamado de Cthulu y El modelo de Pickman (1926), El caso de Charles Dexter Ward y La historia del Necronomicon (1927), El horror de Dunwitch (1928), El susurrador en la oscuridad (1930), La sombra sobre Innsmouth (1931) y La cosa en el umbral (1933), entre muchas otras.

Es durante esos años que desarrolla el ciclo del Mito de Cthulhu y escribe distintos cuentos que mencionan al Necronomicon —un libro ficticio como los que le gustaban a Borges, dedicado a rituales prohibidos. Los bibliotecarios de muchas ciudades atestiguan que han recibido infinidad de pedidos sobre este volumen inexistente. Para hacer más verosímil la ficción, August Derleth y Clark Ashton Smith, discípulos y amigos de Lovecraft, citan fragmentos del Necronomicon en sus relatos.

La amistad y la protección que Lovecraft dispensa a escritores jóvenes como el propio Derleth, Robert Bloch y otros también pertenecen a esta época, la más fructífera del autor. Sin embargo, sus últimos tres años estuvieron marcados por las sempiternas dificultades económicas, que lo llevaron a trabajar como editor y “escritor fantasma”. Enfermo de cáncer, ingresó al Jane Brown Memorial Hospital, donde falleció el 15 de marzo de 1937. Se dice que mantuvo un diario sobre su enfermedad hasta las últimas horas de su vida.

Es posible que sus relatos, dispersos en revistas y periódicos, hubieran caído en el olvido, pero la tenacidad de sus discípulos y amigos Donald Wandrei y August Derleth impidió que esto sucediera. Se dedicaron a recopilar los cuentos que Lovecraft había publicado a lo largo de los años y crearon una editorial, Arkham House, con la que publicaron en 1939 una colección de cuentos de su maestro titulada The Outsider and Others.

Su legado

Aunque Lovecraft llevó una existencia relativamente oscura, solo conocido por los aficionados al género fantástico (que no era tan popular en aquella época como lo sería más adelante), la fama le llegó después de su muerte. Otras editoriales siguieron el ejemplo de Arkham House y, a fines de los años cuarenta, la obra de Lovecraft ya circulaba en numerosas ediciones de relatos fantásticos. Hoy día las colecciones de sus cuentos se reeditan constantemente en medios impresos y en línea. Escritores como Stephen King han mencionado a Lovecraft como fuente de inspiración. Hay películas basadas en sus obras como Cthulhu y Hunters of the Dark, producidas en 2007 y 2011.

Para el año de su centenario, sus cuentos habían sido traducidos a numerosos idiomas y su obra era parte del canon oficial de la literatura fantástica contemporánea. Críticos literarios como S.T. Joshi se han consagrado al estudio de la narrativa lovecraftiana. El tema del “horror cósmico”, uno de los más persistentes en su obra, ha sido objeto de numerosos estudios académicos. Como dato curioso, Jorge Luis Borges escribió el cuento “There Are More Things”, que dedicó a Lovecraft como homenaje póstumo y que publicó en El libro de arena (1975).

Su influencia rebasa los límites de la literatura. Una banda de rock adoptó el nombre del autor y el grupo Metallica se inspiró en The Call of Cthulhu para su pieza instrumental The Call of Ktulu.

H. P. Lovecraft es considerado hoy, junto a Edgard Allan Poe, uno de los maestros del género gótico en la literatura norteamericana.

Lovecraft y los cubanos

Espero que este acápite no suene excesivamente nacionalista. Con igual razón podría hablarse de “Lovecraft  y los españoles” o “Lovecraft y los canadienses” pero como escribo este artículo para Diario de Cuba, y como cubana que soy, no quiero dejar de referirme a su influencia en la Isla.

La mayoría de los lectores cubanos conocimos la narrativa de Lovecraft gracias a Ratas en las paredes, una colección de sus relatos publicada, me parece, durante la década del ochenta (siento no recordar el nombre del editor, el traductor o la editorial) y a cuentos que aparecieron en distintas antologías dedicadas a la ciencia ficción y a la fantasía. Autores reconocidos como Daína Chaviano mencionan su influencia —no dejen de leer esta entrada en su blog: “Lovecraft y el gozo del terror”.

En la obra de muchos otros escritores cubanos aparecen referencias, veladas o no, a Cthulhu y al Necronomicon. En su novela El color del verano Reinaldo Arenas menciona el delicioso absurdo de “un telar propiedad de H P Lovecraft” situado en la provincia de Oriente.

Cuando llegue el día 20 de este mes, propongo un brindis en honor a este raro entre los raros. Y para los interesados en la escritura, se me ocurre algo más: un homenaje al hombre detrás de la pluma, un cuento escrito a la manera de Howard Phillips Lovecraft.