La novela olvidada del socialismo cubano

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Protagonistas del realismo socialista cubano en los años sesenta

Publicada originalmente en Sub Urbano Magazine

El principio de la década del setenta, cuando Manuel Cofiño publica La última mujer y el próximo combate (1971), es una época de trabajo y escasez para los cubanos, pero también de relativa esperanza en un gobierno que sólo llevaba doce años en el poder y había prometido una reestructuración completa de la sociedad.

Pese al descalabro económico sufrido después de la malograda Zafra de los Diez Millones en 1970, que no llegó a producir diez millones de toneladas de azúcar, como se esperaba, sino apenas ocho, y que consumió los no muy abundantes recursos del país, parte de la población cubana aún confiaba en el cambio que prometía un régimen que había llegado al poder por las armas en 1959.

Fidel Castro, alzado a fines de los cincuenta en la Sierra Maestra y con la ayuda de grupos guerrilleros localizados en diferentes zonas del país, fundamentalmente montañosas, y focos revolucionarios en La Habana, Santiago de Cuba y otras ciudades principales, tomó el poder el primero de enero de 1959. En pocos años llevó a cabo la nacionalización de todos los negocios privados y extranjeros y eliminó los casinos, así como la lotería y demás juegos de azar. Emprendió una política radical de reforma agraria encaminada a la colectivización total de la tierra. Prohibió la existencia de partidos políticos, excepto el comunista y limitó la posibilidad de abandonar el país legalmente para los que deseaban hacerlo.

Grupos de oposición interna surgieron como respuesta a estas medidas. Los nuevos alzados buscaron refugio en las mismas montañas del Escambray que habían servido de refugio a los guerrilleros que ahora detentaban el poder. Por otro lado, cubanos de todas las clases sociales abandonaron el país mientras fue posible hacerlo sin trabas. (La mayoría se estableció en Estados Unidos.) También surgieron grupos de resistencia en las ciudades.

La respuesta del gobierno cubano fue una operación conocida como “limpia del Escambray,” encaminada a la destrucción de los grupos insurgentes en las montañas, y el recrudecimiento de la vigilancia en las áreas urbanas. Esta última estrategia se basó en la labor de organismos como los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), que cuadra por cuadra mantienen incluso hoy día un registro de cada familia y los antecedentes políticos de la misma. A su vez, los CDR cuentan con un Comité de Vigilancia y Protección interno, cuya misión es fichar a las familias consideradas desafectas al gobierno y mantenerse al tanto de sus actividades.

En cuanto a la política cultural, el nuevo gobierno procuró atraerse el apoyo de los intelectuales, tanto cubanos como extranjeros.

El autor y su tiempo

Manuel Cofiño, miembro de Casa de las Américas y publicado por la editorial de esta organización, formó parte del grupo de escritores que consagraron su pluma y su carrera al realismo socialista, como un medio de elevar la conciencia social de las masas, pintando las ventajas de las acciones de la revolución sobre las de los gobiernos anteriores.

La trama de La última mujer y el próximo combate (Casa de las Américas, 1971, y Premio de Novela ese año) tiene lugar en un momento en que aún no se ha perdido la memoria de los primeros alzados, pero la presencia de los segundos sigue siendo fuerte en las áreas rurales. En la obra se trata de probar, de una manera bastante simplista en ocasiones, la diferencia entre los alzados “buenos,” los que habían luchado contra Batista, entre quienes se encuentra Bruno, el héroe, y los “malos,” como Siaco y Cueto, que se rebelan contra el gobierno de Castro.

La novela

La última mujer y el próximo combate es esencialmente una novela sobre la revolución y los hombres que la construyen, lo que se apunta desde el título. La “última mujer” a la que se alude es a la que el héroe posee antes de entrar en combate. Aunque la mujer aparezca en el título, no es la protagonista. Sin embargo, dos personajes femeninos, Mercedes y Nati, juegan un importante papel en la trama.

En toda la obra de Cofiño, La última mujer… es particularmente interesante porque no se enfoca en la vida habanera, como es el caso de la mayoría de sus novelas (Cuando la sangre se parece al fuego, Amor a sombra y sol y su colección de cuentos El anzuelo dorado, entre otras) sino en una remota área rural. La acción ocurre en una región pinera de la isla, en un plan forestal dedicado a la siembra de pinos y majaguas. Allí existe también un grupo de alzados que conspira contra el gobierno.

La acción comienza cuando Bruno, antiguo alzado durante la lucha contra Batista y ahora dirigente revolucionario, viaja desde La Habana hasta el vivero Las Deseadas, uno de los que componen el plan forestal. Su misión es corregir ciertas irregularidades que se han detectado en el funcionamiento del plan. Lo ayudarán Sergio, Jorge y otros dirigentes locales.

Las “irregularidades” resultan ser peores de lo que Bruno se esperaba. Éste descubre que Milé, el antiguo director del plan, comerciaba en el mercado negro con la ropa de los trabajadores, les cobraba por llevarlos al médico y había vendido tierras sin autorización del estado.

“Los buenos y los malos”

Desde el principio de la obra se sugiere que la actitud del primer director ha contribuido a la presencia de un foco de alzados “malos.” Milé, al dar con su actitud una imagen negativa de la revolución, se ha enajenado la buena voluntad de los campesinos, que no confían en los habaneros recién llegados y buscan otras soluciones. Sin embargo, Bruno se propone modificar todo esto y demostrar a los campesinos que el nuevo sistema no los defraudará.

Entretanto, en el pueblo se habla de un ser casi mítico, un guerrillero conocido como Pedro el Buldocero, o el Buldoceador, alzado “bueno” durante la lucha contra Batista. Uno de los personajes dice de él: “Por aquí hace falta Pedro el Buldoceador para que meta las cosas en cintura” (27). Así, se presenta a este guerrillero como el único capaz de arreglar la caótica situación del plan. Y llega Bruno.

Como primera medida, Bruno manda poner presos al antiguo director del plan y a sus colaboradores. Toma a su cargo deshacer los entuertos dejados por su antecesor. A poco de llegar, conoce a una campesina joven, Mercedes, trabajadora de vanguardia que se enamora platónicamente de él. No queda claro si hay correspondencia por parte del héroe, a quien no parece quedarle mucho tiempo para romances.

En cuanto a las tierras vendidas ilegalmente, Bruno resuelve el problema convenciendo a los campesinos que las ocupan para que se integren a un nuevo tipo de asociación: el microplán, que es una realmente cooperativa.

Milé, el primer director del plan, había abusado de su cargo, explotando a los campesinos y “desviando” los recursos. Ahora le corresponde a Bruno poner orden en la comunidad. Sin embargo, Bruno, abogado de profesión, no tiene los conocimientos necesarios para dirigir un plan de esta índole. Llama en su ayuda a Sergio, un técnico forestal educado en la antigua Unión Soviética (interesante dato sobre los lazos cada vez más fuertes entre los dos países) así como a los campesinos más antiguos de la zona y que muestran decidida simpatía por el gobierno, como Clemente.

Aquí vale señalar que la obra funciona también como un medio de mostrar las ventajas de las cooperativas sobre el antiguo sistema de tenencia de tierras por particulares. Durante la década de los 70, varias series televisivas y radiales (la radio novela Polvo rojo, de Dora Alonso, y la telenovela La peña del león entre otras) abordaron el mismo tema, siempre con iguales conclusiones: lo mejor que podían hacer los campesinos cubanos era integrarse al sistema de propiedad comunal.

Mientras Bruno trata de convencer a los campesinos sobre las ventajas de la cooperativa, un grupo de oposición al gobierno hace campaña contra él y la idea de los microplanes. Lo forman Siaco, antiguo gallero, y otro campesino llamado Cueto, a las órdenes de un agente de la CIA que se ha ocultado en las montañas.

“Las buenas y las malas”

Siaco es amante de Nati, con quien engaña a su mujer, Claudia, un personaje femenino opaco y sin mucho relieve (la típica campesina sumisa a su consorte). A su vez, Nati, ex prostituta, vive con Clemente, trabajador de vanguardia, que no sospecha nada del engaño.

Nati es “una mujer que deslumbraba a los hombres y de la que se decían cosas” (164). Hace poco me decía un amigo cubano: “los muchachos de nuestra generación tuvimos nuestras primeras masturbaciones con las novelas de Cofiño, a falta de Playboy. Nati era la porn star.” Se le describe como una mujer extremadamente hermosa y con un atractivo irresistible (incluso Bruno, a su pesar, se interesa brevemente por ella).

Por el contrario, la menos atractiva pero más esforzada Mercedes (trabajadora de vanguardia) se pinta como un modelo de la “nueva mujer cubana.” Da la impresión de Bruno podría llegar a querer a la muchacha no por su apariencia física, sino por su constante dedicación al trabajo. ¡Este es quizá uno de los aspectos menos “realistas” de una novela representativa del realismo socialista!

Bruno lleva la luz eléctrica al poblado, distribuye ropas a los campesinos y promete otras mejoras para el futuro. Algunos campesinos que tienen propiedad de sus tierras, como Clemente, se integran voluntariamente a la cooperativa.

Siaco, Cueto y Bebe planean matar a Bruno y luego irse, con Nati, en una lancha a Estados Unidos. Pero son descubiertos. Siaco y Bebe mueren en un encuentro a tiros con Bruno y éste cae herido y muere también en el hospital, junto a Mercedes. Ahí se descubre que Bruno y Pedro el Buldocero son la misma persona, lo que convierte a éste en símbolo del revolucionario mártir, parte fundamental de la “hagiografía revolucionaría” que florecería en los próximos años. Incluso se insinúa la aparición de Fidel Castro en el funeral.

Mientras ocurre la batalla entre Bruno y sus enemigos, Nati busca desesperadamente a Siaco. Al no encontrarlo, se oculta en una casita escondida entre la maleza y comienza a quitarse la ropa, sin que se explique la razón. La casa se desploma de pronto, dejando a Nati desnuda a la vista de los campesinos que perseguían a su amante. Así termina la novela.

Aunque ostensiblemente no se critica a Nati por su pasado, la “impureza” del mismo la condena al cabo, impidiéndole participar en la construcción de la nueva sociedad.

En la próxima entrega se analizará la figura de Nati con más detalle, así como su influencia en la novelística cubana de años posteriores.

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Manuel Cofiño

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