Archivo mensual: agosto 2013

Howard Phillips Lovecraft: raro entre los raros

Originalmente publicado en Diario de Cuba

Me parece apropiado considerar a Lovecraft un “raro de agosto” pues nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island. Por otro lado, el género en que se destacó se clasifica como fantástico y de horror, pero su obra es parte también del subgénero llamado “weird fiction” que, con un guiño de ojos, podría traducirse como “ficción rara”.

Si infancia es destino (y el destino es uno de los temas recurrentes en la obra de Lovecraft), habrá que concluir que este contó desde muy niño con los antecedentes necesarios para convertirse en autor de relatos de horror.

Su padre, que era vendedor ambulante, sufrió una crisis nerviosa cuando Lovecraft tenía solo tres años, crisis que llevó a su internamiento en un hospital donde murió cinco años más tarde, al parecer de un trastorno de origen sifilítico. Fueron la madre, las tías y, sobre todo, el abuelo materno de Lovecraft, Whipple Van Buren Phillips, negociante exitoso, quienes se ocuparon de su crianza y educación.

Al decir de sus biógrafos, Lovecraft fue un niño precoz, a quien el abuelo insufló un entusiasmo por el género gótico y las historias sobrenaturales. Fue también un muchacho solitario y de pocos amigos, lo que hoy llamaríamos un “socialmente inadaptado”. Sus mejores relaciones fueron siempre con libros, no con seres de carne y hueso, y era propenso a ataques de pánico.

La juventud de Lovecraft estuvo marcada por enfermedades frecuentes, algunas de origen nervioso, que le impidieron graduarse de estudios preuniversitarios. Sin embargo, fue un autodidacta por excelencia. Gracias a sus lecturas alcanzó conocimientos notables en el campo de la astronomía, tema del que llegó a escribir una columna regular para periódicos como The Providence Tribune y The Providence Evening News.

La muerte del abuelo cuando Lovecraft tenía catorce años fue un momento decisivo en su vida. La familia, que se había mantenido a flote gracias a la inventiva comercial del patriarca Phillips, comenzó a sufrir serias dificultades económicas. El joven Lovecraft, su madre y sus dos tías debieron mudarse de la casa estilo victoriano que habían ocupado durante largos años a otra más barata y pequeña. En su correspondencia posterior, Lovecraft menciona esta mudanza como un hecho tan doloroso que incluso lo llevó a considerar el suicidio.

La súbita pobreza y lo que sus biógrafos califican como una relación intensa y sicológicamente poco saludable con su madre contribuyen a aislarlo. Lovecraft pasó varios años convertido en una especie de ermitaño, encerrado entre cuatro paredes y dedicado a la astronomía y a la poesía, actividades que tampoco contribuyeron a la estabilidad económica del autor y de su familia.

Matrimonio y primeras publicaciones

En 1914 se hace miembro de la Asociación Unida de la Prensa Amateur (UAPA por sus siglas en inglés). Se trataba de un grupo de escritores relativamente jóvenes que comenzaban sus carreras escribiendo y publicando sus propias obras.

Lovecraft creó un periódico, The Conservative, del que publicó trece números entre 1915 y 1923. Con el tiempo llegó a ser presidente y editor oficial de la UAPA. Empezó a escribir ficción con asiduidad pues hasta ese momento se había dedicado fundamentalmente a los ensayos y a la poesía, aunque había publicado algunos cuentos. Su trabajo comenzó a ganar adeptos y cierto reconocimiento.

Tras la muerte de su madre, conoce en una convención de periodistas a Sonia Haft Greene, también escritora y siete años mayor que él. Se casan en 1924 y van a vivir juntos al apartamento de Sonia en Brooklyn. Para entonces Lovecraft continuaba publicando relatos en revistas populares como Weird Tales y colaboraba regularmente con la UAPA. Su esposa era propietaria de una sombrerería en la Quinta Avenida.

Sin embargo, la mala salud de Sonia y la quiebra de su negocio les causan problemas económicos que contribuyen a la separación de la pareja. Luego que las tías de Lovecraft se oponen a que Sonia abra otra sombrerería en Providence, ella toma un trabajo en Cleveland y el matrimonio, disuelto de hecho, concluye oficialmente in 1929, aunque Lovecraft y su exmujer nunca dejaron de mantenerse en comunicación. Se han conservado cartas en las que ella, que era de ascendencia judía, le reprocha su antisemitismo, tema que varios críticos han explorado en el análisis de la obra de Lovecraft.

Los últimos diez años: florecimiento del horror

Una vez solo, Lovecraft continuó escribiendo y publicando. De la última década de su vida datan algunas de sus obras más conocidas como El llamado de Cthulu y El modelo de Pickman (1926), El caso de Charles Dexter Ward y La historia del Necronomicon (1927), El horror de Dunwitch (1928), El susurrador en la oscuridad (1930), La sombra sobre Innsmouth (1931) y La cosa en el umbral (1933), entre muchas otras.

Es durante esos años que desarrolla el ciclo del Mito de Cthulhu y escribe distintos cuentos que mencionan al Necronomicon —un libro ficticio como los que le gustaban a Borges, dedicado a rituales prohibidos. Los bibliotecarios de muchas ciudades atestiguan que han recibido infinidad de pedidos sobre este volumen inexistente. Para hacer más verosímil la ficción, August Derleth y Clark Ashton Smith, discípulos y amigos de Lovecraft, citan fragmentos del Necronomicon en sus relatos.

La amistad y la protección que Lovecraft dispensa a escritores jóvenes como el propio Derleth, Robert Bloch y otros también pertenecen a esta época, la más fructífera del autor. Sin embargo, sus últimos tres años estuvieron marcados por las sempiternas dificultades económicas, que lo llevaron a trabajar como editor y “escritor fantasma”. Enfermo de cáncer, ingresó al Jane Brown Memorial Hospital, donde falleció el 15 de marzo de 1937. Se dice que mantuvo un diario sobre su enfermedad hasta las últimas horas de su vida.

Es posible que sus relatos, dispersos en revistas y periódicos, hubieran caído en el olvido, pero la tenacidad de sus discípulos y amigos Donald Wandrei y August Derleth impidió que esto sucediera. Se dedicaron a recopilar los cuentos que Lovecraft había publicado a lo largo de los años y crearon una editorial, Arkham House, con la que publicaron en 1939 una colección de cuentos de su maestro titulada The Outsider and Others.

Su legado

Aunque Lovecraft llevó una existencia relativamente oscura, solo conocido por los aficionados al género fantástico (que no era tan popular en aquella época como lo sería más adelante), la fama le llegó después de su muerte. Otras editoriales siguieron el ejemplo de Arkham House y, a fines de los años cuarenta, la obra de Lovecraft ya circulaba en numerosas ediciones de relatos fantásticos. Hoy día las colecciones de sus cuentos se reeditan constantemente en medios impresos y en línea. Escritores como Stephen King han mencionado a Lovecraft como fuente de inspiración. Hay películas basadas en sus obras como Cthulhu y Hunters of the Dark, producidas en 2007 y 2011.

Para el año de su centenario, sus cuentos habían sido traducidos a numerosos idiomas y su obra era parte del canon oficial de la literatura fantástica contemporánea. Críticos literarios como S.T. Joshi se han consagrado al estudio de la narrativa lovecraftiana. El tema del “horror cósmico”, uno de los más persistentes en su obra, ha sido objeto de numerosos estudios académicos. Como dato curioso, Jorge Luis Borges escribió el cuento “There Are More Things”, que dedicó a Lovecraft como homenaje póstumo y que publicó en El libro de arena (1975).

Su influencia rebasa los límites de la literatura. Una banda de rock adoptó el nombre del autor y el grupo Metallica se inspiró en The Call of Cthulhu para su pieza instrumental The Call of Ktulu.

H. P. Lovecraft es considerado hoy, junto a Edgard Allan Poe, uno de los maestros del género gótico en la literatura norteamericana.

Lovecraft y los cubanos

Espero que este acápite no suene excesivamente nacionalista. Con igual razón podría hablarse de “Lovecraft  y los españoles” o “Lovecraft y los canadienses” pero como escribo este artículo para Diario de Cuba, y como cubana que soy, no quiero dejar de referirme a su influencia en la Isla.

La mayoría de los lectores cubanos conocimos la narrativa de Lovecraft gracias a Ratas en las paredes, una colección de sus relatos publicada, me parece, durante la década del ochenta (siento no recordar el nombre del editor, el traductor o la editorial) y a cuentos que aparecieron en distintas antologías dedicadas a la ciencia ficción y a la fantasía. Autores reconocidos como Daína Chaviano mencionan su influencia —no dejen de leer esta entrada en su blog: “Lovecraft y el gozo del terror”.

En la obra de muchos otros escritores cubanos aparecen referencias, veladas o no, a Cthulhu y al Necronomicon. En su novela El color del verano Reinaldo Arenas menciona el delicioso absurdo de “un telar propiedad de H P Lovecraft” situado en la provincia de Oriente.

Cuando llegue el día 20 de este mes, propongo un brindis en honor a este raro entre los raros. Y para los interesados en la escritura, se me ocurre algo más: un homenaje al hombre detrás de la pluma, un cuento escrito a la manera de Howard Phillips Lovecraft.

 

Entrevista a Judith Morales

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Compre el libro en Amazon

El primer libro de Judith Morales Montes de Oca que me cayó en las manos fue Escorpión. Lo terminé en menos de tres días, mientras mi madre estaba de visita, y casi nos tiramos de las greñas porque las dos queríamos leerlo a la vez. Desde entonces, y de eso hace ya más de ocho años, soy su fan incondicional. Luego vino Juegos Prohibidos, una novela polifónica y divertida, de estructura perfecta. Publicada antes en España, su segunda edición acaba de salir en Miami con Eriginal Books. Pueden comprarla aquí

 ¡Y hay mucho más en el tintero!

La editora de Eriginal Books, Marlene Moleón, dice: “Cuando leí por primera vez un resumen biográfico de Judith Morales lo primero que vino a mi cabeza fue: “Tres hits, cero strikes” porque esta escritora tiene tres publicaciones y tres premios.” Y así mismo es: uno de literatura infantil por Historias de Mama Vieja (Ediciones Loynaz, 2000, Cuba), el Premio UNEAC de Novela Cirilo Villaverde de 2001 por Escorpión (Ediciones Unión 2002, Cuba) y el Premio de Narrativa y Premio Especial Inter-géneros Hermanos Loynaz 2000 con Las jinetas compramos en boutiques, publicado como Juegos prohibidos (Renacimiento, 2008, España y Eriginal Books, 2013, USA).

A esta escritora multipremiada, que es además mamá y psicóloga de profesión, radicada en Miami, le hago hoy varias preguntas que espero no resulten demasiado indiscretas.

 

¿Cuándo descubriste que querías ser escritora?

Creo que desde que tuve uso de razón; de pequeña escribía poesías  y guiones para “películas” que luego “filmábamos” con mis amiguitos durante los juegos infantiles en el barrio. De adolescente escribía fotonovelas (las ilustraba yo misma) que se pasaban mis compañeras de mano en mano para leer, y como eran por entregas, me apremiaban para que les diera el próximo capítulo. También escribía por encargo, en este caso poesía. Las chicas me pedían poemas de amor para regalarlos a sus novios. Pero a escribir formalmente, comencé en 1993.

 

¡Entonces se puede decir que tuviste una preparación intensiva! Me encanta  la idea de las fotonovelas por entregas…creo que es la mejor escuela para manejar el suspense sin que parezca que es suspense.  Ahora, ¿es cierto que tener un hijo y escribir un libro son experiencias similares? Tú tienes  tres y tres, así que hablará la experiencia.

En realidad tengo 3 libros de adultos, pero algunos más de literatura infantil (narrativa y poesía) que fue lo que realmente comencé escribiendo. Sí,  el proceso de creación literaria se ha comparado muchas veces al de gestar y dar a luz a un hijo. Sin embargo, si te voy a hablar de mi experiencia personal,  te diría que yo los he vivenciado de manera totalmente diferente.

 

¿Cómo conseguiste la información para que las voces de Juegos… sonaran tan auténticas? Aparte de la protagonista, la pobre chica “inspiradora de zoofilias” es una de mis preferidas.

En la reciente presentación de Juegos… yo contaba que la idea de la historia original, que ganó Premio Loynaz en Cuba bajo el título Las jinetas compramos en boutiques, comenzó mientras estaba sentada en un banco de un parque de La Habana, donde una de estas chicas se me acercó  y sin preámbulos comenzó a contarme su historia. Después investigué un poco más sobre el tema, conversando con varias personas y algunas otras muchachas dedicadas a esta llamémosle profesión.  Más tarde, ya en los Estados Unidos, de nuevo estaba yo sentada en el banco de un parque, esta vez en Miami Beach, y se me acercó un señor que dijo ser argentino, y al saber que yo era cubana, me contó otra alucinante historia que dio lugar a que yo le adicionara a la versión original el personaje “Che Silvano.” Pero, aún escrita sobre hechos reales, todos los personajes, trama e historia en general, incluida la chica que citas, son de mi absoluta invención.

Photo: Healthy Start Award Ceremony 2011

La autora

Pues nada, a volver al parque porque seguro que allí hay otra novela esperándote. Che Silvano es, por cierto, un personaje muy verídico. Me pregunto si el mentado señor habrá leído el libro, y si se reconocerá a sí mismo en él. Volviendo al proceso creativo, ¿tienes una rutina para escribir?

No, realmente no tengo una rutina para escribir, como no sea que lo hago a las 4 o 5 de la madrugada, que es el único momento en que dispongo de la tranquilidad que necesito para hacerlo.

 

¡Alabao! ¿Por qué será que tantas escritoras tenemos hábitos lechuciles? Bueno, la necesidad hace parir hijos machos, por eso ha de ser. ¿Y en qué proyecto estás trabajando ahora? 

Ahora planeo comenzar a trabajar en el siguiente libro de esta trilogía, (acabo de decidir que lo será) que comienza con Juegos Prohibidos, cuyo escenario es La Habana, continuará con Relaciones Extrañas, que se desarrollará en Miami, y culminaría con Amores Peligrosos, cuyo escenario planeo que será la ciudad de Nueva York.

 

¡Magnífico! Ahora están de moda las trilogías, así que ponte para eso.  Y una última pregunta, entre tus libros ¿hay alguno que lleve el letrerito de preferido?

Como con mis hijos (ahí sí cabe la analogía) no podría decir que tengo un libro preferido.

 

Gracias por acceder  a esta entrevista, Judith, ¡y muchos éxitos! Y ahora dejo a los lectores de Sub Urbano con un fragmento de Juegos Prohibidos. ¡Que los disfruten!

 

 

 

 

 

 

XVI

YAMISLEIDYS

                                                                                           Tan tarde llega el que va demasiado

                                                                                     aprisa como el que va demasiado despacio.

                                                                                                                                                                Skakespeare                                                     

 

Durante  mi  breve ausencia Miroslava hizo una nueva adquisición: otra pupila. Ella dice  que no,  pero  para  mí, esos  encaprichamientos  suyos tienen algo de enamoramiento. Claro que esta vez la chica en cuestión está ya suficientemente enredada  como para involucrarse  en una lesbian relationship. Sin embargo, por otra parte, Miroslava  sabe  mostrarse  tan maternal  y  envolvente… que  no descartemos la posibilidad de que tenga éxito. I don’t  know, men, como diría  Bebo.

Con  un nombre  fiel exponente de la tendencia comenzada por muchos de los  cubanos que tuvieron hijos en las décadas de los ‘70 y ‘80  -esto es, de  llamarlos con nombres de su absoluta invención, cuya letra inicial  fuera preferiblemente “Y”,  usando mucho en el caso de las niñas la terminación leidy, corrupción de lady o señora, vocablo inglés, o tratando de unir los nombres de padre  y  madre  en uno solo, o cualquier otra combinación- con  un nombre de esos, digo, catorce años, la ingenuidad propia de ellos  pero salpicada  por grotescos destellos de malicia sexual y un monumental cuerpo como dibujado por Wilson, el popular caricaturista cubano, creador de las famosas “criollitas”,  Yamisleidys se inscribe en el tipo púber de mi clasificación.

La  llamaron así porque  su madre, haciendo alarde de ingenio, poder de síntesis, amor por su pareja y por la moda, todo en uno o convoyado (otra poderosa tendencia de nuestra idiosincrasia nacional) ideó la siguiente innovación:

Dos  primeras sílabas de su nombre (Yamilé, también muy común en los setenta).

Tres primeras letras del nombre del padre (Misael)  superpuestas.

Consabida terminación leidy pero con el aditivo de una elegante y distintiva ”s” final.

¡Yamisleidys!  Le tomó casi los nueve meses pero le quedó muy de su gusto y del de los integrantes de su medio social y familiar.

Aunque en el ámbito escolar fue otra cosa. En las escuelas le tocó a Yami alternar con  exponentes de la otra tendencia (finales ochenta- principios noventa y toda esta década) de rescatar los nombres clásicos y compuestos, con lo cual las actas de  inscripción  de  nacimientos del Registro Civil  se vieron   restituyendo al idioma las Alejandras y Alejandros, Claudias, Patricias, Angélicas, Franciscos Javieres, Joseses Carlos y demás.

Pero  dejando de lado mi  ya consignada  vocación de lingüista, podemos decir que Yamisleidys,  nacida y criada en un edificio de apartamentos del  Reparto Alamar, en la Habana del Este, y en cuyo domicilio viven también su madre, su padre, su abuela materna, dos hermanas mayores, el esposo de una de ellas, su hijo -o sobrino de la susodicha -, una perra y un cerdo, posee  todas las condiciones objetivas y subjetivas para ser lo que ya es, una  muchacha  precoz  y  violentamente inducida a ganarse  el pan – y lo que  no es el pan- con la explotación de su belleza  física aún en ciernes.

Yamisleidys, un metro cincuenta y cinco de estatura, pelo negro y rizado, piel canela, ojos verdes, tuvo una primera y fugaz experiencia sexual con su profesor de  Educación  Física en el séptimo grado, una temporada de escuela al campo, entre  plantas  de tabaco y  árboles de casuarina y con una temperatura de 33 grados a la sombra que hacía correr las gotas de sudor de él como lluvia ininterrumpida hasta el cuerpo de ella tornándolo  resbaloso, y que la intensa excitación de él le  pareciera   extraña  a ella  porque  no sentía lo mismo, ni siquiera amor  platónico sino sólo mucho calor, curiosidad por una parte, y por otra necesidad de obtener la ganancia de ser eximida por él, como responsable de brigada, de las labores agrícolas. Ese fue su primer ensayo de prostitución.

 

 

 

 

El día que volví a ayer

Manzana de Gomez La Manzana de Gómez, en La Habana

La Manzana de Gómez, donde estaba ubicada la secundaria José A. Echeverría

Para Arístides Vega

Originalmente publicado en Diario de Cuba

Casi todas mis compañeras de la secundaria se enamoraban platónicamente de actores de cine, deportistas y cantantes famosos. En Cuba se decía “meterse con ellos” aunque, en principio al menos, no se metiera ni se sacara nada material.

Entre las estrellas que provenían del otro lado del Atlántico brillaba Alain Delon —era a fines de los setenta. Luisita Fraga había pegado un afiche enorme del francés en una pared de su cuarto y todos los días le prendía una vela, como si se tratara de un muerto familiar. “Esta chiquilla comemierda va a quemar la casa con sus inventos,” rezongaba su abuela, pero la Luisa, terca ella, no cejaba en sus ceremonias de adoración.

Mi comadre (que entonces no era todavía mi comadre) adoraba a Los Beatles, y como no se había decidido por ninguno en particular, se metía cada mes con uno distinto. Otras meteduras tenían como lejanos objetos del deseo a celebridades del patio: el cantante Alfredito Rodríguez hacía furor con su melena larga, trajes con cuello y corbata y baladas románticas que resultaban una mezcla fuera de lo común, casi contestataria, en aquella época de exaltación al trovador sudado y a un ritmo autóctono llamado mozambique.

A la exhibición de la ya arqueológica comedia Abbot y Costello contra los fantasmas, producida por Hollywood en 1948 y reestrenada en los cines de La Habana en el 79, siguió una repentina oleada de interés en los vampiros similar a la que ahora recorre el mundo con la saga de Crepúsculo, pero en escala isleña. Las muchachitas empezaron a suspirar por la pálida masculinidad del Conde Drácula y me parece que hasta el Hombre Lobo, encarnado en Lon Chaney, consiguió algunas seguidoras también. Otra amiga, Yarmila, idolatraba a Béla Lugosi, probablemente sin saber que éste había pasado a mejor vida en el año 56, diez antes del nacimiento de su fancita cubana.

Yarmila fue la primera de nuestro grupo que se hizo mujer, para usar un eufemismo de entonces, y tuvo a bien enseñarnos a todas sus amigas la almohadilla sanitaria (íntimas las llamábamos) teñida de un líquido rojo y de olor áspero. Yarmila se hizo auxiliar de enfermera y terminó tomándoles muestras de sangre a los pacientes del hospital Hermanos Amejeiras.

En cuanto a mí, bicho raro que siempre he sido, nunca me interesé por las luminarias inaccesibles. Mis fantasías eran con seres de carne y hueso a los que veía con regularidad. Sin embargo, no resultaban menos platónicas que las de mis amigas. Una de mis primeras meteduras fue en el hueco dialéctico de un maestro de marxismo de noveno grado a quien apodaban el Quique. A pesar del aburrimiento mortal causado por la asignatura que enseñaba, o puede que debido a éste, me pasaba los turnos de clase sumida en una plácida duermevela en la que yo (pero una yo más alta y desenvuelta, que lucía un traje blanco como el de Claudia Cardinale en El Gatopardo) regresaba a la secundaria muchos años más tarde, para fundirme en un beso de final feliz con el Quique.

Mi imagen mejorada iba con los ojos al aire libre. La verdadera llevaba ocho años clavada a la cruz de una miopía feroz y obligada a usar unos espejuelos horribles, con armadura de pasta, que me habían granjeado los apodos de Lechucita y Cuatro Ojos. Para colmo, ni siquiera me permitían ver con claridad. Fuera por la mala calidad de los cristales o por una medición inexacta de mis dioptrías de menos, yo andaba por la vida a puros tropezones. Subir los cuatro pisos que conducían hasta el salón de clases implicaba un resbalón en los días buenos; en los malos, una caída en la que arrastraba el fondillo hasta parar en un descanso. Por fortuna me hice amiga de Lázaro, el ascensorista, un negro viejo y bueno que se compadeció de mí y me evitaba la fatiga de patear escalones casi a ciegas, aunque estaba estrictamente prohibido que los estudiantes tomáramos el ascensor.

La secundaria estaba situada en un edificio bastante traqueteado de la Manzana de Gómez, frente al Parque Central, y ocupaba los pisos tercero y cuartos. Abajo había varias tiendas de ropa, una zapatería y la farmacia donde trabajaba mi madre, que subía en los recesos para llevarme un pan con cualquier cosa, lo que provocaba infinitas burlas de mis condiscípulos. (Entre las gafas y las visitas maternales, me da ahora la impresión de que pasé mi adolescencia con un coro de carcajadas como background.) Pero eso no importaba; la merienda era imprescindible porque yo estaba flaca y tenía que “desarrollarme,” al decir de todos en casa.

El objeto de mi pasión tampoco pasaba por un modelo de belleza masculina. Era bajito, flaco y tirando a feo. Un tipo desgarbado, de pelo corto, a lo militar, y que ya empezaba ralearle. Luisa, a quien le confesé en secreto mi metedura con el Quique, me había dicho con una risotada:

—Ay, hija, pero si el tipo está malísimo. Y con esa ruleta en el güiro que tiene, en unos años se va a quedar más calvo que la rodilla de un viejo.

Para rematar, el Quique usaba unas camisas a cuatros azules o verdes que se consideraban el colmo del cheísmo, esto es, de la falta de gusto más elemental. De entre las veintitantas muchachitas de la clase, yo era quizás la única que lo encontraba sexy, como dirían aquí, o bueno, que era la palabra de moda en Cuba y que nada tenía que ver con la condición moral de la persona.

Pero el amor es ciego —o miope como yo. En tanto el Quique disertaba sobre la correspondencia entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, me imaginaba a los dos, a él y a mí, paseando del brazo por los largos pasillos de la secundaria, siempre olorosos al orine que salía de los baños, cuyas puertas de madera estaban carcomidas por los años y la humedad.

Nunca llegué a hacer realidad mis ensueños. Puede que el Quique me considerase su mejor alumna (procuraba sacar las más altas calificaciones en los exámenes para que se fijara en mí) pero estoy segura de que no se enteró de que lo adoraba en secreto con la misma pasión que Luisa profesaba por Delon y Yarmila por Lugosi. O si se dio cuenta, le importó cuatro pitos el descubrimiento. Vamos, no es que lo culpe: a más de tímida, flacucha y espejueluda, yo era en extremo desculada. Esta falta de uno de los mayores atractivos de la mujer criolla me colocaba en grave desventaja a la hora de atraer las miradas masculinas. De modo que, a diferencia de otras parejas de  alumnas y profesores, frecuentes en una escuela donde los maestros eran a veces sólo ocho o diez años mayores que sus estudiantes, el Quique y yo nunca nos besuqueamos en uno de los huecos de las escaleras que daban a los entresuelos y que se conocían como los túneles de amor.

Así transcurrió mi noveno grado en la secundaria José Antonio Echeverría: metida con el Quique y añorando un mañana lejano e impreciso en que dejaría de ser flaca y tímida, cuando regresaría vestida de blanco y ya sin espejuelos en busca de mi antiguo maestro, a quien encontraría detenido en el tiempo, enseñando su clase de marxismo…y esperando por mí.

Esto sucedía a principios del año ochenta.

 

*  *   *

Quince años después, en el noventa y cinco, La Habana se debatía en medio del período especial, un tiempo surrealista en que los ómnibus se convirtieron en camellos y las íntimas en trapos viejos. La carne de res se transmutó en pasta de oca y el pan con algo en pan sin nada. La falta de vitaminas nos volvió más pálidos que el personaje de Lugosi y muchos cines cerraron a cal y canto sus pantallas; no había electricidad para Abbot, Costello, Delon o sus sucesores en el favor del público y de las fancitas.

El verbo resolver se conjugaba mucho en esos tiempos. Se resolvía (o no) jabón de baño, un pollo, un par de zapatos o una botella de aceite para cocinar. Se resolvía con dólares, porque el peso cubano había perdido lo que el Quique llamaba su valor de cambio y la moneda extranjera (que además era ilegal, aunque todo el mundo la usaba) comenzó a determinar la correspondencia entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción.

Yo había “resuelto” mi problema del período especial y la obtención de dólares de una manera muy pragmática: me había casado con un californiano y aquel mes de diciembre de 1995 ya tenía el pasaje para San Diego. Me había librado de los espejuelos con armadura de pasta, sustituyéndolos por lentes de contacto, y miraba feliz al mundo detrás de unas coquetonas gafas Persol moradas, muy ligeras, que me había regalado mi marido. Era menos tímida que en mi época de adolescente, pero seguía siendo bajita, flacucha y desculada. Al llegar a Estados Unidos me enteraría de que en este país los culos grandes no vuelven locos a los hombres, tema que documenté alegremente en mi cuento El retrato astral. Pero allá en Cuba me encontraba en desventaja, y aquello de que me matrimoniara con un extranjero había puesto rojas de rabia a mis amigas y enemigas.

Como me espetara en mi propia cara la Luisa, graduada de francés en la facultad de lenguas extranjeras: “Dios le da barba al que no tiene quijá.” Yarmila fue más gráfica: sustituyó barba por marido y quijá por culo. No les guardo rencor. Luisa soltaba los tacones de sus puyas punzó paseando el Malecón noche a noche, esperando encontrarse con un francés que le recordara a Alain Delon, pero lo que pescó fue una gonorrea que le trasmitió un sesentón nativo de Belice. Yarmila había dejado su puesto en el Hospital Amejeiras para trabajar como cocinera en un restaurancito clandestino donde “resolvía” diez dólares a la semana a cambio de pasarse ocho horas cada día friendo hamburguesas tintas en sangre, hechas con carne de conejo, de gato o lo que se terciara. Se comprende que ninguna de las dos estuviera de humor para andar repartiendo parabienes.

Para entonces la escuela secundaria José Antonio Echeverría había desaparecido. En los bajos de la Manzana de Gómez había dos tiendas y una cafetería por dólares; los altos estaban ocupados por oficinas y me parece recordar que había empezado a funcionar una escuela de idiomas en uno de sus pisos. Yo no pasaba por el lugar desde hacía varios años, pero cuando mi comadre (que ya era mi comadre) me pidió que la acompañara a hacer una gestión allí, sin pensarlo dos veces le respondí que sí.

No sé por qué lo hice. Nunca he sido sentimental y tampoco guardaba recuerdos precisamente agradables de mi época de secundaria. Fue el frío de la tarde de invierno, el aburrimiento tal vez… Al bajar las escaleras del edificio donde las dos vivíamos, escuchamos una canción proveniente de la grabadora de una vecina. Era la voz de Willie Nelson que cantaba I’d trade all my tomorrows for just one yesterday. Traduje mentalmente “cambiaría todos mis mañanas por un solo ayer.”

Me eché a reír. Nunca se me hubiera ocurrido cambiar mañanas por ayeres, aunque los mañanas en lontananza no se anunciaran con sonrisas de cumpleaños. La gente recordaba con nostalgia los años en que se podía comprar un cake de merengue en Centro, la antigua tienda Sears, sin la libreta de racionamiento, o comerse un pargo asado en El Emperador pagando con pesos cubanos, ambas cosas del todo imposibles en los noventa. (En los duros noventa, cualquier tiempo pasado era mejor.) Pero, de todas formas, yo me iba. Mis mañanas no estaban en La Habana sino en aquella ciudad con un nombre tan español, San Diego, en la distante California.

Dios me había dado barba a falta de quijá.

Llegamos a la Habana Vieja. Mientras mi comadre hacía cola frente una oficina del segundo piso de la Manzana, a mí se me ocurrió subir a donde estuviera la secundaria. Se me antojaba ver de nuevo, y acaso por última vez, las aulas y pasillos en que habían transcurrido tres años de mi juventud.

Me coloqué las gafas en la cabeza, a modo de diadema, lo que en mi opinión me hacía parecer chic y evitaba el tener que guardarlas en la bolsa, donde no se podían lucir. (Unas gafas Persol, durante los noventa en Cuba, constituían algo así como un título de nobleza pacotillera.)

Subí las escaleras ya sin temor a tropezones. Lázaro había muerto; los elevadores estaban clausurados por falta de piezas de repuesto. Sentada en un descanso, una vigilante —CVP las llamaban— ocupada en limarse las uñas, no advirtió mi presencia.

En el cuarto piso no había ni un alma. Anduve aula tras aula, pasillo tras pasillo, sorprendida de encontrar silenciosos y desiertos aquellos sitios que recordaba repletos de muchachos gritones. Ni los baños olían; al acercarme a uno noté que estaba clausurado también. Una nata de insectos muertos alfombraba los escalones que conducían a los túneles de amor. Se respiraba el polvo acumulado. Aunque era poco después del mediodía, los corredores estaban envueltos en penumbras. En el aire flotaba un humo gris.

La ambientación perfecta para una película de Lugosi.

Nerviosa, me dispuse a regresar a las oficinas. Fue entonces cuando escuché por primera vez un rumor de voces. Caminé un par de metros y me encontré ante un aula llena de estudiantes en uniforme de secundaria. Frente a ellos peroraba una figura que me pareció vagamente familiar.

Sorprendida, examiné la clase desde el pasillo. En la primera fila había una muchacha que llevaba espejuelos con armadura de pasta y mordisqueaba un lápiz mocho. Tenía los ojos fijos en el maestro. Éste era un tipo desgarbado, de pelo corto, a lo militar, y que ya empezaba ralearle.

Aquel hombre no podía ser el Quique. En primer lugar, porque la secundaria no existía, y en segundo, porque en tres lustros mi antiguo maestro debía de haber cambiado algo, al menos su vestuario. ¡Si hasta llevaba una de aquellas camisas a cuadros azules, de las que habían desaparecido también con el adviento del período especial! Además, lucía de treinta años, cuando en realidad andaría por los cincuenta y pico largos. No, aquel hombre no podía ser el Quique.

Pero lo era.

Retrocedí y me apoyé en la pared. Me restregué los ojos y estuve a punto de sacarme el lente izquierdo de su sitio. Las piernas me temblaban tanto que rocé con las rodillas el borde del vestido. No era el de Claudia Cardinale en El Gatopardo pero daba el plante: era de afuera, como se le llamaba a todo lo que no provenía de Cuba. Y también era blanco, como el de mis ensueños, con apliques de muselina en el escote.

Aquélla era la magia en los tiempos del hambre, la oportunidad de satisfacer un antiguo anhelo tantas veces acariciado… Di un paso hacia el aula, pero me detuve a medio camino y me fijé mejor en el objeto de mi metedura de adolescente. ¡Qué desgarbado era, qué flacucho, qué feo! Me llevé las manos a la cabeza y rocé las gafas Persol. Casi sin darme cuenta, me las puse. La oscuridad de sus cristales, sin embargo, no favoreció al Quique, que me pareció más delgado e insignificante que nunca. Luisa tenía razón: la ruleta en el güiro le cogía la mitad del cráneo.

El encanto de aquel pasado amor se hizo pedazos entre dos oraciones sobre las fuerzas productivas y las relaciones de producción.

Salí corriendo rumbo a la escalera. Por el camino advertí que los pasillos habían comenzado a poblarse. En uno de los túneles de amor descubrí a Luisa abrazada a un Alain Delon idéntico al afiche que adornaba su cuarto. Más allá, junto a la puerta del baño clausurado vi a Drácula, es decir, a Lugosi, morderle la garganta a Yarmila, que con los ojos cerrados como Lénore Aubert en la comedia americana, suspiraba contenta y lo dejaba hacer. Vi a mi comadre abrazar a Los Beatles, en ordenada sucesión, empezando por John Lennon y acabando por Ringo Starr. Vi a una chica colgada del brazo de Alfredito Rodríguez, y más allá a otra besuqueando al mismo galán —un caleidoscopio de Alfreditos melenudos y en traje había aparecido de improviso en los corredores antes desiertos de lo que fuera la escuela secundaria José Antonio Echeverría.

Dejé escapar un grito y me abrí paso a codazos y patadas por entre aquella multitud de pesadilla tropical. Pasé como un bólido ante la vigilante, que esta vez me soltó un oiga, compañera, dígame a dónde va con voz de comegente pero no me detuve. Seguí corriendo hasta llegar, sin aliento y despeluzada, al segundo piso.

Las oficinas estaban cerradas. Mi comadre no andaba por allí. No había nadie. Bajé el último tramo de la escalera de mármol sintiendo el latido de la sangre en las sienes como el retumbar de un tambor a ritmo de mozambique.

En el Parque Central ya se habían encendido las farolas. Alguien me dijo que eran las siete de la noche. Según mi cuenta, yo no había permanecido en el cuarto piso más de quince minutos, pero de acuerdo a los relojes del resto del mundo habían pasado cinco horas.

Mi comadre, a quien llamé por teléfono desde uno público, que por milagro funcionaba junto al cine Payret, estaba preocupada por mi desaparición, y molestísima conmigo. Había regresado a su apartamento después de esperarme tres horas.

—¿Y ti qué coño te pasó? ¿Se puede saber dónde estabas?

No sé qué excusa le inventé, o si no dije nada. Recuerdo que colgué el auricular,  volví al Parque Central y me dejé caer en un banco hasta que uno de los camellos que habían sustituido a la ruta 65, jadeante y echando humo por el tubo de escape, se detuvo ante mí.

Ya “resuelto” el transporte, cerré los ojos detrás de mis gafas Persol. Me diluí en la masa compacta y sudorosa que me rodeaba y no volví a mirar al exterior hasta que intuí que había llegado a la parada del hospital de Emergencias. (Había hecho tantas veces el trayecto que podía calcularlo sin mirar por las ventanillas.) Subí en silencio el tramo de escaleras que llevaba a mi apartamento, con piernas que me temblaban por el inusitado sube y baja a que las había sometido aquella tarde. Mi vecina, que cuando la cogía con un casete no dejaba de escucharlo durante horas, seguía todavía a vueltas con Willie Nelson.

I’d trade all my tomorrows for just one yesterday.

“Yo no lo haría,” pensé. “Cualquier tiempo futuro tiene que ser mejor.”

Me quité las gafas y las guardé en mi bolsa antes de abrir la puerta.

No había vuelto a recordar al Quique ni al incidente de la secundaria hasta el día de hoy, cuando encontré unas gafas Persol, moradas y ligeras, en una tienda de segunda mano aquí en Taos.

 

 

Antonio Álvarez Gil: un autor multinacional

Antonio Álvarez Gil

 

La literatura de Antonio Álvarez Gil tiene un sabor multicultural. Lo descubrí al leer Callejones de Arbat, que además me sorprendió por la mirada cubana sobre la Perestroika. Éste no es un tema frecuente en la literatura cubana,  visto que muchos escritores se enfocan (nos enfocamos) en el ombligo isleño de nuestro país. Las referencias El Maestro y Margarita le dan una suerte de telón de fondo universal a la obra. En cuanto a la pregunta: ¿qué se supone que haga un escritor, cuál es la función de éste en la sociedad? no hay una respuesta absoluta, pero el leer la novela puede ayudar a formarse la propia.

En cuanto a los libros de cuentos, Fin del capítulo ruso sucede entre Cuba, Rusia y Suecia, mientras que los protagonistas de El tiempo y las cosas, una plaquette, se mueven por las calles de Moscú durante los días finales de la perestroika. Potr otro lado Nunca es tarde, Primer Premio Internacional de Narrativa Corta Generación del 27, vuelve a la semilla cubana.

Otras obras del autor tienen también esta proyección internacional combinada con la histórica, como Perdido en Buenos Aires, una novela que narra cómo José Raúl Capablanca se enfrenta a Alexander Alekhine en la ciudad porteña. Leí por primera vez un fragmento en el blog Belascoaín y Neptuno del excelente escritor (ajedrecista) Alexis Romay y me pareció que estaba allá en el Cono Sur escuchando el sonido de las piezas de ajedrez moviéndose sobre el tablero.

¡Sí que viajan los personajes, reales o inventados, de Álvarez Gil! Tanto quizá como su autor, que se inspiró en los balseros cubanos que en los años noventa buscan asilo en Suecia para otra de sus novelas premiadas, Delirio nórdico, obra ganadora ex aequo del LI Premio de Novela Ateneo-Ciudad de Valladolid.

¿Qué hacen estos cubanos en Suecia? ¿Qué hace este cubano en particular, Álvarez Gil, en Suecia?

En su blog dice que le enseña español a los suecos, y yo apuesto a que ha aprendido ya sueco perfectamente, y que pronto tendremos algo de él en la lengua de su país  adoptivo.  Pero también, y lo más importante: escribe. Y que no deje nunca de escribir.

para saber más de él, visiten su sitio en la red

Callejones de Arbat

Carlota Caulfield y la fascinación irresistible de la moda

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Carlota Caulfield es autora de nueve libros de poesía en distintos idiomas. Entre ellos están At the Paper Gates with Burning Desire, The Book of Giulio Camillo (a model for a theater of memory )/ El libro de Giulio Camillo (maqueta para un teatro de la memoria) / Il Libro de Giulio Camillo (modello per un teatro della memoria), Movimientos metálicos para juguetes abandonados (Primer Premio de Poesía Hispanoamericano “Dulce María Loynaz”, España-Cuba 2002), Quincunce / Quincunx, Ticket to Ride,Essays and Poems y A Mapmaker’s Diary: Selected Poems (White Pine Press, 2007). Caulfield es también profesora de literatura en una universidad de California. Y, por si fuera poco, resulta también una experta en el difícil arte del buen vestir. Carlota Caulfield no teme presentarse ante el mundo como amante de la moda y del buen ver, demostrando que la inteligencia no está reñida con la elegancia ni con la estética.

Cuando la conocí, hará unos 8 años, lo primero que pensé al verla fue “esta profesora parece una modelo.” No sólo por su estatura y porte (tiene mucha presencia, que dirían en Cuba) sino porque tiene una gracia especial para vestirse. Carlota Caulfield es una intelectual completa, con una decena de libros publicados e innumerables distinciones literarias, como el Primer Premio de Poesía Hispanoamericano, la beca Cintas de Poesía, el Premio Internacional “Ultimo Novecento” (Italia, 1988) y la Mención de Honor en el 1997 Latino Literature Prize del Instituto de Escritores Latinoamericanos de New York.

Tengo en las manos su último libro, Fashionable, una poeta adicta a la moda, publicado recientemente por la editorial española Torremozas en su colección de narrativa ETC (Ellas También Cuentan). Aquí la autora discute, como en conversación amable y chispeante con el lector desconocido, temas que van desde el muy íntimo de la ropa interior (“Ooh, la, la, lingerie”) hasta las propiedades mágicas de los sombreros.

Hay una deliciosa “Autobiografía con boticas, zapatos, sandalias y otras variantes del calzado,” un artículo dedicado al maquillaje en que Cleopatra y Estée Lauder trascienden tiempo y espacio para unirse en una misma pasión por la cosmética, y un aromático aletear por el ramo de las esencias –tema que la autora domina a la perfección, pues desciende de una familia de perfumistas. “Alguna gente entiende el idioma de los perfumes; yo lo hablo fluidamente,” confiesa.

Abrir las páginas de Fashionable es como entrar a una tienda, pero no a una tiendecita de barrio ni a un almacén estilo Sears repleto de tantas cosas que te aturden, sin dejarte apreciar ninguna en específico. No, aquí se trata de una boutique súper chic donde hay un poco de cada cosa, con las piezas ordenadas en anaqueles limpios y arreglados en los que las palabras destellan como pulseras de diamantes.

Me acerco a uno de estos estantes y lo primero que saco es “unas zapatillas de correr de primera calidad. Escogí unas de arco especial, con excelente amortiguación, especiales para terreno variado y con control de movimiento.” Más adelante, en el mismo espíritu deportivo, aparecen “unos anteojos muy favorecedores marca Mujer Sport y una visera blanca con un puma amenazante en lado derecho.”

El atuendo perfecto para una bella cougar.

Sigo curioseando. De un clavo dorado cuelga el clásico vestidito negro que popularizara Coco Chanel, rescatándolo de los reinos de la pobreza y el luto. (De este detalle, como de otros más sandungueros, me entero por la autora, que en cada capítulo  ofrece una brevísima historia de la moda.) Se trata de “un traje negro de flapper, comprado en una tienda vintage de Haight-Ashbury, el barrio de San Francisco que se hizo muy famoso en la época de los hippies.”

Dan ganas de probárselo ya.

Me acerco al armario de bolsos y admiro “un Salvatore Ferragamo de rafia y piel, un Kenneth Cole de un rojo seductor, un NEXT de cuero negro muy práctico, llamado Norte-Sur…” ¡No puedo seguir mirando vidrieras! Decididamente, necesito mejorar mi colección de accesorios. ¿Dónde está la tienda más próxima?

Como dice acertadamente Robert Davidson en el prólogo: “el lector bebe en las palabras de la poeta y no puede dejar de imaginarse sus propias experiencias con ropa y perfumes, música y paraguas…” La fuerza de la imaginación es tal que me siento inspirada a irme de compras.

Hablando de inspiración, una tarde hace un par de años, la autora y  yo pasábamos una tarde en Santa Fe y bajo su influencia de fashionista me compré un par de Pikolinos que no he usado más de dos veces. (Soy nerdita y poco dada a usar tacones pero como ella me decía “lucen tan lindos, son como joyas en los pies,” pues no me pude resistir.)

Quizá venga bien aquí ofrecer un consejo a las lectoras: cuidado con este libro, que bajo su apariencia suave y sofisticada puede volverlas compradoras empedernidas y fans de esa hada encantadora y tiránica a la que llamamos “la moda.”

A pesar de este caveat, invito a todos a leer sin miedo Fashionable, a vitrinear entre sus páginas y a gozar, sin remordimientos, del placer que produce estrenar un vestido lindo o perfumarse “con un toque de lirio y almizcle en armonía con la vainilla.”

 

Para comprar el libro vaya a Amazon

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