Entrevista a Sindo Pacheco

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Originlmente publicada en Sub Urbano

Conozco la obra de Sindo Pacheco desde hace muchos años, desde los tiempos cubanáceos. Entre los libros que traje de Cuba hay una antología que contiene uno de mis cuentos preferidos, “Nos visita el escritor,” de Pacheco. La ironía suave de la historia y el manejo impecable del idioma ya anunciaban al autor que vendría después.

Sindo Pacheco ganó el premio El Caimán Barbudo en 1990 y ha publicado Oficio de Hormigas (cuentos, 1990, premio Abril) y las novelas Esos MuchachosMaría Virginia está de Vacaciones (Premio Latinoamericano Casa de las Américas, premio anual La Rosa Blanca que concede la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y Premio de la Crítica a las mejores obras publicadas en Cuba durante 1994), así como María Virginia mi amor o María Virgina y yo en la Luna de Valencia, finalista del Premio Norma-Fundalectura); Las raíces del tamarindo, finalista del Premio Edebé y publicada por esta editorial en Barcelona, Mañana es Navidad, y El beso de Susana Bustamante.

Su última obra es una colección de cuentos, Un pie en lo alto y otras encerronas, que ha sacado con la editorial La Pereza Ediciones y que presentó en la Feria del Libro de Miami en 2013 como parte del Panel de Escritores Iberoamericanos 

 

Teresa Dovalpage: ¿Cuándo supiste que querías ser escritor?

Sindo Pacheco: Realmente no quería serlo, sino más bien que un día no pude evitarlo. Yo empecé a escribir, sin conocer a ningún escritor, sin tener un tutor, sin saber por qué ni para qué diablos podía servir. Escribía historias porque de alguna manera tenía que sacar de mí esos fantasmas. Años después de aquellos horrorosos intentos supe que existían Talleres Literarios, y que, aún sin ser graduado de nada, podía dedicar una parte de mi tiempo al acto de escribir. Pero, respondiendo tu pregunta, todavía no me considero un escritor. Cada vez es más difícil alcanzar ese oficio. Creo que un escritor es aquel que puede vivir de lo que escribe, que puede mantener con ello a su familia —cosa cada vez más difícil en estos tiempos—, yo soy, simplemente, un hombre que escribe, que elabora ficciones, que con un trocito de verdad trata de fabricar una mentira completa.

Teresa Dovalpage: Me parece que eres demasiado modesto. Eres escritor porque escribes, y muy buen escritor. Tus premios y las múltiples ediciones y reediciones de tu obra lo atestiguan. Mantenerse, o no, gracias a la pluma es otra cosa y ya volveremos a eso. Ahora, ¿cuál es tu rutina preferida para escribir, si la tienes? ¿Hay algo que hagas siempre antes de empezar una nueva historia, algún ritual…?

Sindo Pacheco: No tengo una rutina específica, ni ritual a la hora de escribir. Más bien dejo que la historia me preceda y voy tras ella, un poco desconfiado y todo lleno de asombros. A veces escribo de noche, a veces por el día, siempre cuando tengo inspiración.

Teresa Dovalpage: Los osos y los leones se pasean por esta última colección, así como toda clase de perros, entre ellos los eufóricos. El cuento “Habana” me ha gustado mucho, sobre todo su descripción del encuentro literario. Y ese león. Naturalmente, el león. Dame una pista literaria ¿el león se relaciona con…?

Sindo Pacheco: Esos seres llamados animales son el primer asombro de un niño cuando irrumpe en el mundo. Sería difícil encontrar una novela sin que esas criaturas pululen de alguna manera por sus páginas. El león del relato “Habana” simboliza, eso creo, la soledad del espíritu de Sigfredo; en mi caso personal sufrí esas sensaciones de forma real cuando tuve una marcada falta de salud.

Teresa Dovalpage: Hasta las cosas malas (o en especial las cosas malas) sirven de inspiración. Y hablando de inspiración, tus cuentos sorprenden con finales inesperados, tanto los que suceden por acá, en esta tierra, como los que ocurren en el más allá. ¿Dónde encuentras la inspiración para ellos?

Sindo Pacheco: A veces me ocurre que conozco de antemano el final de un relato, y trato de llevarlo a esa consecución. En otros casos, el propio relato me ayuda a encontrar su desenlace. A veces el relato lo hace sin mí, que simplemente le dejo esa labor detectivesca (ver pregunta 6).

Teresa Dovalpage: ¿Cómo promueves tus libros? ¿Alguna táctica exitosa que quieras compartir?

Sindo Pacheco: Soy un pésimo promotor, la verdad. Lo poco que mi obra ha trascendido se debe, casi enteramente, a la generosidad de algunos amigos, o a la propia obra en sí.

Teresa Dovalpage: Bueno, en ese aspecto sí que hay que ponerse las pilas. Lo de “el buen paño en el arca se vende” ya no funciona, por desgracia, así que hay que aprender a mercadear. Para vivir del cuento hace falta a veces ser más promotor que escritor. Volviendo a tus relatos, ¿siempre sabes el final de cuando te sientas a escribirlos o lo cambias por el camino?

Sindo Pacheco: Mira, Teresa, aquí me voy a extender un poco. Según la Internet, la palabra cuento proviene del latín computum (cálculo, computo). O sea: calcular, llevar cuenta. La única diferencia con la matemática es que esta “cuenta”, no se hace con números sino con palabras. Pero indudablemente en los relatos hay que “llevar” la cuenta para que el resultado dé, sea creíble. En mi caso personal, yo relaciono los cuentos con una ecuación algebraica:

a + b = c

donde a corresponde a la introducción, b al desarrollo y c, al desenlace. Vamos a establecer, por ejemplo, que la cuenta en un buen cuento, no deba ser inferior a 100; la introducción, que corresponde a la letra a, deba tener un valor pequeño, digamos que 1 ó 2 o a veces hasta 3 (mientras más pequeña sea la introducción, mucho mejor; las introducciones muy extensas, con valores de 10 o más se hacen sospechosas para el lector y pierden credibilidad).

Ahora pasemos a los siguientes dos incisos que he descubierto en mi forma de concebir el relato.

inciso a: el autor conoce el final de su historia) El escritor tiene el valor de c igual a 100, el valor de a, que ya señalamos que debía andar bajito: 1 ó 2 ó 3, así que lo único que faltaría es darle un valor a b de tal modo que la cuenta del cuento funcione. La ecuación quedaría de la manera siguiente:

1 + b = 100

O sea b debe alcanzar un valor lo más cercano a 99 para que el relato convenza, sea verosímil, para que esa entrañable criatura nazca sana y saludable.

Sin embargo pueden ocurrir situaciones dolorosas con el relato, y ese adorado hijo del espíritu es abortado por: número uno: Fatal Desnutrición:

2 + 61 = 100

Falta de información, o justificación, o psicología a los personajes, etc., que hacen que el relato se quede en una hermosísima anécdota.

O: número dos: donde ocurre exactamente lo contrario, que denominaremos SAO (por sus siglas en inglés): Síndrome de Aborto por Obesidad:

3+133=100

Aquí al relato se le ha puesto tanta verborrea, tanta palabrería y hojarasca, tanto bururú barará, que la historia se diluye, naufraga, se ahoga en un proceloso piélago de retórica.

Lo expuesto anteriormente, Teresa, sucede cuando el autor conoce de antemano el final del relato. Ahora podemos pasar al inciso b.

inciso b: el autor no conoce el desenlace) Aquí sucede que el escritor sabe el valor de a (1, 2, 3); pero no sólo desconoce el de b como en el inciso anterior, sino que tampoco tiene el valor de c; en otras palabras, desconoce el desenlace del relato, está más perdido que una vaca en un cine: ignora si va a dar 100 o más (si da menos de 80 hay peligro de aborto). De modo que la ecuación tiene dos variables: b y c, con una sola constante: a (1, 2, 3). La ecuación a + b = c quedaría como sigue:

1 + b = c

Aquí el autor tiene al personaje en su mente y muy pocas cosas más, y comienza a hacer crecer la cuenta del cuento, sumándole acontecimientos, ideas, circunstancias, toda una gama de cosas sin saber claramente hacia donde va la historia. O sea, le va dando valores al término b hasta que el desenlace, si es bueno, aparece por fin sin que apenas se dé cuenta: cae dulcemente en un parto feliz, sin dolor, sin anestesia, sin puntos. Y el relato puede acercarse a resultados tan increíbles y veraces como

1 + 215 = 216 (Poe, Maupassant, Chejov, Hemingway, Borges, Rulfo, Cortázar, y demás).

Esas son las dos variantes en mi manera de concebir el relato.

inciso c o epílogo)

Para resumir, y volviendo al origen de las palabras cuento y cuenta, también podemos añadir lo siguiente:

La cuenta que es “ella”, y se realiza con números “ellos”, siempre se ha explicado con “ellas” las palabras; pero “ellos” los cuentos, que se escriben con “ellas” las palabras”, nunca antes habían sido explicados con “ellos” los números. Eso es lo que he tratado de hacer para que finalmente tanto ellos como ellas vivan felices en su matrimonio de pronombres, para que las nobles criaturas, frutos de esa hermosa relación nos expliquen las cosas que no entendemos de la economía, de la ciencia y de los astros (las cuentas), y para que los cuentos nos ayuden a luchar contra el olvido y a tratar de comprender el incomprensible mundo en que vivimos.

NOTA FINAL

Toda esa descarga, Teresa, de nada sirve para los aspirantes a escritores, ni para nadie. El escritor que se ponga a pensar en todo eso a la hora de escribir su relato, está frito de antemano: le anticipo que la cuenta de su cuento nunca dará  los 100 puntos: el aborto de la criatura estará garantizado.

Teresa Dovalpage: Sindo, nunca había escuchado una teoría tan interesante sobre el complejo asunto de la inspiración literaria y la matrimoñesca gresca de los cuentos y las cuentas. Burla burlando, has dicho muchas verdades. Imagínate que un aspirante a escritor te pida consejos sobre esta profesión (¿vocación? ¿equivocación?) ¿qué le dirías?

Sindo Pacheco: Le diría que buscara otra profesión. Ejercemos un arte en decadencia, no vivimos del cuento sino que morimos del cuento. Luego del cine, de la radio, de la televisión, de la Internet, la palabra escrita es poco menos que un estigma. Le diría como me decía mi abuela cuando me veía tratando de redactar alguna historia: hijo, deja eso, que te vas a poner mal de la cabeza. Búscate un oficio que te permita vivir, por ejemplo, carpintero. Los carpinteros ganan buen dinero. Ella no decía mucho dinero sino “buen” dinero, una cosa olvidada demasiado pronto. En aquella época, todavía, la calidad del dinero tenía cierto valor de cambio.

Teresa Dovalpage: Hombre, parece que las abuelas cubanas tenían una conspiración contra la literatura. La mía no hablaba de dinero directamente pero me decía que dejara la escribidera y que me buscara un marido. (Le hice caso, por aquello de tener un plan B.) Pero vamos a regresar a tus libros, y a los planes sobre tus libros. Me gustaría que hablaras un poco acerca de ellos. ¿Qué hay en el futuro, inmediato o lejano, del escritor  Sindo Pacheco?

Sindo Pacheco: Realmente no hay mucho: dos novelas inéditas, una de las cuales tal vez salga para finales de año; y el deseo de comenzar otra, cuando esos seres caprichosos llamados musas me lo ordenen, sin excusa ni pretextos, como deben ser las órdenes en los buenos ejércitos.

Teresa Dovalpage: ¡Me gusta eso de un ejército de musas! Mucha suerte con todos tus proyectos y gracias por acceder a esta entrevista.

Maria Virginia Mi Amor

 

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