Madre Pilar Antibón: los años del rezo

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En La Habana de los ochenta, acudir a la Iglesia (católica o de cualquier otro tipo) no era precisamente bien mirado por las autoridades. No se consideraba “politically correct,” vamos.

Desde luego, los creyentes más valerosos declaraban su fe en voz alta. Otros la cuchicheaban. Yo, que de mártir no tengo madera, prefería reservármela…y pedía a Dios y a todos los santos que a nadie se le ocurriera interrogarme sobre el particular. Con disimulo acudía los domingos a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, la de Reina, pero mi preferida era la capilla del Convento del Servicio Doméstico, como se conocía a la casa de las Religiosas de María Inmaculada, allá en El Cerro. Una capillita preciosa, con un jardín que, teniendo en cuenta las proporciones de nuestros patios habaneros, pasaba por un parque.

Y allá llegó la Madre Pilar Antibón, en marzo de 1984, como superiora de las Hijas de María Inmaculada. La Hermana Antonia, la Hermana Pelagia y un par de muchachas fuimos a recibirla al aeropuerto de La Habana. Nunca olvidaré la impresión que me causó esa religiosa alta y sonriente, de maneras suaves y firmes. Lo primero que dijo fue que no quería ser llamada Madre sino Hermana, como el resto de la congregación. “Todas somos hermanas,” anunció. No sé si las religiosas la obedecerían, pero a mí siempre me gustó más llamarla Madre.

Algo que no saben muchas de mis amistades actuales es que en un momento dado pensé en ser religiosa. Sí, yo misma, no pongan esas caras. Acudí a retiros vocacionales y todo, a finales de los ochenta. Muchas veces, en esos momentos en que uno se cuestiona el camino que no tomó, me viene a la mente una imagen con toca y hábito. Tal vez sería tan feliz como ahora. O tal vez no.

La entrevista

Cordobesa de nacimiento, la Madre Pilar no tardó en descubrir que hay mucho en común entre andaluces y cubanos…y no es sólo el hecho que nos comamos la mitad de las letras del alfabeto al hablar. Veintitrés años de su vida pasó en Cuba, catorce de ellos en La Habana, seis en Las Tunas y tres en Cienfuegos. Su objetivo principal, como superiora y hermana, fue el trabajo pastoral en la formación de jóvenes y adultos.

Ahora la Madre Pilar ha regresado a España donde vive en Buitrago del Lozoya, un pueblo encantador situado a setenta y cinco kilómetros de Madrid. Pero ella no ha olvidado sus años cubanos y accedió amablemente a esta entrevista.

TD: ¿Cómo fueron sus primeros pasos en la vida religiosa?

MP: Me eduqué en el Colegio de las Religiosas Escolapias y mi primera idea al recibir la llamada del Señor fue ingresar en esa Congregación. Pero después conocí la obra de las sirvientas fundada por Santa Vicenta María y vi claro que el Señor me llamaba a ser Religiosa de María Inmaculada. Entré en la Congregación el 15 de mayo de 1955.

TD: Si le pidieran escoger un momento particular de su estancia cubana que recordaría siempre, ¿cuál sería éste y por qué?

MP: Recuerdo como un momento muy especial, la visita del Papa Juan Pablo II. Creo que para todo el pueblo cubano, igual que para mí, fueron unos días inolvidables. También recuerdo los días que se celebró el E N E C, Encuentro Nacional Eclesial Cubano. Fueron días hermosos, en los que aprendí a conocer y amar más a la Iglesia de Cuba. Otro acontecimiento que recuerdo fue la venida a Cuba de las Hermanas Misioneras con la Beata Madre Teresa de Calcuta, a quien tuvimos el honor de hospedar en nuestra casa del Cerro.

TD: Una frase que se decía (bueno, y se dice) con frecuencia en la isla es “no es fácil.” Ya es un lugar común que las dificultades de todo orden son parte inseparable de la vida cotidiana en Cuba. Por su trabajo pastoral, que la ponía en contacto continuo con la gente de a pie, usted conoció de estas dificultades y probablemente experimentó algunas de ellas en carne propia. ¿Cómo ayudaban a paliar las Hijas de María Inmaculada estas necesidades?

MP: Hubo un momento difícil que fue el llamado “periodo especial”. Nosotras procuramos ayudar a todo el que acudía a nosotras, sobre todo en alimentos, ropa y medicamentos, según nuestras posibilidades.

TD: Madre, ahora me acuerdo de aquellos bolsos de leche en polvo y de las bandejas de picadillo que repartían…los regalos de fin de año que se daban en el teatro, todos de cosas útiles. También de la ropa que llegaba de donaciones. A mí me tocó una vez un pantalón a rayas azules y blancas que me quedaba pintado… Curiosamente, los momentos más álgidos del “período especial” fueron también testigos de una mayor asistencia de fieles a las iglesias. ¿Cómo se las arreglaban las hermanas para llevar la palabra de Dios a todo ese rebaño que les entró súbitamente por las puertas?

MP: En La Habana, en nuestra hermosa Iglesia, atendíamos espiritualmente a todo el que venía sin exclusión de personas. Las Hermanas daban la Catequesis por grupos, tanto a los adultos, como a jóvenes, adolescentes y niños; también ahora se sigue esta hermosa tarea porque forma parte de nuestro Carisma congregacional.

TD: El futuro de la Iglesia, tanto cubana como universal, descansa en la continuidad de vocaciones. ¿Cómo valora usted el estado de las vocaciones, tanto femeninas como masculinas, en la Iglesia Católica cubana?

MP: Hoy hay lo que llamamos crisis vocacional. Siempre hay jóvenes que, llamadas por Dios, piden ingresar en la Vida Religiosa y en el sacerdocio, pero no tantas como se necesitan.

TD: Háblenos específicamente de la Congregación. ¿Con cuántas religiosas cubanas cuentan actualmente?

MP: De las religiosas que tenemos en nuestras cuatro casas de Cuba, siete son cubanas. Pero hay otras Hermanas cubanas que no están en Cuba actualmente.

TD: “Las chicas han triunfado” declaró la fundadora Vicente María al decidir que la misión fundamental de su congregación sería la acogida y formación de las jóvenes que dejaban sus casas para ir a trabajar en las ciudades. En Cuba, por razones ya conocidas, no les es permitido a las Hermanas dedicarse a labores educativas y el convento del Cerro ha sido convertido en asilo de ancianas. Sin embargo, la presencia de “las chicas” ha sido una constante en las casas de la congregación. ¿Cómo se las han arreglado para seguir los dictados de su fundadora en su misión cubana?

MP: Nuestras Casas siempre están abiertas, como dije anteriormente, para ayudar a quien nos necesita. Así hemos podido dar acogida y hemos ayudado a las jóvenes que nos han necesitado. El Carisma se lleva en el corazón y cuando se desea hacer el bien, cumpliendo el Mandato del Señor, de amarse unos a otros, no hay nada insuperable.

 

TD: Entre los cientos, o quizás miles de cubanos que usted conoció durante su estancia en la isla, ¿a cuál calificaría de personaje inolvidable y por qué?

MP: Podría nombrar muchas personas inolvidables, yo diría que para mí es inolvidable todo el pueblo cubano. Pero le doy un nombre con el que creo estarán de acuerdo muchos cubanos: es el Padre José Manuel Miyares S. J. Explicar por qué, creo no es necesario sobre todo para los que lo conocieron, tanto como persona, como sacerdote y amigo de todos.

¡Gracias, Madre Pilar, por tan lindas palabras! Ojalá que esta entrevista traiga a todos los que la conocieron el amable recuerdo de su persona…

 

 

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