Entrevista a Aramís Castañeda

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Aramis Castañeda

Con las historias de Lo bueno es que no fui Lady Di (Amazon Digital Services, 2011) de Aramís Castañeda, el lector se ríe, pero al final se queda pensativo. Ésa es la gracia de un buen libro —que entretenga, claro, y que haga reír, porque ya bastante cosas serias se tropieza una en esta vida. Pero también que ponga a cavilar, a diferencia de las telenovelas y de las novelitas edulcoradas (y de los concursos de belleza por la tele, como uno muy bien descrito en “¿Y qué pasa si soy del montón?”) que pululan hoy día.

“Cementerio de novias” me gustó por el trauma freudiano que casi todos tenemos. (Qué manera de inspirarnos en las madres y en sus posibles muertes, por más que algunas estén vivas.) En “Una sonrisa, una lágrima,” aprendí la palabra adnato. ¡Para que vean que todos los días se aprende algo nuevo! “Último guateque” describe la jaqueca que un par de zapatos y una tía pegajosa le pueden dar a cualquier por no andar avispado… Pero no quiero revelar mucho más de los cuentos de Aramís Castañeda. Sólo baste decir que sus retratos de Cuba y de los personajes que pinta tienen todo el azul del Malecón. Y que la Jornada Conmemorativa por el Día de la Cultura, me llevó a evocar papelejos y actos y esperas, largas colas de gris aburrimiento ante burócratas ansiosos de echarle mano a un triste buffet.  El sabor de los caramelos regresa desde la distancia y se mezcla al de las palabras, al gustillo especial del cubaneo, del vocablo templar bien empleado… Hay un personaje graduado de lingüística que termina metido en una cueva oficinesca (no sé de qué museo, real o fingido) y que me hizo dar gracias por no ser el original, tan bien trazado está.

Pero ya dije que el libro me dejó pensando. Por eso se me ocurren estas preguntas para el autor, que con gusto comparto con ustedes:

Teresa Dovalpage: ¿Cuándo comenzaste a escribir y por qué?

Aramís Castañeda: Cuando llegué a los Estados Unidos y porque nunca he trabajado en un periódico; pero, sobre todo, por el sistema propio de justicia que arrastro. De ser columnista en un periódico me hubiera dedicado a escribir artículos de opinión y no habría sentido la necesidad de inclinarme por los llamados géneros literarios en sí. Pero, igual, si no hubiera llegado a este país y me sintiera tan solo, triste y diferenciado, mis emociones probablemente se habrían extendido por cualquier otra hendija sin la obligación de expresarlos a través de la palabra. En cuanto a la manera en que concibo la vida y el modo en que los hombres debieran relacionarse, es un estigma que, como he dicho, arrastro sin que pueda evitarlo. No me hallo en casi nada ni veo que a casi nada –ni nadie-le interese de verdad el mejoramiento del otro sin que detrás exista un propósito egoísta: llámese dinero, reconocimiento, demostración del ego o justificación de poder. Miro y los medios de comunicación no expresan al que soy. Miro y en los lugares donde trabajo no soy más que un eslabón, perfectamente sustituible, para que funcione la cadena. Miro y compruebo que debo ser correcto porque, al más mínimo error, se borran de cuajo las cosas buenas que hice antes. Miro y ningún sistema social -hasta donde sé- cultiva, más allá de las frases hechas, valores como la humildad, la sencillez y la compresión. Por eso también escribo, porque no me hallo y la manera más fácil de manifestarlo es la escritura; la escritura que solo depende de que estés en tus cabales y tener dónde realizarla: sea un pliego de papel o una computadora.

 

 

Teresa Dovalpage: Pues todas esas son muy buenas razones para escribir. En cuanto a tu escritura, ¿dónde encuentras la inspiración para tus personajes? Porque los escritores del relato que da título al libro me parecieron… terriblemente familiares. ¿Fueron tus “musos” gente conocida? Cuenta, cuenta…

Aramís Castañeda: La mayor parte de los personajes que aparecen en mis historias son reales. No en su concepción o desarrollo; pero sí en alguna frase que hayan dicho al descuido al pasar por mi lado, en una entrevista o reportaje para el periódico o la televisión, cuando hemos sido compañeros de trabajo, hemos compartido un mismo techo, cuadra, barrio, sitios de encuentro, calles, playas, hoteles, medios de transporte  o ciudad. A veces soy yo mismo camuflado y, otras, pedacitos de muchos pegados en una sola piel. Me parece que lo que mejor soy es observador y, aunque paso cerca de muchas cosas sin notarlas –sobre todo anuncios, carros, tiendas- la gente y sus expresiones sí se me pegan. Entonces las cuelo en alguna idea que ya tenga preconcebida y de ahí salen las historias. Dentro de estas “gentes reales” que tomo como referencias, mis preferidos  son aquellos que viven a través de la pose y el fingimiento.

 

Teresa Dovalpage: Claro, las malas gentes hacen los buenos personajes (nada peor que un personaje amoroso, hermosos, perfecto e iluminado, barf), igual que las malas lenguas hacen las buenas crónicas, igualito…  Como autor, ¿qué reacción buscas en tus lectores? ¿Qué esperas conseguir cuando terminen de leer una de tus historias?

 

Aramís Castañeda: Que no se aburran. Que no hayan tenido que regresar a una página anterior porque no han entendido algo. Que sientan que ellos mismos podían haber escrito estas historias porque, lo que uno hace, no es nada del otro mundo. Que, en cualquiera, hay un escritor en potencia. Trato de ser un cuentista en la primera acepción del concepto: el que cuenta algo –en una esquina o en la sala de su casa- y, de haber sido actor, es seguro que recrearía de forma oral lo que escribo, más que dejarlo impreso en papel o leerlo en reuniones de intelectuales.

 

Teresa Dovalpage: Hombre, eso de leer algo en reuniones de intelectuales me produce verdadero horror… ya ocurran aquí, allá o acullá. Y hablando de acullá, ¿cómo ha marcado tu carrera literaria el hecho de vivir en otro país diferente a donde naciste?

Aramís Castañeda: He podido comprender con mayor claridad qué es lo cubano –o una parte de ello, que uno nunca llega a comprenderlo todo. La distancia te obliga a ver desde lejos y, ese repaso de lo que fue tu pasado y la evidencia de lo nuevo que te rodea, te ofrece una mejor perspectiva de análisis. Yo no analizo mucho; pero la mente trabaja sola y ella sí lo hace sin que uno se dé cuenta. Hay detalles que nos marcan –no siempre favorables- que van más allá del plato de frijoles negros, el tabaco, las maracas, el café o hablar gritando. Hay muchos mitos sobre la base de la altivez que, por diferentes razones y circunstancias, el cubano se ha fabricado que no son tal y, por el contrario, comportamientos que pasan a la ligera sin que los notemos que nos hacen sumamente especiales y entrañables. Quiero ser -hasta donde se pueda y como pueda- una especie de sismógrafo del cubano esté donde esté y, esa idea y esa posibilidad, me la ha dado el vivir en un país que no es el mío, pero donde estoy rodeado por muchos de los míos.

 

Teresa Dovalpage: Sismógrafo del cubano…me gusta, me gusta esa definición. Y ya casi se acaba el año 2011. ¿Qué meta literarias tienes para el que viene?

Aramís Castañeda: Luchar contra mi vagancia y dejadez. Ellas son mi principal obstáculo a la hora de escribir. He tenido rachas donde en tres meses he escrito diez cuentos, pero esto no es la regla sino excepción. Tengo claras las ideas acerca de lo que quiero hacer y también los títulos de las futuras historias y del libro en su conjunto (si no tengo el título primero, no me sale una palabra); pero soy muy lento. No soy de los que espera por la inspiración, pero sí por el ánimo con el que me despierte ese día y el ánimo se me aleja por temporadas largas.  Cuando termine el 2012 me gustaría haber finalizado ese libro del que hasta ahora solo he escrito un cuento. Un libro que recogerá momentos aparentemente simples y sencillos del cubano de Miami. El cubano de a pie: el que coge guaguas tempranito en la mañana, el que trabaja a disgusto en una fábrica, el que se llena de las manías que la nueva sociedad le impone, el que se bate por aprender el idioma extraño…siempre matizado por situaciones que, pretendo, sean graciosas para que al final quede un buen sabor y no la tristeza.

 

Teresa Dovalpage: No, al que espera por la inspiración se lo come el león, te lo garantizo. ¡Y espero leer esas historias sobre el cubano de de a pie allá en Miami! Ahora, en tu opinión, ¿qué es lo mejor del oficio de escritor? ¿Y lo peor?

Aramís Castañeda: El oficio en el escritor está en su estilo, la manera en que cuenta. Ya lo que cuenta, el asunto del que habla –y es mi opinión-, puede hacerlo casi siempre cualquiera. Lo peor que puede pasarle es que no tenga dominio de la síntesis, que se enamore de las palabras y que no pueda evitar posar a través de lo que escribe. Es, de todos los errores que veo, el que más predomina. Para mí, el escritor debe tratar por todos los medios de acercar cada vez más la forma en que escribe a la forma en que comúnmente habla –con sus amigos o familia. Cuando, ante un diálogo, me pregunto ¿pero qué ser humano puede hablar de la manera en que lo está haciendo esta gente? lo que leo deja de ser, inmediatamente, literatura ante mis ojos y se convierte en pretensión. Adivino al hombre -detrás de las palabras- tratando de llamar la atención sobre sí; tratando que diga “pero que sabio, erudito e inteligente es”.

Lo mejor del escritor es que no necesita de muchos recursos para realizar su oficio. El bailarín, el pintor, el director de cine, el escultor, el músico, el fotógrafo…necesitan de un instrumental -muchas veces costoso- para realizar su creación. El escritor solo el pedazo de papel y un lápiz o la computadora.

Teresa Dovalpage: Así mismo es…no requerimos de mucha inversión inicial, por suerte. Como sabes, Aramís, este blog es parte de una guía para autores que empiezan su carrera. ¿Quieres compartir algún consejo o experiencia con quienes todavía guardan su primer manuscrito en la gaveta?

 

Aramís Castañeda: Escribir todo lo que se les ocurra para que las ideas no se les escapen. Luego luchar contra las palabras y tratar de contar utilizando el mínimo de recursos. Leer cientos de veces lo escrito y si, los cientos de veces, lo disfruta de la misma manera, es que existen grandes probabilidades de que puede funcionar igualmente para otros lectores. Pero, sobre todo ser honesto, humilde y honrado y parar cuando no se está disfrutando del trabajo; cuando, lejos de convertirse en un gozo, deviene en un fastidio para nuestra vida. Ahí es donde se cuela lo falso y, un escritor, no puede darse el lujo de serlo.

Teresa Dovalpage: Tienes razón, es escritor fastidiado se convertirá sin poderlo evitar en un escritor fastidioso. ¡Muchas gracias, Aramís, por acceder a esta entrevista! Y recomiendo su libro, se encuentra ya a la venta en Amazon

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