La Regenta en La Habana: El romance de una cougar literata

Fragmentos de la novela

La Regenta en La Habana: El romance de una cougar literata.

Disponible en Amazon (edición Kindle)

De un sueño dulce y profundo, poco frecuente en él, despertó Quintanar aquella mañana con más susto que solía, aturdido por el estridente repique de aquel estertor metálico, rápido y descompasado. Venció con gran trabajo la pereza, bostezó muchas veces, y al decidirse a saltar del lecho no lo hizo sin que el cuerpo encogido protestara del madrugón importuno. El sueño y la pereza le decían que parecía más temprano que otros días, que el despertador mentía como un deslenguado, que no debía de ser ni con mucho la hora que la esfera rezaba. Estuvo a punto de cerrar los ojos y volverse a acostar, pero la idea de que Frígilis llegaría a la huerta y tendría que esperar por él le aguijoneó la conciencia, despabilándolo.

Pero qué modorra aplastante, qué entumecimiento de miembros… Quintanar miró por la ventana; la escasa claridad, en la que apenas se distinguían los eucaliptos del jardín, confirmó su sospecha de que todavía no había amanecido. Sin embargo, no las tenía todas consigo. ¿Y si la penumbra se debía a las nubes, al mal tiempo o a la neblina invernal que velaba la cima del Corfín? No podía consultar el reloj de bolsillo, porque el día anterior al darle cuerda le había encontrado roto el muelle real. La única forma de salir de dudas era recurrir al reloj de péndulo que se hallaba junto a la estufa. Dejó escapar un suspiro y en bata y zapatillas se encaminó hacia el comedor, refunfuñando por el camino. “Cuando la desgracia entra por una casa…”

Al pasar frente a la habitación de Petra lo asaltó la tentación de despertar a la criada con cualquier pretexto, de sorprenderla en camisa de dormir o aún más desabrigada. El recuerdo de una liga roja que le había visto en varias ocasiones (una liga que descubriera luego en la cabaña de los marqueses, a saber cómo  había ido a parar allí) le dolió cual la quemadura de un cigarrillo. Eran celos, celos por causa de la liviandad de la rubia impúdica, y al mismo tiempo, deseos furiosos de solicitar los favores de aquélla, de hurgar en sus intimidades de mujer.

¿Por qué no entraba al cuarto? Nadie se enteraría. Y Petra no habría de resistirse, de eso estaba seguro. ¡Tantas noches se había presentado ante él a medio vestir, fingiendo un descuido inocente en que Quintanar no creía! Recordó con un estremecimiento las carnes blancas y fuertes de la doncella, mal cubiertas por una chambra vieja que le había regalado Ana. Pero era culpa suya, de Quintanar, el no llevar jamás a feliz término sus tímidos conatos de seducción. Solía quedarse a media miel, por falta de valor e incluso de deseos. Don Álvaro sostenía que el don de la constancia era imprescindible en esta clase de empresas. Y cuando el gallo vetustense, experto en la materia, lo decía…

El ex-regente dio unos pasos en dirección a la puerta y se asombró de encontrarla entornada. “Si me estará esperando…” pero la mente se le despejó de pronto. Recordó que el propio don Álvaro había despedido a la doncella el día anterior, a instancias suyas. Recordó también que Petra se había vuelto insoportable. En las últimas semanas había estado más respondona, holgazana e insolente que nunca. Quintanar no se atrevía a reprenderla y temía que en cualquier momento le revelase a su ama las tentativas de seducción de que había sido objeto, callándose, la muy taimada, sus desvergonzadas provocaciones, a las que él había resistido, durante años, como un casto José. Fue entonces que don Álvaro, siempre dispuesto a ayudar, se ofreció a ponerla de patitas en la calle para evitarle el mal rato a su amigo, y había cumplido su promesa. Petra ya no estaba en el caserón.

Aunque Quintanar se alegraba en el alma de verse libre de aquel testigo y semi-víctima de sus flaquezas no pudo evitar un brote de nostalgia. “Y pensar que habrán de transcurrir días, meses tal vez, antes de que me acostumbre a su ausencia. En el fondo yo la desprecio, claro. Esa chica es una scortum, como dice don Saturnino… Y yo sé lo que le debo a mi esposa, a la sociedad y a mí mismo, pero de todas formas… Podía haber llegado más lejos, de habérmelo propuesto.”

Se encogió de hombros, siguió andando y pasó de puntillas ante la alcoba de su mujer. Entonces advirtió la franja de luz que se filtraba por debajo de la puerta. Era una línea brillante que cortaba como un cuchillo la opacidad del corredor.

“¿Estará en vela la pobrecita?” la idea lo sobresaltó y lo puso de mal humor, como solía ocurrirle cada vez que se imaginaba una posible recaída de Ana en su padecimiento nervioso, o lo que fuese. Don Víctor odiaba con toda su alma esa dolencia misteriosa (él no entendía de nervios) que había mantenido a su mujer bajo la influencia deletérea del señor magistral y propiciado mil extravagancias. La última, aquella procesión del Viernes Santo en que la Regenta recorriera las calles de Vetusta descalza y en hábito del Carmen, casi del brazo de su confesor…

Gracias a Dios ya aquello había acabado. El misticismo, los ataques de nervios, las visitas constantes a la Catedral y la presencia del magistral en la casa eran agua pasada. Don Robustiano, el médico de la nobleza, le había dicho que la salud de la Regenta estaba asegurada después de los baños de mar y que doña Ana se encontraba “como un roble,” física y psicológicamente. No obstante, Quintanar seguía intranquilo. Aquella luz encendida le molestaba, sin que pudiera comprender por qué. Se dirigió a la puerta y trató de abrirla, pero el cerrojo estaba corrido por dentro. Entonces tocó en la madera con los nudillos:

—Hija, ¿no duermes?

Al escucharlo, Ana y Álvaro dieron un salto al unísono sobre el lecho desordenado. La Regenta se abrazó a su amante.

—¡Jesús mil veces! Lo que yo me temía…

—Calla, tonta —musitó don Álvaro, no menos asustado, pero tratando de mantener la calma—. No te asustes. Si sospechara algo no llamaría así. Levántate y ve a abrirle.

—¿Y tú?

—Me esconderé debajo de la cama.

—¿Estás loco?

—Es la única salida. Anda, ve.

Don Álvaro se agazapó y se introdujo a gatas bajo el lecho, estremeciéndose al contacto con la piel de tigre que le servía de alfombra a la Regenta. Se comparó con un animal perseguido hasta su cubil y, por asociación de ideas, recordó la puntería de don Víctor, que tenía fama de gran cazador. Si lo sorprendía allí, le asistía todo el derecho de matarlo a sangre fría. Antiguo magistrado, Quintanar sabría que aquél sería considerado un crimen pasional y digno de disculpa… ¿Y cómo podría él defenderse? Mesía guardaba un puñalito cincelado entre sus ropas, pero no se atrevía a salir de su escondite para buscarlo. Hecho un ovillo, con el espinazo pegado al bastidor, el tenorio vetustense procuró serenarse. Lo más probable era que don Víctor tuviera dolor de cabeza, o insomnio, o simplemente ganas de charlar. El viejo confiaba a ojos cerrados en su mujer. Nada sucedería. Y respiró profundamente. Aquella situación le traía a la memoria las aventuras locas de su juventud. Cuántos, cuántos años debía retroceder en la historia de sus amores para encontrarse huyendo, a cuatro patas y desnudo, de un marido celoso… ¡Cómo se reirían Paquito Vegallana, Joaquín Ordaz y los demás trasnochadores del Casino cuando oyeran el cuento!

A pesar del lado cómico del lance, Mesía no podía evitar la aprensión que había hecho presa en él. Si don Víctor lo descubría por casualidad y corría a buscar su escopeta… (En ese caso, él tendría la oportunidad de lanzarse por el balcón, se consoló, y escapar aunque fuese en cueros vivos.) Pero si ya sabía algo y venía armado, listo para limpiar su honor…  Don Álvaro se acordó de una conversación que sostuviera con Quintanar varios meses atrás, en el teatro. Con motivo de la representación de Don Juan Tenorio, el ex-regente había aludido a la posibilidad —hipótesis absurda, la había llamado— de que su mujer le faltase. A ella había amenazado con darle una sangría suelta. “Y en cuanto al cómplice,” había dicho, “lo traspasaba; sí, prefiero esto; la pistola es del drama moderno, es prosaica; de modo que le mataría con arma blanca.”  Don Álvaro empezó a sudar frío, creyendo sentir el filo de una espada en los omóplatos. Aquella misma espada de gavilanes en el puño, que Quintanar guardaba en su despacho… Cerró los ojos y se encogió todavía más. No había nada qué hacer. Sólo le quedaba confiar en la habilidad de Ana Ozores y en la candidez de su víctima.

 

 

 

 

 

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