Entrevista a Jorge Carrigan

Jorge Carrigan nació en La Habana, en 1953. Estudió dramaturgia y dirección teatral en la Escuela Nacional de Arte en Cuba. Desde 1994 reside en Canadá. Allí fundó la compañía de teatro Theatrois.

Es autor de las obras de teatro Apuntes para el fin, Naufragios y El Hueco en la Pared. Su novela Bailar con la más Fea salió a la luz en junio de 2010 bajo el sello editorial Atompress.

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En la actualidad conduce un taller de teatro con actores no profesionales de todas las edades en Ottawa, Canadá.

En marzo de 2011 se presentaron dos monólogos suyos en el X Festival latinoamericano del monólogo en Miami y en noviembre de este mismo año apareció su novela Muñequita Linda con el sello Plaza Editores.

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Teresa Dovalpage: ¿Cuándo supiste que querías ser escritor? Y en la misma línea, ¿cuándo escribiste tu primera obra?

Jorge Carrigan: Para algunas personas hay un evento o un momento en el que los deseos o la necesidad de escribir se despiertan y se puede identificar…

Teresa Dovalpage: Como el punto cero, el inicio de ese Big Bang…

Jorge Carrigan: Pero para otros escribir es algo que se va produciendo sin uno darse cuenta. En mi caso no podría citar una fecha exacta. Puede que todo haya comenzado cuando me dí cuenta de que no me conformaba con conocer una historia, sino que sentía el imperativo de darla a conocer a los demás. Y como entonces pensaba que a la mayoría de los libros que leía les faltaba algo de lo que yo quería leer…

En cuanto a mi primera obra, la verdad es que no sé. Probablemente fueron unos ardientes versos patrióticos que escribí a los ocho años; o tal vez fuera una novela policiaca que escribí estando en la Secundaria. De lo que sí estoy seguro es del momento en que me convertí en un profesional de la literatura. Estando en el servicio militar escribía cartas de amor, por encargo, a novias ajenas, o sea, las novias de algunos de mis compañeros. Por escribir esas cartas, cobraba cinco cigarros Populares por carta (en aquellos tiempos yo fumaba y no tenía novia propia). Entonces pasé a ser un profesional de la escritura en la justa definición de que cobraba por ese trabajo.

Teresa Dovalpage: ¡Sin dudas un excelente comienzo! Oye, que al principio no nos pagan a todos, hay que pergeñar por amor al arte. ¿Y qué te motivó a escribir Muñequita Linda? ¿Está basada en gente que conoces?

Jorge Carrigan: Las motivaciones para escribir una novela suelen venir de varios sitios a la vez, aunque luego tomamos uno como bandera y lo exhibimos como si constituyera el momento de la inspiración, del baño de luz que nos da el dios de los escritores. El método, si existe algo a lo que se pueda llamar así, por el que escribo es que parto de un concepto, de algo que quisiera decir, o preguntar, a los futuros lectores. Eso pudiera calificarse de motivación, pero todavía no hay escrita más que una frase. Luego tendrá que producirse otra motivación para que la novela vaya germinando, así que debo inventarme una historia que ilustre el concepto que será el núcleo de la novela.

Para responder tu otra pregunta, por supuesto que la historia estará basada en vivencias propias y de muchas personas que conozco, pero ninguna va a responder a una vida particular y coherente; sino que iré traicionando las historias reales para irlas ajustándolas a lo que necesito de ellas. De ahí sale una especie de mezcla entre cosas que parten de la realidad y van a parar a la imaginación y viceversa.

Teresa Dovalpage: Sí, la literatura se basa en la traición a la realidad. Y hablando de la realidad, ¿qué tal te sientes en Ottawa, un lugar tan lejos, tan distinto de La Habana? Sigo, que no sé si eres de La Habana…¿cuál es tu lugar de nacimiento?

Jorge Carrigan: Nací en La Habana, más concretamente en el pueblo de Regla, de lo cual estoy orgulloso aunque para muchos no sea nada del otro mundo. El lugar en el que uno nace es importantísimo para los biógrafos, pero uno vive en el lugar en el que nace por inercia. Uno empieza a respirar en un sitio y si no hay una razón que te compulse a cambiar de entorno te quedas siempre en ese lugar. Venir a Canadá para mí fue uno de esos impulsos que nos ha apremiado a muchos cubanos a movernos geográficamente. Ottawa me gusta. Es una ciudad fría y demasiado tranquila para cualquiera que tenga el espíritu un poco inquieto, pero aquí tengo amigos, tengo una hermosa familia que adoro; y tengo, además, la tranquilidad para escribir. O sea, que en Canadá, y en Ottawa en particular, como diría aquel triste poema de Nicolás Guillén, tengo lo que tenía que tener.

Teresa Dovalpage: Amigos, familia y tranquilidad para escribir. Hombre, pues no se puede pedir más. Volviendo a Regla, te diré que conozco a muchos reglanos orgullosos de su pueblo. Con razón, porque tiene mucho aché… ¿En qué nuevo proyecto literario estás trabajando ahora?

Jorge Carrigan: Mis proyectos literarios siempre abarcan mucho más que lo que físicamente alcanzo a escribir, pero estoy enfrascado ahora mismo en varias piezas de teatro por terminar y en la que espero que será mi próxima novela. En lo extraliterario estoy dedicándole mucho tiempo a la promoción y difusión de Muñequita Linda, mi más reciente novela, que está saliendo al mercado y cuyo futuro, y en cierto modo mi futuro como escritor, depende de que muchas personas accedan a ella y la lean, de manera que cualquiera que lea estas líneas puede ser un lector potencial y los invito a que adquieran la novela desde cualquier lugar del mundo a través de http://www.amazon.com

Además de lo literario, trabajo como traductor y en varios proyectos de video y medios de comunicación. Por ejemplo, estoy trabajando en MALAS LENGUAS, un programa de radio que puede escucharse en todo el mundo a través de www.malaslenguas.filmomentum.com

Teresa Dovalpage: ¡Malas lenguas! Me encanta eso… Ahora mismo voy a verlo. Como sabes, la idea de este blog es ayudar a los narradores y poetas que empiezan su carrera. Entonces, ¿podrías contarnos un poco de cómo fue tu camino hacia la publicación?  ¿Cuán fácil o difícil te ha sido encontrar editor para tus obras? Háblame un poco de esto…¡tus experiencias pueden ayudar a muchos autores!

Jorge Carrigan: Cuando era niño veía a los escritores que eran entrevistados en la televisión y hablaban de publicaciones y daba la impresión de que era lo más fácil del mundo. Era algo así como creer que ser una bailarina es entrar por la puerta trasera de un teatro, vestirse, maquillarse y salir al escenario a recibir los aplausos y las flores. Obviamente yo era muy ingenuo en esos tiempos. El camino hacia la publicación siempre es difícil y pobre de aquel al cual se le abran las puertas de las editoriales en la primera oportunidad. Digo pobre de aquel porque estará metiendo la pata ante muchísimos más lectores que a los que nos ha sido negado el acceso temprano a las editoriales. Alejo Carpentier se pasó la vida avergonzándose de su primera novela publicada y él no es el único. El camino de la madurez literaria es largo y las excepciones son contadas. No obstante, encontrar editor en Cuba, por lo menos para mí, fue poco menos que imposible. Muy pocos editores leyeron mis obras y los que se mostraron interesados no tenían la autonomía suficiente para decidir por ellos mismos, de manera que las cosas mías que aparecieron fueron poquísimas y contenidas en un par de antologías y ediciones alternativas.

En Canadá es diferente. He tenido contacto con más de una decena de editores y he podido trabajar en la promoción de mis obras, tanto las novelas como las teatrales. Las grandes editoriales y las grandes compañías de teatro no creen que lo que escribo sea suficientemente comercial como para hacer ediciones masivas, que conquisten el mercado, pero en los circuitos literarios más modestos, que suelen ser los más interesantes, en los habitan los lectores más inteligentes, mis obras me han proporcionado incontables satisfacciones.

Teresa Dovalpage: ¡Es muy bueno poder colaborar con los editores en la promoción de las obras! A fin es…¿quién las quiere más que el propio autor, verdad?  Y como escritor publicado, ¿qué consejos le darías a un escritor que todavía guarda su primer manuscrito en una gaveta?

Jorge Carrigan: Es bueno recibir consejos, pero muy difícil darlos a alguien que emprenda el camino de la literatura. En este mismo instante lo que considero que es esencial para cualquier escritor en ascenso, y podría ser mi único consejo, es que sea perseverante y crea en sí mismo, pero no en los halagos que reciba. Los halagos por lo regular le ponen un techo a la creación, pero el cielo está allá, mucho más alto.

Teresa Dovalpage: Muchas, muchas gracias, Jorge, por aceptar esta entrevista. ¡Suerte con todos tus proyectos literarios! Y a escuchar Malas Lenguas, que gracias a ellas se hacen los Buenos Cuentos…

http://malaslenguas.filmomentum.com/

Por otro lado, aquí los dejo con los dos capítulos  iniciales de Muñequita Linda

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                                     I

“Pido la disolución inmediata de todo vínculo con mi marido”. Es lo único que digo.

En los tribunales del mundo entero los jueces se pasan la vida pidiendo a los declarantes que sean concisos, que no divaguen, que enuncien exclusivamente sus declaraciones sin adornos y sin emitir juicios sobre los hechos o personas involucrados en el proceso. Sin embargo, eso es lo que acabo de hacer y la sala queda en silencio, como si necesitaran que la idea que acabo de comunicar estuviera acompañada de alguna vaguedad y aderezada con un reprochito, tal vez una ofensita, algo que mueva a los presentes a convencerse de que me siento insultada, herida, maltratada. Hasta el juez se ha quedado esperando a que diga algo más… a que suelte aunque sea un agravio contra ese al que debería de considerar un salvaje.

Si nadie habla tendré que pronunciar cualquiera de las frases que están esperando de mí, para que reaccionen. Estoy segura de que si grito un par de malas palabras; si se me quiebra la voz y se me saltan las lágrimas y los mocos; el juez se mostrará severo, me pedirá que haga silencio y ordenará continuar con el sumario, pero sólo entonces se sentirán más seguros, tanto él como los demás encartados en el asunto, de que tengo algo legítimo que reclamar. Sin embargo, que diga una frase concreta, pidiendo exactamente lo que quiero, ha creado este silencio que al fin se rompe cuando el que de ahora en adelante llamaremos mi marido, aunque no merezca ese título, levanta la mano, un momento antes de levantarse él mismo, para pedir el uso de la palabra y hablar aún cuando nadie llega a autorizarlo.

“Repito que como único admitiría disolver mi vínculo con Laura es si recibo la compensación económica que ya he solicitado”.

La mano de su excelencia el juez Donato Pérez Rielo indica la silla a mi marido, con un ademán enérgico, y le pide que se siente de inmediato, para luego con voz más calmada, pero igual de firme, advertir al señor Trento que no permitirá ni una vez más que su representado hable sin que antes se le haya concedido la palabra. El abogado Edgardo Trento se excusa a nombre de su cliente y asegura, con ese tono mecánico que usan los abogados, que no volverá a ocurrir. Y un momento después es el propio abogado quien se pone de pie para enunciar una de esas cosas que los procuradores llaman “consideraciones preliminares”.

“Estoy interesado en llamar la atención de esta sala acerca de que habrá que tener muchísimo cuidado si queremos que en el caso de mi cliente no se produzca un despojo, inadmisible, de la propiedad privada. La propiedad es un derecho sagrado, arraigado en las bases de nuestro sistema y consagrado por la ley…” y así sigue hablando más y más, pero sobre lo mismo. Y una vez que ha terminado de presentar su argumento concluye la intervención con una frase muy bien escogida que él sabe que causará sin dudas una considerable impresión: “Pido que el evento que nos ocupa hoy no ponga en peligro el sagrado derecho a la propiedad privada”.

Este abogado es un ladino, y digo ladino objetivamente, sin ánimos de insultarlo, porque se nota que este Señor Trento sabe lo que se trae entre manos y, sobre todo, está seguro de cómo lograrlo aún cuando no sea nada justo lo que intenta obtener. Por ejemplo, ahora mismo, él quería colocar el auditorio a su favor y con la intervención que acaba de realizar lo ha conseguido. Tanto es así que cuando termina de hablar da la impresión de que los presentes en la sala tienen que controlarse para no aplaudir sus palabras. Aunque, claro, no aplauden. Bueno, está bien. Eso de que parece que aplaudirán no es sino una impresión que flota en el aire, un presentimiento que he tenido. Sí, que nadie se extrañe. Soy capaz, no sólo de sentir, sino también de presentir.

Por lo demás, la sesión transcurre en una calma relativa que, por supuesto, parece favorecer a mi marido. Todo se desenvuelve entre mecanismos de rutina y algunas preguntas breves que hace el juez y que los encartados debemos responder de manera sintética y sin abandonar nuestros asientos. En esta sala están reunidos todos los hombres con los que he tenido alguna relación a lo largo de mi vida. Ahí están desde el primero hasta el último. Ahí, frente a mis ojos, por primera vez en una misma sala, están los buenos y los malos. Ahí está el causante de mi desgracia, pero también, no muy lejos, está el señor que hizo de mi todo lo que soy. Ahí están ambos extremos, sin embargo, no siento nada. Ni gratitud, ni rencor. ¿Será que no estoy preparada para experimentar esos dos sentimientos?

Nada es perfecto en la creación.

Junto a mí, a la derecha, está Fernando De Soto, que con ese nombre de conquistador español no es sino el abogado de oficio al cual le ha tocado defenderme. Él no nació siendo abogado del servicio público, a pesar de que cuando uno lo mira cuesta imaginarse que podría ser cualquier otra cosa. Su problema, si es que se le puede llamar tal, podría estar relacionado indirectamente con la administración de justicia; por la simple y definitoria razón de que la vida fue injusta con él en algún momento. Digo esto, porque aunque parezca altisonante es cierto: Si el espíritu de una persona entra al mundo de la adolescencia, como entró el de Fernando De Soto algunos años atrás, enfundado en un cuerpo nada atlético, con una cara muy poco agraciada y una timidez que hacía casi dolorosa cualquier mirada; y a pesar de todo eso, nadie lo consideró un individuo anormal, significa que se habrá cometido un acto de injusticia cardinal; porque la normalidad en esa etapa de la vida pasa sin remedio por la aceptación, por cómo te reciben los demás adolescentes; y eso se logra, en gran medida, cuando el ser en cuestión puede exhibir algunos encantos físicos y alguna desenvoltura en el carácter. Dicho en síntesis: Ser un tipito feo e insignificante puede estropear el espíritu del adolescente de tal manera, que luego las magulladuras sufridas podrían trascender esa corta etapa de la vida y convertirse en algo permanente. ¿Nadie sabía eso?

No quiero asegurar, por supuesto, que mi ilustre defensor es, en la actualidad, un limitado, un deformado o un retorcido. No. Nada de eso. Pero las evidencias son evidencias, aún cuando no sean las que concretamente se discuten ahora en esta sala. En fin, al tema. Decía que mi abogado, Fernando De Soto, está sentado a mi derecha.

El que está a mi izquierda es el señor Edgardo Trento, que, como ya todos habrán tenido oportunidad de saber desde su primera intervención, representa a mi marido. A su lado, en la extrema izquierda, está Juan Daniel, el autor de mi desdicha y a quien estoy demandando ante este tribunal.

Al fondo de la hilera de bancos destinados al público, exactamente en la penúltima fila, asoma tímidamente la cabeza el señor Matsuda. Parece que él siempre ha sido así de timorato, de manera que permanece allí, retraído, tratando de pasar inadvertido, pero eso sólo lo conseguirá hasta el momento en que su rol, clave en este asunto, lo obligue a pasar a los primeros planos.

En uno de los primeros bancos, respirando con dificultad, empapado en sudor y rojo como siempre, está Fredy, el dueño de “Monte de Venus”. A Fredy no lo culpo en absoluto. Aunque las calamidades por las cuales he pasado estén relacionadas con él de una manera bastante directa, no puedo decir que me haya hecho algún daño en lo personal. Él hizo su trabajo, su negocio y punto. No sería justo pensar que hizo algo para perjudicarme.

Volviendo atrás. Además de las personas a las que ya he descrito, más allá del sitio en que se encuentra el ingeniero Matsuda; sólo queda una fila de bancos y allí hay otras dos personas. A ellos los he dejado para el final porque son los únicos presentes que se podrían considerar espectadores puros. Lo que podría decir por el momento es que se trata de una pareja de personas de edad bastante madura que en primera instancia parecen no conocer a ninguno de los implicados en este proceso y que nadie los conoce a ellos.

O sea, eso de que nadie los conoce es relativo.

Por lo menos Fredy y yo los hemos visto alguna vez antes. Desde que entramos, Fredy los ha mirado con curiosidad en un par de ocasiones. Es obvio que está confundido, que no recuerda de dónde y desde cuándo los conoce. En cambio, para mí es más fácil de definir. ¿De dónde podría conocer yo a un par de personas que no sea por haberlas visto en esta sala o en el tiempo que estuve confinada en una vidriera de Monte de Venus?

En fin, que el proceso continúa su curso sin que alguna otra cosa digna de mención ocurra en este día. No sabía que esto podría ser tan aburrido.

II

 

La jornada de hoy es diferente. El Señor Juez Donato Pérez Rielo quiere entrar en materia de verdad y nos lo hace saber sin ambages. Su puesto está allí, como es habitual, al frente y al centro, en un estrado muy bien protegido y ligeramente sobre el nivel de todos los demás que nos encontramos en la sala. A este Honorable Juez, al que le ha tocado administrar justicia en mi caso, se le podría calificar de precoz en asuntos relacionados con el sexo, si tenemos en cuenta que tuvo su primera experiencia sexual con una niña de cinco años; y lo único que lo exime de ser considerado culpable del delito de estupro es que él tenía en aquel entonces sólo seis años.

Ocurrió en plena calle, o sea, casi en la calle, más exactamente frente a su casa, en el espacio que quedaba entre la parte delantera del carro de su padre y la puerta del garaje. A este paladín de la ley le había tocado nacer, primero a la vida y luego al sexo, justo en la última calle de un barrio de clase media bastante alta, a escasos metros del primer callejón de uno de los tres asentamientos donde se hacinaban el ochenta por ciento de los pobres más pobres de la ciudad; en casuchas construidas con cartones, latas y maderas viejas. Es probable que del hecho de que le tocara nacer en el mismísimo centro de esos dos evidentes extremos se derivara su vocación por la justicia.

Desde la puerta de su casa no se veía el barrio marginal, por supuesto. Del otro lado de su calle había una arboleda que entremezclaba su exuberante follaje para impedir la vista de un lado y de otro. Los arbolitos del otro lado de la calzada habían impedido al niño ver las chozas que componían el arrabal conocido con el gracioso nombre de “El Platanito” y al cual sólo se podía acceder desde este lado internándose en uno de los dos angostos caminos que, como cicatrices, surcaban el terreno y permitían el paso de un mundo a otro. La niña, que se constituyó accidentalmente en el primer amor de Dony, como le llamaba su mamá; era, por supuesto, habitante del Platanito. Era una de esas escapadas que, por niña y, por tanto, inconsciente, no sabía reconocer las sutiles diferencias que demarcaban la vida de ambos lados del montecito.

Era una tarde de sábado. El padre veía algo en la televisión, que por aquel entonces era un invento reciente, la madre hablaba por teléfono, otro invento, no tan reciente, con su cuñada favorita; y Dony jugaba a ser un héroe con una espada de plástico, un material inventado recientemente. Tenía permiso para jugar en el patio y el jardín; pero como la entrada del carro, y el garaje mismo, quedaban frente a la casa y a la derecha; podían considerarse como parte del territorio tolerado por la autoridad paterna.

Sucedió una de las veces en que el niño, creyéndose el Zorro, cruzaba al galope de un caballo imaginario, y se dio de narices con la pequeña que miraba el reflejo de su carita en el brillo del carro del papá de nuestro superhéroe. Dony frenó el corcel de golpe, sobrecogido por la rara sensación de presenciar algo extraordinario. La cabeza que unos días antes había visto en la feria tenía cuerpo y estaba allí, al alcance de su vista. La única ropa que llevaba el cuerpecito de aquella aparición era un calzoncito descolorido, sus piecesitos estaban sucios y desnudos pero tenía la carita linda, tal y como Dony la había visto ya cuando reposaba en una bandeja de la feria. La diferencia era que aquí estaban también el tronco, los brazos y las piernas que no mostraba cuando era la cabeza sin cuerpo en el camión de exhibiciones de “Crealo no lo crea”.

Si el futuro hombre de leyes Donato Pérez Rielo hubiera sido el personaje de un cuento para niños habría dicho a la niña que se encontró allí, frente al auto de su padre, la inevitable frase: “¿Quieres jugar conmigo?”; pero, como Dony estaba habitando la vida real, abandonó su papel de héroe para decir: “Ese es el carro de mi papá”, y en su expresión había algo, o mucho, de delimitación de la propiedad, de aclaración de qué correspondía a cada quién, o sea, de algunas de esas cositas que los niños y los jueces, pero no los héroes, tienen en común, y que, por tanto, nunca aparecen en los labios de los personajes de las historias infantiles. Probablemente la pasión por la equidad que demuestran los héroes llega hasta donde hay un atropello evidente y es preciso acabar con el injusto para reinstaurar la justicia. Sin embargo, cuando las cosas son más sutiles; cuando el ser humano tiene que juzgar al otro, interpretar lo que se dijo y lo que se hizo, entonces es diferente y los héroes y los niños se vuelven inoperantes. Es en ese instante que hace su aparición el juez. Dicho de otra manera: cualquier ecuación que tenga a los niños y los héroes por elementos, no podrá dar jueces como resultado, así como una ecuación con niños y jueces nunca dará héroes.

Pero jugaron. Claro que sí. La niña accedió, sin complejos, a ser la muchacha rescatada por el Zorro. ¿Para qué querría ella tener un carro como el del señor padre? ¿Tal vez para mirarse en su brillo todo el día? Pero no. Mucho mejor sería jugar. Quince minutos más tarde, en uno de esos excesos de confianza que los adultos no comprenderíamos nunca, la niña extendió una de sus manitas sucias como pidiendo… Dony retiró la espada de su alcance.

“¿Esa espada es tuya?”, preguntó ella.

“Sí. Es la espada del Zorro”, respondió él sin ocultar cierto orgullo.

“Préstamela”.

“Ah, no. No se la presto a nadie”.

“¿Por qué?”

“Es mía”

“Está bien”.

Dony siguió siendo el Zorro durante un rato más antes de que su bienamada, a la cual había rescatado ya en tres ocasiones de las cárceles del gobernador, se detuviera y quedara un momento pensativa.

“¿Me prestas la espada y me singas?”, propuso ella.

Era imposible rechazar una invitación como esa, pensó el niño, aunque no sabía qué significaba exactamente lo que ella le estaba ofreciendo, cuál era la acción exacta que indicaba aquel verbo. De lo que sí estaba seguro, sin embargo, era de que si se lo había propuesto de esa forma, algo bueno tendría que ser. Entonces dijo que sí.

Ella se bajó el pantaloncito y le hizo una seña de que se acercara. Él se cambió de mano la espada, se aproximó a ella muy cautelosamente y se abrazaron un rato. Dony sintió que algo se endurecía entre sus piernitas, lo mismo que le pasaba cuando tenía muchas ganas de hacer pipi, pero esta vez  la sensación era algo diferente… o sea, mucho más agradable…

De todos modos, por nada del mundo Dony quiso bajarse los pantalones. Le daba pena.

Para finalizar, ella le dio un besito en la boca y él sintió una cosquillita y una sensación muy parecida a lo que se siente cuando uno monta ciertos aparatos de la feria, la misma feria en la que la cabecita de ella había sido, apenas unas semanas antes, una cabeza sin cuerpo. La damita se separó y le pidió, con un gesto de exigencia, que cumpliera con su palabra de darle la espada. Él no pensaba negarse. Como todo un caballero, cumplió la promesa aclarando sólo que: “un rato para ti y un rato para mí”. La niña estuvo de acuerdo y comenzó a correr por todas partes. Ahora ella era el Zorro y al futuro jurista no le quedaba otra opción que ser rescatado por ella. De lo contrario tendría que incorporar el papel de villano y eso sí que no lo quería.

El hoy juez Donato Pérez Rielo nunca quiso ser el villano, ni siquiera en juegos.

Transcurrieron varias carreras, rescates y galopes y cuando la Zorra vengadora se acercó para sacarlo de las mazmorras del gobernador y devolverlo a la libertad por decimoquinta vez, Dony le pidió un momento de calma para preguntarle algo.

“¿Somos novios?”, preguntó él.

“¿Tú quieres?”, preguntó ella.

“Yo sí”.

“Yo también”.

En realidad ni el uno ni la otra sabían tampoco a ciencia cierta el significado de la palabra “novios” pero ambos tenían una noción, absolutamente intuitiva, de que el término se refería a aquello que estaban haciendo y a lo que habían hecho unos minutos antes. La heroína hizo subir a Dony una vez más a la grupa del caballo imaginario para alejarlo del cuartel de los malvados. Acababa de sellarse un pacto de amor que fue roto treinta segundos después cuando la madre terminó de hablar por teléfono y salió para ver qué estaba haciendo su hijo. Lógicamente, se sorprendió cuando lo vio pegado por detrás y apretando la cintura de alguien que ni siquiera sabían de dónde había salido. La niña huyó, más por costumbre que por miedo, y en su fuga, dejó caer la espada.

Menos mal. No se había perdido nada.

El pequeño no entendió entonces y nadie sabe si su Señoría el Juez Donato Pérez Rielo entenderá nunca por qué su madre se había sentido obligada a romper el encanto producido entre el Zorro, la niña y él; porque aún en la actualidad, siendo ya un respetado jurista, conserva un nítido y, por qué no, agradable recuerdo de aquel primer lance. Pero el Señor juez ya no es Dony y está aquí. Esta sala es suya. Él es la máxima autoridad en esta corte. Deberá administrar justicia, aunque en mi caso, yo misma lo reconozco, no será sencillo. La verdad, no estoy segura de que él, ni ningún otro juez en el mundo, conseguirá ser justo y no quiero decir con esto que sea un incapaz, que realice mal su trabajo o algo así; sino que hay asuntos en los cuales el sistema jurídico creado por los hombres se complica, se vuelve inútil, no penetra hasta los lugares más recónditos del derecho. Comprendo también que, dada mi condición, ni siquiera podré contar con el apoyo de una familia, un grupo de amigos… al menos así ha sido hasta el momento de mi llegada a esta sala.

¿Alguien, que no sea un lunático obsesionado por la tecnología o por el sexo, estaría interesado en ser mi amigo?

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