Defensa propia (relato de crime fiction)

           

Cuento publicado en la antología Ellas Cuentan (Sudaquia, 2019)

Esto que les voy a contar me lleva rondando los pensamientos hace más de una década y hoy es que me decido a compartirlo. A fin de cuentas, han pasado diez años y creo que en este lapso ciertos delitos, si es que hubo delito (y bueno, sí lo hubo) prescriben.

            En aquel entonces yo era editora del único periódico de un pueblito pequeño que queda en el norte de Nuevo México. Un pueblito en casa del carajo, pero con mucha gracia: esponjado de nieve en el invierno y cálido sin ser un horno en el verano. Con montañas, lagos, cielo límpido, un río de nombre rimbombante y todo eso que se ve en las postales turísticas. Un pueblito que tenía belleza, buen clima…vaya, tenía de todo, menos trabajo suficiente para la mayoría de la población. Algo de construcción, restaurantes, aseo en los hoteles…. Me sentía agradecida de tener un buen empleo en el paper, con reporteros excelentes. Mis niños, los llamaba, porque todos podían ser, descansadamente, hijos míos. El hecho de ser “anglo,” según la clasificación censal, me ponía un poco fuera de la vida comunitaria, pero igual yo trataba de acercarme —aunque sin ser metiche, que tampoco hay que exagerar.

            Entre mis mejores colaboradores había una chica caribeña, hocicona como ella sola, pero con chispa para el reportaje. Se llamaba Margarita y le decían la Maga. Además de ser la única que hablaba español bien en el periódico (yo lo mascullaba nomás) escribía crónicas con gracia y desparpajado. Pero tenía la mala costumbre de involucrarse demasiado en las historias, a veces con detrimento de su propio bolsillo. Si la mandaba al grand opening de una tienda o de una galería, no dejaba de comprar algo, pagando a veces el doble de lo que recibía por el artículo. Si le tocaba entrevistar a un artista, le compraba una pieza, por más que algunas fueran unas reverendas porquerías. El otro problema era que a veces inflaba un poco (o un mucho) los reportajes, poniendo en boca de los entrevistados cosas que no habían dicho para redondear la historia, para que no quedara “sin sal.” Mis reprimendas y explicaciones (tú eres periodista, no cocinera, qué sal ni qué pimienta) caían en saco roto.

            —Es que, si no los mejoro un poco, los artículos quedan tan aburridos que no hay quien se los lea —se justificaba.

            —Niña, la gente no lee el periódico para entretenerse sino para informarse. Si quieres entretener a los lectores, escribe una novela.

—Ah, ya, ya…

            Aquel día le había tocado entrevistar a Yesenia, una víctima de violencia doméstica, pues estábamos haciendo una serie sobre el tema, que entonces no se ponía sobre el tapete tanto como —¡por fin!— se pone ahora. A mí me tocaba en lo personal. Cuando joven estuve casada tres años con un tipo que me pegaba cada vez que le daba gusto y gana, hasta que una noche, en medio de una bronca descomunal, agarré un cuchillo y se lo clavé en la barriga. Se salvó de milagro. Yo fui a juicio, pero salí absuelta porque pude probar que lo había hecho en defensa propia. Jamás volví a ver a mi ex, pero por años tuve pesadillas con aquel cuchillo de matarife. Mis subordinados no sabían nada de esto, claro, pero aquella serie de reportajes tenía un sitio especial en mi corazón… y en la cobertura que le iba a dar.

            Yesenia había accedido a que la entrevistaran con la condición de que no se mencionara su apellido y que sólo aparecieran fotos parciales de ella —unas laceraciones en el cuello y unas marcas moradas en un brazo. Era una chica oaxaqueña que no hablaba inglés, así que mandé a la Maga junto con el fotógrafo. No solían hacer buenas migas aquellos dos, pero el fotógrafo, Bert, no entendía español y quería dejar claro cómo había que hacer las tomas. La Maga iría en doble función de reportera y de intérprete.

            Bert, que detestaba a la Maga, volvió a la redacción echando chispas:

            —Tu reportera estrella es una hocicona de marca mayor —me dijo, todo sofocado—. Nomás llegar, empezó a meterse en la vida de esa muchacha, dándoselas de psicóloga, consejera o vaya usted a saber qué. Imagínate que le dijo que lo mejor que podía hacer era zamparle al marido una sartén por la cabeza. “Pero si no tengo ni sartén aquí,” le contestó ella, asustadísima. “¿Y qué? Dale con el rodillo, con el molcajete, vaya, lo que tengas a mano, pero suénalo bien.” Así le dijo.

            —¿Y tú cómo entendiste todo eso, Bert, si dices que no sabes español?

            Se azoró un poco.

            —Bueno, no lo hablo bien, pero algo se me ha pegado en tantos años de vivir aquí. Pero vamos al caso. ¿Tú no crees que Margarita actuó de una manera poco profesional? ¡A ver!

            No me quedó más remedio que estar de acuerdo con él. La Maga se pasaba a veces, hay que reconocerlo. Y le eché un rapapolvo cuando me la encontré.

            —Se lo dije para que aprendiera a defenderse, buena falta que le hace—me contestó muy fresca—. Y el Bert ese, además de ser chismoso, es tremendo descarado. ¿Puedes creer que con todo lo que ha pasado Yesenia se puso a hacerle ojitos ahí delante de mí? Flirteando, mija, flirteándole al descaro. Eso no te lo contó, ¿eh?

            —¿Y ella le hizo caso? —pregunté, molesta porque mira que esas cosas dejan mal al periódico.

            —A mí me parece que el horno no estaba para pastelitos, pero por él no quedó. ¡Sinvergüenza!

            Aquella misma tarde la Maga me mandó el reportaje. El marido (y agresor) de Yesenia se había ido de la casa hacía varias semanas y ella pensaba que no volvería a aparecer, que tal vez se había regresado a México. Su historia era común: se había casado a los quince años con aquel hombre, que la había convencido para venir con él a Estados Unidos. Los dos eran ilegales —eso no lo mencionamos en la historia, se entiende— y él hacía lo que se terciaba en construcción, pero no la dejaba a ella trabajar en la calle, por más que les hiciera falta el dinero. Yesenia no tenía más amistades que dos señoras de una iglesia local, La Luz de Cristo, donde predicaban en español y a la que su marido le permitía ir alguna que otra vez. La última pelea que tuvieran (de la que ella salió con un ojo negro y un brazo amoratado) fue precisamente a causa de su asistencia al servicio.         “No fue culpa mía que la pastora se pasara tres horas hablando,” decía la cita del artículo. “Cuando llegué a la casa él estaba como loco, acusándome de andar con otros hombres por ahí, usando la iglesia como pretexto.”

            La Maga había hecho una excelente exposición del caso y al final incluía la dirección del único shelter del pueblo donde les daban protección a las mujeres abusadas. Le di una pasada rápida, cambiando algunas expresiones un poco fuertes que mi “reportera estrella” había deslizado olvidándose de la objetividad periodística y mandé el artículo a la imprenta. Aquel día era martes. El periódico debía salir el jueves.

            Esa misma tarde, a eso de las seis, la Maga se apareció de pronto en mi oficina. Me acuerdo de la hora pues ya los demás empleados se habían ido y yo me había quedado sola en el edificio, dándole los últimos toques a mi columna editorial, que era siempre lo último que mandaba.

            —Coño, tú, ¿hay manera de a matar el reportaje sobre la violencia doméstica? —me preguntó.

            Matar un reportaje, en jerga periodística, es no publicarlo luego que se ha empezado.

Me quedé mirándola con la boca abierta

            —¿Por qué? Si te quedó muy bueno.

            —Es que…Yesenia me ha pedido que no lo saque. Parece que el marido regresó y teme que la mate a golpes por contar…

            —Pues lo siento, porque ya se ha ido a imprenta —le contesté—. Por otra parte, ¿cómo va a enterarse? Ese hombre no sabe inglés y dudo mucho que lea el periódico. De ella sólo mencionamos el nombre y no hay fotografías del rostro. Las posibilidades de que descubra que se trata de su mujer son mínimas, ¿no crees?

            —Vete pal carajo. ¡Por una historia eres capaz de vender a Mahoma! —me contestó y se largó dando un portazo.

            Me sorprendió, aunque no mucho, porque ya estaba acostumbrada a sus salidas de bocacabra. Y de cierta manera, yo comprendía el interés por proteger a una de sus fuentes. Pero era demasiado tarde… Más tarde de lo que yo misma había supuesto en ese momento.

            No fue hasta el día siguiente que me enteré de lo que había ocurrido. El chico que cubría la sección de policía nos trajo la noticia, que luego habría de ser primera plana, de una mujer que había matado a su marido en una traila de la “zona hispana” del pueblo. Cuando vi el nombre lo reconocí de inmediato: Yesenia Bermúdez.

            Por un momento lo vi, o creí verlo, todo claro: Yesenia, azuzada por los consejos de la Maga, se había defendido cuando el marido intentó abusar de ella otra vez. Estaba en su derecho y yo era la primera en reconocerlo. Pero ¿cómo lo entendería la ley?

            Según la versión de Yesenia, ella había salido a caminar junto al río y, al regresar, se había encontrado al marido tirado en medio de la sala, con la cabeza destrozada por el mortero del molcajete. Insistía en que no lo había hecho ella, que ni siquiera sabía que su marido había regresado, pero ¿a ver quién se lo iba a creer?

            El molcajete…me acordé de lo que había dicho Bert. Ahora sí la cagamos, pensé.

            La historia armó mucho ruido en el pueblo. Las opiniones se dividieron entre los que consideraban que la muchacha había hecho bien al defenderse de un tipo abusador y violento, y los que decían que por qué fregados no se había divorciado o se había ido de la casa y ya. Durante aquel día no se habló de otra cosa, pero ella insistía en su inocencia. En medio de todo aquel revuelo, la Maga se apareció de nuevo en mi oficina, con cara de desenterrada.

            —Vengo a pedirte un gran favor —me dijo, como si no se acordara de que me había carajeado la última vez que nos encontramos en el mismo lugar.

            —A ver —le dije.

—A Yesenia ya le señalaron abogado defensor, un public defender que tiene cara de estar más perdido que una cucaracha en baile de gallinas —me dijo—. Yo estoy segura de que ella no mató a ese tipo, pero…

—Y si no fue ella, ¿quién? —la interrumpí.

—Un lío de drogas —bajó la voz—. Yesenia me contó que el hombre se metió con unos narcos y luego trató de salirse, pero tú sabes que con esa gente no se puede estar jugando al quita y pon.

Y narco encima, el descarado. Bien muerto estaba, pensé. La Maga seguía hablando a cien revoluciones por minuto.

—Pero van a sospechar de ella, sobre todo porque es muy fácil de probar que es la entrevistada en mi artículo. Y me siento culpable, coño. Ahora sólo tengo una forma de ayudarla, que es darle una coartada: decir que la traje al periódico para redondear la entrevista. Está probado que el hombre murió entre las cuatro y las seis de la tarde. Yo voy a decir que estuve con ella aquí hasta eso de las siete.

Suspiré.
            —No te puedo decir que no lo hagas, allá tú. Ya estás bastante crecidita para saber en qué te metes. Pero ¿qué tengo que ver yo con eso?

—Quiero que tú digas que la viste cuando entró conmigo —antes de que yo pudiera protestar agregó—: Que estabas todavía en la oficina y que también nos viste salir juntas a las siete y cuarto. Tú eres una mujer mayor, gringa, miembro respetable de la comunidad, vaya. Si me apoyas tenemos más posibilidades de que nos crean que si se trata sólo de mi palabra, ¿comprendes?

—¡Pero quieres que diga una mentira bajo juramento!

—¿Y qué? Yo me paso los juramentos por el fondillo. Si no me ayudas la van a condenar, estoy segura. ¿Tú crees que esa muchacha merece pasarse media vida en la cárcel por culpa de un hijo de puta a quien en realidad ni mató?

Lo pensé mucho y me costó montones decidirme. Pero a medida que transcurrían los días y se acercaba la primera vista del juicio, las opiniones se viraban más y más en contra de Yesenia. Podía haberse aducido el argumento de la defensa propia, pero como ella negaba toda participación en el crimen, era imposible usarlo. El hecho de que ni ella ni el marido tuvieran papeles también la perjudicó. Justo por esos días Bert presentó su renuncia y se largó a Washington —en busca de mejores oportunidades, según él.

Empecé a atar cabos y, basada en mi propia experiencia, concluí que Bert se había vuelto a aparecer en casa de Yesenia, que el marido se había enterado y había agredido a su mujer, como lo había hecho antes. Y como la Maga podía ser muy convincente y el molcajete estaba allí….

La cara de niña triste de Yesenia me perseguía en las noches. También mi propia historia, que había vuelto a visitarme con ramalazos en flashback: el rostro enrojecido de mi marido a sólo dos centímetros del mío, su puño abriendo un hueco en la pared, el televisor hecho astillas en el piso, mi ojo izquierdo rodeado de un círculo morado y la apocada, absurda explicación de me había caído en el hielo o tropezado con una puerta, que no convencía a nadie. El cuchillo de matarife entrando despacio en la carne de mi marido, mi efímera victoria con su cuerpo a mis pies. Todo aquello volvía y gritaba alto y claro a favor de Yesenia.

El día del juicio la sala del juzgado estaba a tope. Allí no cabía un alma más. Y yo, temblando. Empezó la vista del caso. El fiscal era un viejo agresivo, que contaba con la timidez de la acusada y la poca experiencia del defensor. Pero cuando éste mencionó la visita de Yesenia al periódico, dato con el que no contaba, se descolocó un poco.

—¿Por qué usted no dijo eso antes?  —le preguntó a Yesenia—. En su declaración original sólo se menciona un paseo por el río.

—Porque…porque no quería dejar mal a la señorita reportera —contestó la aludida con un hilo de voz y tal cara de culpabilidad que me hizo bajar el corazón a los pies—. Yo no quería involucrarla a ella en este fregado, después que ya había sido tan amable conmigo.

Llamada la Maga al estrado, dijo con gran desenvoltura que ella misma se había presentado a prestar declaración sobre la continuación de la entrevista en el local del periódico. Y para corroborar su afirmación, me llamaron como testigo de la defensa.

Cometí perjurio por ellas. Dije que efectivamente había visto pasar a Yesenia y a la Maga juntas en dirección a la oficina de esta última alrededor de las cinco de la tarde, y más tarde cuando se fueron, ya pasadas las siete. Era de sobra conocido que yo me quedaba hasta la noche en el periódico los martes, y mi declaración, hecha con la voz más firme y la mayor seguridad que pude impostar, le dio la vuelta al tostón.

Yesenia salió absuelta. El caso quedó abierto por unos años más mientras seguían buscando al asesino. La Maga y yo no volvimos a hablar del asunto en el año y medio que ella continuó trabajando para mí.

Cavilé mucho sobre lo sucedido. Algo me avergonzaba haber mentido, pero en realidad no me arrepentía. Razonaba que peor me habría sentido si hubiesen metido en la cárcel a Yesenia. En aquella muchacha de veintipocos años, que apenas se atrevía a mirar al juez a la cara, me veía a mí misma treinta años ha. 

El reportaje de la Maga ganó un premio de la Asociación de Periodistas de Nuevo México. Unos meses después, mi “reportera estrella” se marchó a hacer una maestría en Los Ángeles. Pasaron los años, me retiré y me dediqué a viajar y a darme la mejor vida que se puede dar una editora jubilada, pero, entre mis recuerdos de Nuevo México estaba siempre en primera plana el de aquel juicio, y la curiosidad de saber cómo habían pasado realmente las cosas.

Fue hace apenas dos meses que volví a tropezarme con la Maga, ahora una señora casada y respetable, con treinta libras más y un doctorado en filología. Pero eso sí, igual de hocicona que antes. Coincidimos en una feria del libro a donde yo fui a comprar novedades y ella a presentar una novela que le acababan de publicar.

—Siempre supe que te dedicarías a la literatura —le dije—. Ahora sí puedes inventar a gusto sin faltar a la objetividad periodística.

—Hay otra ventaja —me dijo mirándome a los ojos—. Con la trama de las ficciones no hay peligro de involucrarse demasiado, como decías tú, y con razón, que yo hacía con los artículos.

—¿Estamos pensando en lo mismo? —pregunté con cautela.

Ella asintió y nos quedamos un momento en silencio.

—Perdóname por haberte puesto en aquel compromiso, socia —dijo por fin—. pero no me quedó de otra. Me rompía el corazón que le echaran la culpa a Yesenia de algo que no había hecho. Si tú no hubieras dicho lo que dijiste, todavía estaría entre rejas.

Maldije la costumbre del español de no poner sujetos en las oraciones porque mira que esta omisión se presta a ambigüedades y malos entendidos.

—¿Ella estaría entre rejas, quieres decir? —le pregunté.

—No, yo. Fui yo quien mató al cabrón ese. Después de la entrevista, decidí que debía haberle dado más información a Yesenia, panfletos de auto ayuda en español y cosas así. Volví a la casa y me encontré al marido allí. Ella se había ido a dar una vuelta por el río, tal como declaró en el juicio, entonces aproveché para advertirle al tipo que, como volviera a abusar de su mujer, yo misma lo iba a acusar con la policía pa que lo deportaran pal carajo. Se enfureció y vino para arriba de mí con la mano alzada. Y me tuve que defender, ¿tú sabes? El molcajete estaba allí, mi amiga, y no me quedó de otra que rompérselo en la cabeza.

Me quedé espantada.

—¿Y Yesenia? —le pregunté cuando recuperé el don de la palabra.

—Nunca se enteró. Yo fui a verla en la cárcel y la convencí para que dijéramos “una mentirilla” por su bien. Lo último que supe de ella fue que se había casado con un hombre decente y que estaba estudiando enfermería.

—Vaya, pues me alegro—dije por decir algo.

—Y yo también. Pero por eso decidí dedicarme a la literatura. Escribir novelas es un oficio menos peligroso que hilvanar reportajes.