Andanzas de una traductora (Parte 2): Las primeras cien páginas

El dos de diciembre empecé a documentar aquí la auto-traducción de mi novela Death Comes in through the Kitchen, un “misterio culinario” ambientado en La Habana. En este video que hice para el canal de YouTube Sentado en el Aire, de Juan Carlos Recio, hablo más del asunto.

El documento original, en inglés, tiene 368 páginas. Calculo que en español llegará a las 400, por lo bajito. Al traducir de inglés a español, el documento en español es inevitablemente más largo. Supongo que porque usamos mayor cantidad de palabras—y manotazos y otro tipo de gestos más o menos exuberantes—que los angloparlantes.

Ahora sigo la rima y espero terminar el primer borrador a fines de enero. Así van a ser mis vacaciones de Navidad este año.

“¿Guguleas?”

Me preguntó una amiga hace días. Quería saber si yo usaba Google Translate para “ganar tiempo” con mi proyecto de traducción. Todavía me estoy riendo. Admito que lo he usado en ocasiones, pero no le tengo confianza.

Mi primera experiencia con las barbaridades de la traducción automática ocurrió en San Diego, en 1998, mientras trabajaba para una compañía de traducción. Aunque Google Translate no existía entonces, sus antepasados—una variedad de softwares que parecían destinados a reemplazar a los traductores humanos corrientes y molientes—ya habían salido al mercado. Pero muy pronto descubrí que no tenía de qué preocuparme. Trabajo habría, al menos mientras la frase “If I don’t like my purchase, am I stuck with it” se tradujera como “Si no me gusta mi compra, ¿me pegan con ella?” (No, y te la reventamos en la cabeza también, pa que no te andes quejando.)

Mi disparate favorito de aquella época era el anuncio de un juguete que empezaba “When the kids misbehave, you can entertain them with this…” La versión en español rezaba caprinamente “Cuando los cabritos se desmanden…”

Bee.

goat

Aunque Google Translate “sabe” más que su antecesor—acabo de usarlo con las oraciones anteriores y el resultado fue más potable, sin cabritos incluidos—igual no me convence. Entre otras cosas, el susodicho no distingue entre el uso del pretérito perfecto o simple y el pretérito imperfecto— ambos tiempos expresan el pasado en modo indicativo, agrega la profesora de gramática española que vive en mí. (Como dato que puede interesar a otros profes de español, me doy cuenta de si mis estudiantes han usado Google Translate en sus tareas cuando confunden el pretérito con el imperfecto, en un texto que tiene —¡oh, sorpresa!—ortografía impecable y es además pródigo en palabras domingueras. Pero ese será el tema de otro post.)

Así que, volviendo a los conejos de España, una expresión simpática y antiquísima que haría sudar la gota gorda a Google Translate, no me queda más remedio que traducir Death Comes in through the Kitchena la antigua, palabra por palabra y párrafo por párrafo. Yo sola, sin guguleo de ninguna clase. Y esta labor me ha causado buenos dolores de nalga y cuello en los últimos días.

Primero pensé en usar dos monitores. Incluso fui y compré uno extra, pero no he podido instalarlo porque mi computadora no tiene conexión HDMI, según me explica mi marido. Tendría que comprar una computadora nueva con ese tipo de conector para instalar los dos. Y no sé si valdrá la pena.

Mientras tanto, se me ocurrió abrir el documento en inglés en mi iPad y ponerlo al lado de la computadora, así:

Translation

El problema fue que al pasar las “páginas” del iPad con la mano derecha me quedó tremendo dolor en ese lado. Descartado de plano.

Luego imprimí el manuscrito en inglés y lo puse en el buró, donde antes estaba el iPad. Entonces tenía que estirar la cabeza hacia el lado en que se encontraba y claro, seguir pasando una a una las jeringadas páginas, esta vez de papel, mientras escribía. Tampoco resultó.

Así que ahora nada más que uso un documento Word, traduzco un párrafo o dos, y luego copio y pego la versión en español en otro documento. De ampanga el caso.

No sé si tendrá sentido invertir en una computadora nueva para poder usar los dos monitores a la vez. Me temo que sea demasiado gasto teniendo en cuenta que mi computadora actual funciona bien y que no pienso hacer este tipo de traducciones largotas con regularidad. Si con mi propio libro es, y a veces me hace halarme los pelos, ¿cómo sería si fuese el trabajo de otro? ¡Lo mandaba a volar!

Dejo constancia aquí de mi nuevo respeto y admiración por los traductores literarios. Yo he hecho muchas, muchísimas traducciones (las hago todavía para The Taos News), pero siempre son cortas, de mil palabras como máximo. Y más sencillas, no hay que andar dándoles la vuelta.

Al terminar este post, hace tres días, me fui al St. James Tearoom en Albuquerque para celebrar las cien páginas terminadas. Pronto postearé sobre la reunión con mis cuatitas, ambas traductoras, y lo que aprendí en ella.

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