Cuento de Navidad (Posesas)

Fragmento de Posesas de La Habana (PurePlay Press, 2004)

Marcel cerró la puerta de la habitación y salimos juntos al pasillo de la posada. Sin hablar caminamos hasta el estacionamiento y nos montamos en su Lada, en silencio total. Pero cuando cogimos por la calle Veintitrés para abajo, como quien va hacia el Coppelia, se le soltó la lengua otra vez. Primero fue un chiste bobo, que si aquel fin de año había que decirle Happy Good Year en lugar de Happy New Year porque había conseguido gomas Good Year. Yo callada.

Y él que vuelve con la carga al machete. Por favor, mamita, sácate eso, no me sigas mortificando, por lo que más tú quieras. Mira, mañana vamos juntos a ver a un médico que es socio mío. Nos encontramos a las ocho y voy contigo al hospital, espero a que… tu sabes, te regreso a la casa. Después seguimos nuestra relación como antes. Si yo estoy loco por ti, Elsita. Si tú eres lo mejor que me ha pasado pero es que la vida, muchacha, la vida.

Y yo renuente. La vida sigue igual, Marcel. Después que aborte no me vuelves a mirar la cara, ya te conozco. Y él no te ofusques, cariño, y comprende mi situación. Llevo doce años casado y tengo una familia. No es fácil. Tú no te das cuenta porque estás joven, yo también a tu edad. Y yo a mi edad mierda, Marcel, no me vas a convencer. Mi hijo es tan familia tuya como los otros.  Si me hiciste un muchacho tienes que cargar con él y punto y aparte.

Y él con el tic nervioso alborotado, a cien guiñadas por minuto. En qué mundo tú vives, Elsa, las cosas no son así. Pues en el mundo en que yo vivo sí, oíste. Si me hundo yo, se hunde el mundo conmigo. Y Marcel de pronto encabronado, no te hagas la tremenda, chiquilla, que lo que tú eres es un bollo loco y te estás pasando de la raya. A mí no me vas a pescar con ese truco del hijo, para que te enteres. Estoy muy viejo ya para que me vengan a hacer cuentos de camino.

Y yo para el carro. Y él niña, estate quieta. Y yo que lo pares porque me tiro, coño. Que lo pares. Eres es un cínico, un hipócrita y un descarado. Y él frena justo en la esquina del cine Yara con un chirrido bestial de las gomas Good Year. Está bien, vete pal carajo, chica. Ah, y a ver lo que haces con el paquete ese porque tú dices que es mío pero quién sabe. Lo será o no lo será, que buena putica estás hecha tú.

Me bajé. Di media vuelta y me fui con mi barriga y su hijo adentro, y sus insultos y mi indignación. El Lada se sumergió en el chisporroteante tráfico nocturno de Veintitrés y se perdió de vista.

Y en ese momento me acordé de un poema de la Avellaneda. Lo que le pasa por la mente a una en momentos de angustia, Dios… No existe lazo ya: todo está roto, plúgole al cielo así: ¡bendito sea! Pero yo no podía echar bendiciones como la buena moza de la Tula. Yo no, yo me tenía que desquitar. Al día siguiente ardería Troya. Le contaría lo nuestro a todo el mundo. Si me botaban de la facultad, que me botaran. Amargo cáliz con placer agoto. Agotada me sentía ya, después de aquella conversación, de aquel mazazo. Pero a él lo botarían también, y cuidado no le quitaran hasta el carnet del partido, si se me antojaba decir que andaba sobornando a los carpeteros con moneda del enemigo. Eso, que agotara también su amargo cáliz, que lo metieran en la cárcel. Me imaginé a Marcel sin Lada ni guayabera, en una celda de castigo. Ah, qué dulce venganza. Mi alma reposa a fin: nada desea.

Me estremecí de frío y de miedo y procuré olvidarme de los versos de Tula y concentrarme en mi propia, apabullante realidad. Debía hablar con Yarlene. Consultarlo con ella, que me diera un consejo, que me acompañara si todavía estaba a tiempo para que me hicieran la interrupción. Me temblaban las piernas y pensé que iba a desmayarme otra vez. Un policía me miró con intenciones de pedirme el carnet de identidad, o así me pareció, y entonces recordé que lo había dejado en el apartamento, con la prisa. Lo que faltaría, pensé, que me confunda con una jinetera y me lleve detenida. Mejor me perdía de allí, que una mujer decente y joven no anda sola por la zona de los hoteles si no quiere que la confundan.

Dos turistas pasaron por mi lado envueltas en perfumes y vestidos flotantes, con un muchachito detrás susurrándoles chenchi chenchi. Y me sentí más mal vestida y más hedionda que nunca en mi vida. Desde el fondo de mis entrañas deseé ser otra, la que venía con dólares desde el país de la nieve, la no-cubana, la no-preñada, la que nunca fue amante de Marcel.

Camina que te camina, porque a aquella hora no había quién cogiera una guagua, vine a encontrarme delante de la iglesia del Carmen.

Yo nunca había entrado a un templo católico. No sabía rezar ni me interesaba aprender, pero me acordé otra de vez del  plúgole al cielo así: ¡bendito sea! y decidí pasar, aunque fuera sólo para sentarme en un banco y descansar los pies un rato.

Estábamos a mediados de diciembre y en el patio central habían puesto un árbol de Navidad; el primero que yo veía, sin contar los de las películas y las postales viejas. Era altísimo, esbelto, rutilante y vistoso, con estrellas y guirnaldas que le colgaban de las ramas salpicadas de nieve artificial. Rebosante de luces verdes, rojas y amarillas, y colmado de adornos de cristal.

Una música triste me entró por los oídos, una tonada que parecía nacer de aquel tronco resplandeciente. Pero no distinguía las palabras porque todavía me sonaban en la mente las punzantes y sucias de Marcel. A ver lo que haces con el paquete ese porque tú dices que es mío pero quién sabe. Yo quería escuchar la canción que contaba la historia de un niño y su tambor. Marcel tronaba que buena putica estás hecha tú y ahogaba al tamborero con su ropopón pon, ropopón pon. Al fin su voz se convirtió en murmullo rencoroso, perdiéndose otra vez por Veintitrés y Doce, por el camino que lleva a Belén baja hasta el valle que la nieve cubrió.

Me acerqué más al árbol que la nieve cubrió y me tapé los ojos con las manos. Nada mejor hay que te pueda ofrecer y me desleí en lágrimas. Su ronco acento es un canto de amor. Pero no era por mí que lloraba, ni por la pérdida de Marcel, de aquel Marcel del que yo había una vez estado enamorada, ni por mi hijo sin padre, sino por la nieve que nunca, lo supe en ese instante, nunca en mi aperreada vida llegaría a conocer. Ropopón pon, ropopón pon.

Cuando Dios me vio llorando ante él, se sonrió.

 

 

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