El difunto Fidel

El difunto Fidel

Sobre una tumba una rumba

Por supuesto que acepto hablar con usted, señora. Encantado de la vida. Es decir, encantado de la muerte. A mí se me quedaron un burujón de cosas por decir y le agradezco, cómo que no, le agradezco que me dé la oportunidad de desahogarme. Además, hablando quizás se aclaren algunos puntos oscuros de mi existencia terrenal que me siguen mortificando hasta en el más acá.

Tampoco tengo mucho qué hacer. Aquí uno se lo pasa más aburrido que una ostra en conserva, y para colmo rodeado de espíritus que no hablan ni español. Me tocaron de compañeros de viaje astral un montón de gringos malhumorados, acabados de salir del hospicio, y todavía no he tropezado con ningún compatriota. Hasta el momento, la cosa ha sido de English only, estilo Arizona. Le ronca el merequetén.

Sí, soy Philip Carballo, más conocido por Fidel… en otra encarnación. Es decir, en la misma técnicamente, pero como las dos mitades de mi vida fueron tan distintas creo que puedo decir que nací Fidel en La Habana y reencarné como Philip aquí en Miami. Soy (perdón, fui, es que todavía no me acostumbro a hablar de mí en pretérito) el dueño de una oficina de bienes raíces situada en el downtown, Carballo Properties. ¿Le suena? Claro, seguro que ha visto alguna vez mi anuncio en El Nuevo Herald: “Carballo Properties, donde la casa de sus sueños es el sueño de nuestros corredores.” Original, ¿no cree? Se me ocurrió a mí.

Y ya usted conoció a Dalila, mi mujer. Bueno, bueno, mi viuda. Da la impresión de ser una esposa a la antigua, sumisa y calladita. Pero no se confíe, Encarnación. Ahí donde usted la ve, con su cara de que no rompe un plato, le entran unos ataques súbitos de malhumor en los que, si la dejan, vira el mundo al revés. Tiene obsesión con las telenovelas y con su gato Fluff —ella le dice Flo porque nunca aprendió a pronunciar el inglés, la pobre. No diré que haya sido una mala mujer o una madre desmadre, pero tiene sus conchas.

A mi hija mayor, que nació en Cuba hace veintiséis años, le pusimos Katia porque todo lo ruso estaba de moda entonces. Eran los tiempos de tovarich para aquí y camarada para allá y de cantar La Internacional hasta en la ducha. Pero cuando llegamos a Miami se transformó en Kathy. Me odia, o al menos daba la impresión de odiarme, simplemente porque me tocó en suerte ser su padre. (Dios mío, qué daño nos hizo Freud.) Tiene una bebé de dos años concebida por producción independiente. Vaya, con aire y una jeringuilla, ya sabe usted cómo son esos inventos modernos. Yo, desde luego, prefiero el método tradicional…

A mi hijo menor, el único nacido en Estados Unidos, se me ocurrió llamarlo William para que saliera un tenorio como Clinton. No, no, de demócrata nada. Yo soy republicano de hueso colorado, y a mucha honra, lo que me ha costado varios disgustos con los muchachos. Elefante hasta la muerte, quiero decir, hasta en la muerte, pero honor a quien honor merece, ¿no?

Ahora, con Bill me cogí el dedo con la puerta, y digo el dedo por no decir algo peor. En fin, ya llegaremos a eso. Mi hijo habla y entiende español aunque a cada rato suelta una palabreja en inglés, sobre todo cuando se pone nervioso. Y el nerviosismo lo ataca con una frecuencia alarmante. ¡Lo que sufre un padre, señora, usted no se lo puede imaginar! Aunque las madres también sufren, desde luego. Por cierto, ¿usted tiene hijos, Encarnación? ¿Está casada, divorciada o…?

Disculpe, ya sé que esta conversación es sobre mí. No me lo tome a mal, es que no me gusta ser el único que hable todo el tiempo. Uno de los primeros consejos que me dieron en un curso de relaciones interpersonales que tomé fue become a good listener. Y me sirvió de mucho en el negocio, la verdad.

Pues hace quince días, señora, todavía un servidor estaba vivito y coleando, aunque hecho tierra por culpa de esta maldita crisis. Debía tres meses de hipoteca y había llegado al límite de mi MasterCard. (Visa ya me había cancelado el crédito, igual que American Express.) No me había aparecido ni un solo cliente en toda la semana. Para la siguiente, lo único que apuntaba en el horizonte era una cita con un costarricense que buscaba algo viejo, chiquito y barato en Hialeah. La situación estaba negra con pespuntes grises, por cualquier lado que se le mirase.

Aquella tarde entré a mi casa con la correspondencia en la mano. Mi mujer trajinaba en la cocina y sólo Flo, echado como un príncipe ruso en la mejor butaca de la sala, me recibió con un bufido. Flo no tiene pulgas, que yo sepa, pero si las tuviera serían malísimas.

Callie - Photo Credit: © Sally Knowles

Examiné los sobres, abrí uno y solté tres carajos. Era un cheque sin fondos que me devolvía el banco —que rebotaba, como dicen aquí. Guardé el papel en un bolsillo del pantalón, pero abultaba demasiado. Entonces lo escondí debajo del sofá. Cuando me incorporaba entró mi mujer, que sin tomarse la molestia de darme las buenas tardes me espetó:

—¿Qué se te perdió por el piso?

—Nada —le contesté.

No tenía ganas de hablar de negocios ni de lo mal que me iba. Dalila no podía ayudarme, así que preferí ahorrarle las malas nuevas.

—¿Cómo que nada si te sorprendí ahí agachado?

—Ah, estaba recogiendo una bola de pelos. Esta casa parece una barbería por culpa de ese bicho asqueroso.

—No empieces a meterte con Flo desde que llegas —fue hasta la butaca y le dio un beso en el hocico a Flo—. No haga caso, mi amor. Usted es aquí el number one.

—El día que me encabrone voy a agarrar al gato por la cola y a botarlo para el mismísimo medio de la calle —le advertí.

—Y detrás de él vas tú. ¿Cómo te cae?

Después nos dijimos otras impertinencias. Por suerte, con la discusión mi mujer se olvidó de lo que había quedado debajo del sofá. Yo pensé en recoger el sobre más tarde, pero no me dio tiempo y acabé olvidándome de él también.

Fui al cuarto a cambiarme de ropa (siempre iba a la oficina con traje y corbata, aunque hubiera cuarenta grados Fahrenheit) y media hora después llegaron los muchachos. Kathy tiene su propio apartamento en Westchester, pero no sabe cocinar y come con nosotros cuatro veces a la semana. Luego se lleva en un cacharro la ración de su hija y hasta algo para el día siguiente. Así cualquiera es liberada y feminista, no digo yo.

En aquellos momentos, naturalmente, no podía oír lo que conversaban. Pero como esto es un flashback desde el más acá, paso a relatarle el contenido de la charla.

—Bill, pierde el miedo —le decía Kathy a Bill—. Aprende a defender el derecho a ser quien eres, a preservar tu propia identidad y tus derechos.

(O algo similar; es su estilo de publicista barata.)

—Eso se dice fácil.

—Y se hace. Mírame a mí. ¿No tuve yo a mi hija sin ayuda de nadie y la estoy criando sola? Chico, lo tuyo es agua de borrajas al lado de mis problemas.

—Pero tú eres distinta. Tú naciste en Cuba.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Mucho. Ustedes, los cubanos, tienen la sangre caliente. Son really bold… decididos. Timbalúos, como dice el viejo.

—En ese caso, considérate cubano honorario. Al fin es que tenemos los mismos genes.

—Mejor dejamos a los genes tranquilos que ya los míos me han causado bastantes líos.

Fue entonces que Dalila y yo entramos con tazas de café en las manos —café marca La Llave, oloroso y recién colado. (Carijo, cómo lo extraño aquí. Más que al ron y más que a las mismas mujeres.)

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—¿Quieren café, muchachos? —les brindó.

—Yo prefiero un tecito, mom —contestó Bill con un floreo de manos.

Cada vez que lo sorprendía haciendo esos gestos de galán de opereta me daban ganas de meterlo en el Army con tres patadas por las nalgas, aunque lo zumbaran directo a Afganistán. Me encaré con él y le pregunté:

—¿Te duele la barriga?

—A la gente no tiene que dolerle la barriga para tomar té —saltó Kathy.

—Ya se metió la defensora del pueblo.

—No se trata de defender a nadie, viejo. Sencillamente, a mi hermano no le gusta la cafeína.

—¿Y él no tiene lengua para decirlo?

—Dejen de gastar saliva por gusto que té no hay —Dalila cortó el hilo de la discusión antes de que siguiera enredándose y terminásemos hablando a gritos—.Bill, o tomas café o no tomas nada.

—No tomo nada entonces.

Y se escurrió para su cuarto. Dalila le trajo café a Kathy, agarró al gato y se lo puso en el regazo, desentendiéndose del mundo. Mi hija empezó a buscarme las cosquillas:

—¿Cómo va el negocio, viejo?

Ella sabía lo que me molestaba que me llamaran viejo —que además no lo era, a los cuarenta y nueve años. Le contesté lo más seco que pude:

—Bien.

—Bien con jota, querrás decir. Acabo de oír por radio que no se vende ni un apartamento en todo el estado de la Florida. La cosa está candente.

No le hice caso a ver si se callaba, pero siguió metiendo el aguijón.

—¿Tú sabes que Mayda, una compañera de trabajo, casi pierde su condominio? Después de pagar la hipoteca religiosamente durante cinco años, le subieron la letra mensual a más del doble… Imagínate, de mil doscientos a casi tres mil dólares. ¿Y con qué se sienta la cucaracha?

—La culpa la tienen ustedes —le dije al fin, por decir algo—. ¿Por qué se han metido a trabajadoras sociales? Aquí lo que da dinero es la libre empresa.

—Pero nosotras contamos con un cheque seguro todas las quincenas.

—Buena basura. Yo no vine de Cuba a trabajar para nadie. Llegué a Miami con una mano delante y la otra atrás…

—Menos mal que no te tuviste que quitar ninguna de su sitio.

—Y he llegado a ganar hasta cuarenta mil dólares en un mes, tan solo con las comisiones. Una cantidad que no consiguen ustedes en un año completo. ¿Es así o no es así?

—Eso sería en la época de las vacas gordas, porque lo que es ahora…

—Ahora es lo mismo, chica. ¿Qué entiendes tú de real estate?

Dalila intervino:

—¿Y qué pasó con esa amiga tuya, niña?

—Que tuvo la gran suerte de que el marido se muriera… Ay, qué feo sonó eso. Quiero decir, que el marido tuvo la desgracia de matarse en un accidente. Se estrelló contra un Hummer en la Avenida Collins.

Mi mujer puso cara de consternación, aunque ella no conocía a esa gente ni le importaba un pito lo que les pasara.

—Qué horror. Nada menos que contra un Hummer. Pobre hombre, se desbarataría.

—Sí, se hizo polvo cósmico. Pero ellos tenían una póliza que les garantizaba, en caso de la muerte de uno de los cónyuges, la liquidación de la hipoteca a favor del sobreviviente. La compañía de seguros le pagó hasta el último centavo y ya Mayda es dueña de su casa. Se salvó por un pelo, porque la pobre estaba con la soga al cuello.

Dalila se volvió hacia mí con un interés que no suele mostrar por nada, excepto la televisión y Flo.

—Philip, ¿nosotros tenemos un seguro de ese tipo?

¡Tremenda pájara de mal agüero! Aunque ni me imaginaba que la de la guadaña estuviera pisándome los talones, me incomodé.

—Parece que tienes muchas ganas de quedarte viuda. Pero no te hagas ilusiones, porque el día que yo falte no sé quién va a costearte la buena vida, desde la letra del carro hasta las vacunas del gato. Si esperas por tus hijos, te come el león.

—Ay, no lo tomes por donde quema. Qué susceptible te has vuelto. Bueno… ¿tenemos el seguro o no?

—Sí, Dalila. Sí lo tenemos, desde hace cinco años.

—Gracias a Dios. Porque nadie va a quedarse para semilla, como decía mi madre, que en paz descanse. Hay que estar preparados para cualquier eventualidad. Somos hijos de la muerte y…

—¡Ah, carijo! —exploté—. Llega uno del trabajo y no oye hablar más que de muertes, accidentes, problemas y salaciones… ¡Cállense de una vez o cambien la tonada!

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