Entrevista a Héctor Santiago

“El ghetto es esencial en el exilio o la diáspora”

Héctor Santiago

Héctor Santiago nació en La Habana, en 1944. Cursó estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana y se graduó del Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional de Cuba. Ha publicado y estrenado diversas obras de teatro cuentos, poemas y artículos, en Estados Unidos, México, Brasil, Paraguay y Perú. En su carrera como escritor, dramaturgo y crítico, destaca el Premio de dramaturgia “Letras de Oro”, otorgado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de España y la Universidad de Miami, y el Premio internacional de cuento “Enrique Labrador Ruiz”. Su octavo novela, La memoria del agua, acaba de ser publicada por Aduana Vieja en España.

Su correo electrónico es santiago725@verizon.net

Entrevista

Teresa Dovalpage: Fuiste primero dramaturgo y después novelista. ¿Cuán fácil, o difícil, ha sido dar ese paso en que la audiencia deja de ser un público para convertirse en lector?

Héctor Santiago: Mi primera obra de teatro data de los catorce años. En los bajos de mi casa vivía una actriz cómica muy famosa en La Habana: Lita Romano. En realidad mis primeros pasos en el arte fueron en la pintura, mi madre le enseñó un dibujo que hice y ella “se olió algo”. Para ayudarme con mis notas escolares –y mi timidez–, ellas arreglaron que yo fuera todas las tardes a su casa y me ayudaría con las lecturas escolares, lo que se convirtió en que la asistiera a memorizar sus libretos de la televisión, y después la comedias, pues se especializaba en vodeviles españoles que a su manera “cubanizaba”. Finalmente me pagó metiéndome a oscuras –pues era menor de edad–, en el teatro del Museo de Bellas Artes para verla en una obra: puro entretenimiento sin ninguna trascendencia, pero que ella convertía en algo que aun hoy recuerdo, en la línea de las grandes Divas de la época con un gran poder de meter “morcillas”. Yo salí de allí en estado de éxtasis: al otro día de la nada me senté a escribir la obra: uno de esos bodrios de la adolescencia que es mejor olvidar. Ella lo leyó, y muy considerada me dijo: “Continúa”. Además una tía mía era costurera de artistas de la televisión, las carpas populares, los cabarets, transformistas, y cosía para las carrozas del carnaval, junto con su trabajo en el atelier del modisto Bernabeu que vestía a María Félix, Ava Gadner, Libertad Lamarque, todas las grandes que iban a Cuba, junto con la alta sociedad. Yo me las arreglaba para que me llevara y las veía a todas, inmóvil en una esquina tras una cortina. Una noche ella tenía que llevar una bata de rumbera a una vedette y me coló en el Teatro Shangai, que era el pionero de las películas pornográficas en el continente americano y escenificaba pequeñas obritas bufas con mucho desparpajo y doble sentido. La rumba que una actriz muy popular llamada Candita Quintana bailaba con una escoba ni te la imaginas –un verdadero coito–, y otra llamada Natalia Herrera cantaba un cuplé buscándose la pulguita por todas partes en un strip-tease.

Natalia Herrera

Seguí yendo con mi tía, y después como me conocían por una peseta me escondían en la oscuridad. Allí descubrí el choteo cubano, la jerga popular, por supuesto la sensualidad criolla, y me colaba en sus camerinos escuchándolas hablar del teatro Alambra y la tradición del teatro bufo: entonces decidí que el teatro era mi vida. Comencé a estudiar actuación, ballet, danza moderna, dirección, dramaturgia, coreografía, iniciando este largo camino del veneno teatral. Pero a veces los temas no venían en forma de teatro y comencé a escribir cuentos, que serían la antesala de mi primera novela sobre Gertrudis Gómez de Avellaneda. Incautada junto con todo lo escrito desde 1958 a 1979 por la Seguridad cubana en los tantos registros a mi casa, y cuando me exilié, el miedo de mis amigos a los que les dejé copias hizo que los quemaran. Sólo se salvó algo enterrado en un patio, y que en 1990 una periodista francesa amiga mía rescató, y con otros papeles está en la Colección Cubana de la Universidad de La Florida. Me integré al movimiento teatral desde 1959 haciendo de todo: hasta títeres y por ende escribiendo teatro infantil, por lo que escribir teatro me es un oficio cotidiano, pero al novelista lo he tenido que forjar a golpe limpio –bueno, te conoces ese salto. El cuento se me da fácil, pero escribir novelas me aterroriza. Más que barroco soy cubista: me gusta sacarle todas las aristas a lo que narro, y me da trabajo ser comedido, además de muy poco realista, pero es un reto, siento como un orgasmo tras leer lo último escrito. En el teatro –aunque no siempre–, muestras lo que quieres a través del dialogo que es lo que mueve la trama. En la novela lo que narras es lo que mueve la acción –y el dialogo es colateral. En el teatro el público se emociona: en la novela el lector piensa junto contigo sin la parafernalia del escenario, y por lo tanto es más exigente. En el teatro te permiten varios actos para compartir tus ideas: si en la novela no lo agarras desde el comienzo, te echa a un lado y te pone en su lista negra.

Teresa Dovalpage: ¡Tan buenas definiciones del teatro y la novela! Pero te confieso que lo que más me ha gustado de tu respuesta es la imagen de Natalia Herrera buscándose la pulguita…es una imagen puramente teatral… ¿Usas recursos teatrales en tu narrativa? ¿Algún truco del oficio que desees compartir?

Héctor Santiago: Del teatro yo uso en mi narrativa la importancia de que el lector vea como los personajes interactúan físicamente: cómo se miran, se tocan, se rehúyen, los silencios: lo que explica sus psicologías y la intensidad interna por la que están pasando. Como si fueran acotaciones, meto dentro de lo que ocurre lo que están pensando sobre ese momento, cómo lo ven, lo que escuchan, las asociaciones que algo les despierta –lo físico del medio ambiente, como un olor, colores, el agua–, y haciendo cosas que contradicen lo que se narra: creando una realidad narrativa y otra interior. Lo que te convierte en cómplice de la escritura, porque tienes que viajar de uno a otro plano –lo aprendí de Cantinflas, que se interrumpe para bifurcarse, divaga, y después lo retoma sacándole un sentido. También tipográficamente inserto el dialogo dentro de la narración, no concediéndole un espacio aparte cortándola. Es parte de mi esfuerzo porque no seas un lector pasivo sino mi co-autor.

Teresa Dovalpage: Todos podemos aprender algo de Cantinflas… ahí está el detalle. Y de todas tus obras, narrativa y teatro, ¿hay alguna que sea la preferida? Ya sé que esto es un poco como preguntarle a un padre que si prefiere a uno de sus hijos en particular, pero…

Héctor Santiago: Mi obra Balada de un verano en La Habana es mi favorita. Mi madre moría de cáncer, y nunca he querido renunciar a mi esencia de exiliado –porque aunque no crítico esa elección ética: para mí un exiliado no regresa, cuando aun están vigentes las condiciones y aun sustentan el poder los que le obligaron a abandonar su mundo. Pero es duro que te llame llorando tu madre suplicándote verte antes de morir: inicié los trámites por razones humanitarias y me negaron la visa –ya de por sí bastante humillante pisar mi tierra como un extranjero. Tardé mucho en reponerme, hasta que decidí simbólicamente regresar escribiendo esa obra: pasándole la cuenta a ese mundo, mis familiares, y amigos, que contribuyeron a que tuviera que huir si quería sobrevivir. Con esa obra analicé, juzgué a una época, desmenucé los mecanismos divisorios, y más que todo perdoné. Desde entonces miro hacia la Isla en paz, reflexivo, sin deseos de regresar: aunque no olvido.

De mi narrativa la favorita es mi recién novela publicada: La memoria del agua. Se estaba gestando cuando me detectaron cáncer y el tiempo se me acortó: la escribí con furia y urgencia, vaciándome, sin concesiones, bajo los horribles efectos de la quimo y la radiación. Es mi octava novela y la sentí lograda, por lo que me pagué su publicación, cosa que nunca quise hacer con las otras, pero tú sabes el camino: si no eres famoso, o no utilizas los trucos de los best sellers, las editoriales te ignoran, y las gavetas se te llenan de manuscritos. Además creí llegado el momento para que el lector me aceptara, o me pagara con el fracaso: ahí está a la espera de su juicio.

Teresa Dovalpage: Con respecto a Balada… de la que pueden ver un fragmento aquí  te comentaba que es mi obra preferida de teatro cubano, y cada vez que la enseño en una clase de teatro los alumnos, aún sabiendo poco de Cuba, se identifican inmediatamente con ella, con los personajes… “¡Coño, si lloviera hielo!” se convirtió en una frase emblemática de nuestra clase…también que estamos en el desierto. Sobre tu nueva novela, La memoria del agua (Aduana Vieja, 2012), ¡estoy ansiosa por leerla! En ella tratas de la identidad del “cubano americano,” o como bien se aclara, del “americano cubano.” ¿Qué te motivó a escribirla?

Héctor Santiago: Uno de los ataques que siempre nos hacen es por la nostalgia –entronizada sobre todo en Miami. Pero caminas por lugares de California y es como hacerlo por México, el Barrio newyorkyno es Puerto Rico, y el Chinatown de New York y San Francisco es estar en Pekín: en esos lugares U.S.A. es algo secundario. Lo que pasa es que nuestra nostalgia la critican politizándola por estar ligada al pasado, a lo perdido. No sé qué hacer ante los cubanos recién llegados, que descubren una comida tradicional, se extasían con Celia Cruz, o conocen la Historia que les fue censurada. Visité Coney Island y descubrí La Pequeña Odessa:

el mundo ruso que se han hecho los judíos exiliados soviéticos y después los rusos de todas las regiones –más que todo de San Petersburgo: una hermosa y culta ciudad, donde los comunistas no pudieron erradicar la herencia cultural zarista. Tienen un teatro donde ponen operas rusas, una pequeña compañía de ballet, una orquesta de cámara, traen artistas de Rusia, dos enormes cabarets, restaurantes deliciosos, enormes tiendas con productos rusos, libros, música, iglesias ortodoxas, el idioma primario es el ruso, y adoran a Tchaikovsky con el que me reencontré. No sólo me maravillé, sino que comprendí que el ghetto es esencial en el exilio o la diáspora. Los cubanos ya tienen hijos, nietos, biznietos, nacidos aquí, donde su primera mirada es la norteamericana, así que no es propio llamarlos cubanos americanos sino al revés. En la adolescencia para ellos Cuba es una cosa de viejos, un mito, algo lejano, inmersos en la cultura norteamericana dominante –aunque sus familias los obligan a mantener el idioma castellano. Pero qué interesante: madurando sienten que les falta algo, y allá se van de regreso a lo cubano, volviendo a disfrutar el picadillo y los frijoles negros, bebiendo café negrito, bailando salsa, y hablando en jerga criolla, en un proceso que repiten sus hijos: como la Gran Duquesa de Luxemburgo visitando con sus hijos la isla. De ellos, bastante ignorados como temática en la literatura de este lado –más centrada en la poderosa realidad de la isla, y ya yo partido también entre esas dos realidades–, quise ocuparme, y descubrir su largo viaje de negación, reencuentro, aceptación, y acomodo a los dos mundos tan distintos a que pertenecen.

Teresa Dovalpage: Tienes razón, tanto los que no conocimos esa parte de la historia de Cuba, y la encontramos por primera vez aquí, como los que la empiezan a conocer pasados los berrinches de la adolescencia, podemos disfrutar de ese descubrimiento, aunque tardío, de lo cubano. Volviendo a la novela, tiene el fondo musical de Tchaikovsky. ¿Escuchabas su música mientras la escribías? ¿Cuánto tiempo te tomó completarla?

Héctor Santiago: De adolescente siempre me atrajo su música, en especial la Sinfonía Patética, sin saber porqué, y por ende a su personaje principal –en la novela de manera detectivesca te enteras. Yo escribía con los audífonos puestos escuchando su vasta obra, y en mi buró me miraba su foto: muy eslavo y hermoso. Me tomó dos años la investigación: tuve que estudiar y oír su obra, releer a Pushkin y Chejov, la historia de la Rusa zarista y el periodo de Stalin, escuchar poemas en ruso, ver videos de San Petesburgo y Moscú, fotos de los lugares en la época donde los vivió el compositor, leer tratados de musicología, pedir libros a Europa, yo mismo hacer las traducciones del inglés al castellano y algunos pininos de mi francés de kindergarten con el diccionario al lado, e ir a ritos ortodoxos: fue agotador, pero no quería traicionarlo, y ser fiel a su biografía, su mundo. Cuando me sentí listo la escribí de un tirón en dos años, con sus correcciones y reescribiendo. Después halándonos los pelos con mi editor, respetando su guía profesional, y a la vez defendiendo con colmillos y garras mi voz propia. Pues aunque hablábamos castellano, el mío era “americano”, sin ser spanglish pero nutrido por 32 años newyorkynos, y hasta me pidió una pequeña nota para aclarar mis peculiaridades gramaticales. Fueron cuatro años tratando de abrirle un nuevo camino a la literatura del exilio, a la vez literatura norteamericana escrita en lengua extranjera –como hicieron Heredia, Cirilo Villaverde, Martí y otros.

Teresa Dovalpage: Cuando te digo que no me aguanto las ganas de leerla y disfrutar de ese español pasado por New York y por el tamiz de la música… ¿Y cuál es tu rutina para escribir? Digo, si es que tienes alguna…

Héctor Santiago: Como si estuviera loco los personajes me hablan, los temas me asaltan en cualquier sitio y momento –ando con papel y bolígrafo pues muchos los he olvidado. Si son en una época histórica: como Sor Juana Inés de la Cruz, la Condesa de Merlín, Gertrudis Gómez de Avellaneda, etc., estudio su obra y su época, después dejo que ese ajiaco se vaya cocinando mientras escribo otras –escribo distintas cosas y géneros a la vez–, a veces se demoran años. Un día: ¡Ahí está! Entonces como enajenado no lo suelto hasta terminarlo, otro reposo, a corregir, o reescribir: soy muy exigente. De día escribo teatro, artículos, narrativa, y a chorritos mis Memorias. Necesito la quietud y la oscuridad de la noche para la poesía –¡aunque Dios me libre llamarme poeta!

Teresa Dovalpage:  Pues a ver cuándo terminas esas Memorias… ¿Deseas compartir alguna experiencia o dar algún consejo a quienes empiezan en este camino largo tortuoso de la literatura y el teatro (dos senderos que se bifurcan)?

Héctor Santiago: Te dirán que ya no se lee, que no se va al teatro: pero todos venimos a este plano por un porqué, y escribir es tu misión existencial. Tu ayudas –y te ayudas–, a entender estos tiempos torcidos, y aunque no vas a cambiar nada, amplias la visión que tenemos de nosotros mismos, y nos hace más vastos como seres humanos. No te descorazones por los tropiezos: no siempre el reconocimiento llega cuando lo buscas. Si Boris Vian, Vincent van Gogh, y otros, no hubieran continuado contra el anonimato, hoy no tendríamos sus obras. Cuidado con la palabra “éxito”: Shakespeare fue olvidado y redescubierto en el Siglo XVIII, y Mozart años después de su muerte. Cree siempre en ti, contra todas las corrientes, y gustos, pero dejando humildemente un espacio para la duda –pues este es un aprender sin descanso. Dale tu obra a los compañeros del oficio y préstales atención, no te pongas bravo con los críticos, que son como el vino: buenos y malos –pero necesarios para una buena comida. Siempre hay alguien mejor que tú: aprende el porqué, recuérdalo, y así escaparás a las trampas del ego. Y tu  mejor obra es la que estás por escribir…

Teresa Dovalpage: ¡Excelentes consejos, Héctor, gracias! ¿En qué estás trabajando ahora?

Héctor Santiago: Terminé otra novela en corto tiempo, que me pidió un editor con un tema preciso: el amor gay, donde incursioné en apenas 200 páginas, queriendo escribir algo muy serio como una novela rosada escrita por Corín Tellado. Después escribí cinco monólogos para los actores de la Compañía Havanafama de Miami que es la que me monta. Estoy exhausto. Así que en vez de escribir reviso mis novelas sobre Juana la Loca, y la Condesa de Merlín, en espera de la oportunidad para publicármelas. Gracias por darme voz Tere. Te mando un beso a Taos.

Teresa Dovalpage: Gracias a ti por tus interesantísimas respuestas, Héctor. ¡Muchos éxitos con tu novela y obras teatrales!

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