Dicen que uno debe escribir sobre lo que conoce bien. Este consejo resuena particularmente bien en mi oído escritoril porque siempre me he considerado una autora realista. Así, sin adjetivos. Nada de realismo mágico ni sucio ni de ningún otro pelaje. Aunque en algunas ocasiones he jugado con la fantasía, como en El día que volví a ayer, siempre queda la duda de si todo se debe a la imaginación calenturienta de la protagonista.
Como contaba en otro postito, hasta ahora todas mis tramas se han desarrollado en La Habana. A veces he necesitado preguntar algunos detalles, porque hace treinta años que salí de la isla. Pero Cuba no ha cambiado tanto y, a fin de cuentas, en La Habana nací y me crié, y allí viven mi madre y muchas amistades.
Ah, pero hace varios meses empecé a escribir una nueva novela que ocurre en Galicia. Tiene su poco de autobiográfico, por supuesto, como casi todos mis libros. La narradora es profesora de español, solo que, en lugar de Hobbs, Nuevo México, vive en Los Ángeles, California, y enseña en un pre para muchachas, no en un college comunitario. La pobrecita pierde en un día güiro, calabaza y miel (léase trabajo, alojamiento y tranquilidad) y decide zumbarse a Galicia, la tierra de sus antepasados, adonde la llevan unas fotos rarísimas que acaba de recibir.
Pues, señor, mi protagonista toca tierra en Santiago de Compostela… y empiezan los bretes. Cuando escribí esos capítulos, nunca había estado allí, de modo que metí la pata hasta el cuello. Por ejemplo, el novio la va a recoger en un jeep, que estaciona muy panchamente delante del hotel en que ella se aloja, primero, y luego frente al restaurante adonde la lleva a cenar. Al llegar a Santiago descubrí que es casi imposible estacionar delante de los hoteles y que al restaurante elegido para la cena de enamorados ni siquiera se podía llegar en carro porque está en la zona antigua de la ciudad.

Por otro lado, no vi ni un solo jeep por allá. Así que ahora, además de reubicar estacionamientos, ando buscándole carro nuevo al novio, gallego por más señas.
Pero eso no fue todo. El disparate más garrafal tiene que ver con el mentado Faro de Finisterre. Esta era la escena que imaginaba, con la narradora y el novio acurrucados junto a él:
En realidad, este es el faro, situado en un edificio enorme… Tanto valdría acurrucarse junto al edificio del correo local:
Ya me van a preguntar si no consulté todo eso con ChatGPT, Gemini u otro sabihondo asistente de inteligencia artificial. Pues miren que sí. Pero no se me ocurrió hacerles las preguntas adecuadas (“¿Se puede estacionar delante del restaurante tal en Santiago?”). Lo que prueba que, si una no sabe qué preguntar, nadie —ni siquiera, o quizás especialmente, estos sabihondos internaúticos— puede darle la respuesta que necesita.
Ahora sigo escribiendo. Estoy transcribiendo entrevistas que le hice a Cristina, la guía que nos llevó, por la Academia Iria Flavia (la escelente escuela de idiomas donde tomé un curso sobre el que pronto escribiré), a visitar varios pueblos que están en el trayecto de Santiago al Cabo Finisterre. Cristina nos habló de las bateas, grandes plataformas flotantes donde se crían mejillones, ostras y vieiras en las costas de Galicia. Me pregunto si ese será el origen de la palabra batea tal como se usa en Cuba, un recipiente grande y ovalado para lavar la ropa…
Las bateas, las vieiras y hasta el botafumeiro de la Catedral aparecen ahora en la nueva novela: cosas que ni siquiera conocía cuando empecé a escribirla. Ojalá entren con mejor pie que el jeep inexistente y el pobre Faro de Finisterre, al que yo había convertido muy frescamente en escenario de película romántica clase B.



