Magellan publica Nouvelles de Cuba (Cuentos de Cuba)

nouvelles de cuba, portada

Acabado de salir de imprenta Nouvelles de Cuba (Cuentos de Cuba o Noticias de Cuba), en la colección Miniatures de las ediciones Magellan (París, 2016), estará dentro de poco en las librerías. Seis cuentos de seis autores cubanos: tres de la isla, tres de fuera (Francia, España y Estados Unidos), tres de cada sexo: Leonardo Padura, Iván de la NuezWilliam Navarrete / Wendy Guerra, Verónica Vega y Teresa Dovalpage.

Haga click aquí: Nouvelles de Cuba, Magellan, Paris, 2016

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1- Neuf nuits avec Violeta del Río – Leonardo Padura / trad. Elena Zayas

2- Tel est l’avenir – Iván de la Nuez / trad. André Gabastou

3- Danser avec l’ennemi – William Navarrete / trad. Marianne Millon

4- Le chasse-neige – Wendy Guerra / trad. Marianne Millon

5- De la rue Cárdenas on voit le Capitole – Verónica Vega / trad. Christilla Vasserot

6- Guaguancó trasatlantique à deux voix – Teresa Dovalpage / trad. Anne Casterman

Éditions Magellan's Profile Photo

 

 

Nouvelles de Cuba

Nouvelles de Cuba

GUERRA, WENDY , DOVALPAGE, TERESA , NAVARRETE, WILLIAM , DE LA NUEZ, IVAN ,PADURA, LEONARDO , VEGA, VERONICA

“Ils s’étaient échappés de la république bananière de San Pancracio. Originaires de ce territoire insignifiant placé sur la trajectoire des ouragans, ils étaient unis par un autre indicateur : ils n’avaient connu pour tout gouvernement que celui de la sinistre famille et, à son sommet, La Momie, qui, à cent ans révolus, avait enterré tous ses collaborateurs y compris leurs propres enfants.
La moitié des Pancraciens ou presque avait pris, par des voies diverses et secrètes, le chemin de l’exode. Cet exil n’était plus la pépinière militante qu’il avait été quelques décennies plus tôt, comme à l’époque où un beau jeune homme devenu une personne très âgée et encombrante était la figure de proue du marxisme dans le Tiers-Monde. Rien de tout cela ! Les Pancraciens qui s’étaient échappés cinquante ans après cette geste à demi effacée de la mémoire collective, détestaient secrètement La Momie, mais ils évitaient de la mentionner et de penser à elle. Ils allaient et venaient entre la république bananière et le pays où ils vivaient avec la même indifférence que pour se rendre à leur cours de gym ou chez l’esthéticienne du quartier. Si La Momie pouvait se vanter d’une chose, c’était que par fatigue, inertie voire autoprotection, ses crimes les plus abjects, son pouvoir hégémonique, la destruction d’un peuple et tout ce que son gouvernement interminable avait de malsain et néfaste, était tombé dans l’oubli.”

Résumé

L’histoire de l’île de Cuba est tumultueuse, conçue par tous les étrangers qui l’ont successivement envahie pour en faire leur « chose » et la ployer avec la force de leurs désirs. Elle n’a pas rompue, réinventant son identité aux rythmes entraînant de la musique métisse qu’elle a su installer pour elle-même dans les cœurs de ses habitants. Ce grand mélange des influences venues d’Europe, d’Afrique, d’Asie et du puissant voisin américain s’est solidement constitué sur les ruines autochtones, balayées par les violences de l’Histoire. Ce melting pot débarqué de l’extérieur s’est mué en une culture à part entière, aisément repérable, avec ses codes et ses douleurs, son charme et ses plaisirs. Elle aurait pu ne jamais advenir. Qu’on en juge !

Depuis le débarquement de Christophe Colomb qui s’imagine en Chine, autour de ces mers agitées, les pirates, les corsaires et tous les flibustiers s’en donnent à cœur joie. Le trafic maritime est tel qu’il laisse l’imagination et la cupidité des plus téméraires se débrider. Les cales des bateaux sont pleines, dans les deux sens. Un coup de chance peut rapporter gros. Le Jolly Roger, le pavillon noir orné d’une tête de mort, et L’Île au trésor (1883) de Robert Louis Stevenson sont nés dans ces parages, donnant encore d’autres couleurs au mythe cubain qui se constitue.

Après la colonisation espagnole, après la domination américaine, après la poigne de Fidel Castro, une identité cubaine s’est affirmée qui donne aux textes proposés ici une résonnance particulière, ancrée clairement dans la modernité du monde.

Cuento de Navidad (Posesas)

Fragmento de Posesas de La Habana (PurePlay Press, 2004)

Marcel cerró la puerta de la habitación y salimos juntos al pasillo de la posada. Sin hablar caminamos hasta el estacionamiento y nos montamos en su Lada, en silencio total. Pero cuando cogimos por la calle Veintitrés para abajo, como quien va hacia el Coppelia, se le soltó la lengua otra vez. Primero fue un chiste bobo, que si aquel fin de año había que decirle Happy Good Year en lugar de Happy New Year porque había conseguido gomas Good Year. Yo callada.

Y él que vuelve con la carga al machete. Por favor, mamita, sácate eso, no me sigas mortificando, por lo que más tú quieras. Mira, mañana vamos juntos a ver a un médico que es socio mío. Nos encontramos a las ocho y voy contigo al hospital, espero a que… tu sabes, te regreso a la casa. Después seguimos nuestra relación como antes. Si yo estoy loco por ti, Elsita. Si tú eres lo mejor que me ha pasado pero es que la vida, muchacha, la vida.

Y yo renuente. La vida sigue igual, Marcel. Después que aborte no me vuelves a mirar la cara, ya te conozco. Y él no te ofusques, cariño, y comprende mi situación. Llevo doce años casado y tengo una familia. No es fácil. Tú no te das cuenta porque estás joven, yo también a tu edad. Y yo a mi edad mierda, Marcel, no me vas a convencer. Mi hijo es tan familia tuya como los otros.  Si me hiciste un muchacho tienes que cargar con él y punto y aparte.

Y él con el tic nervioso alborotado, a cien guiñadas por minuto. En qué mundo tú vives, Elsa, las cosas no son así. Pues en el mundo en que yo vivo sí, oíste. Si me hundo yo, se hunde el mundo conmigo. Y Marcel de pronto encabronado, no te hagas la tremenda, chiquilla, que lo que tú eres es un bollo loco y te estás pasando de la raya. A mí no me vas a pescar con ese truco del hijo, para que te enteres. Estoy muy viejo ya para que me vengan a hacer cuentos de camino.

Y yo para el carro. Y él niña, estate quieta. Y yo que lo pares porque me tiro, coño. Que lo pares. Eres es un cínico, un hipócrita y un descarado. Y él frena justo en la esquina del cine Yara con un chirrido bestial de las gomas Good Year. Está bien, vete pal carajo, chica. Ah, y a ver lo que haces con el paquete ese porque tú dices que es mío pero quién sabe. Lo será o no lo será, que buena putica estás hecha tú.

Me bajé. Di media vuelta y me fui con mi barriga y su hijo adentro, y sus insultos y mi indignación. El Lada se sumergió en el chisporroteante tráfico nocturno de Veintitrés y se perdió de vista.

Y en ese momento me acordé de un poema de la Avellaneda. Lo que le pasa por la mente a una en momentos de angustia, Dios… No existe lazo ya: todo está roto, plúgole al cielo así: ¡bendito sea! Pero yo no podía echar bendiciones como la buena moza de la Tula. Yo no, yo me tenía que desquitar. Al día siguiente ardería Troya. Le contaría lo nuestro a todo el mundo. Si me botaban de la facultad, que me botaran. Amargo cáliz con placer agoto. Agotada me sentía ya, después de aquella conversación, de aquel mazazo. Pero a él lo botarían también, y cuidado no le quitaran hasta el carnet del partido, si se me antojaba decir que andaba sobornando a los carpeteros con moneda del enemigo. Eso, que agotara también su amargo cáliz, que lo metieran en la cárcel. Me imaginé a Marcel sin Lada ni guayabera, en una celda de castigo. Ah, qué dulce venganza. Mi alma reposa a fin: nada desea.

Me estremecí de frío y de miedo y procuré olvidarme de los versos de Tula y concentrarme en mi propia, apabullante realidad. Debía hablar con Yarlene. Consultarlo con ella, que me diera un consejo, que me acompañara si todavía estaba a tiempo para que me hicieran la interrupción. Me temblaban las piernas y pensé que iba a desmayarme otra vez. Un policía me miró con intenciones de pedirme el carnet de identidad, o así me pareció, y entonces recordé que lo había dejado en el apartamento, con la prisa. Lo que faltaría, pensé, que me confunda con una jinetera y me lleve detenida. Mejor me perdía de allí, que una mujer decente y joven no anda sola por la zona de los hoteles si no quiere que la confundan.

Dos turistas pasaron por mi lado envueltas en perfumes y vestidos flotantes, con un muchachito detrás susurrándoles chenchi chenchi. Y me sentí más mal vestida y más hedionda que nunca en mi vida. Desde el fondo de mis entrañas deseé ser otra, la que venía con dólares desde el país de la nieve, la no-cubana, la no-preñada, la que nunca fue amante de Marcel.

Camina que te camina, porque a aquella hora no había quién cogiera una guagua, vine a encontrarme delante de la iglesia del Carmen.

Yo nunca había entrado a un templo católico. No sabía rezar ni me interesaba aprender, pero me acordé otra de vez del  plúgole al cielo así: ¡bendito sea! y decidí pasar, aunque fuera sólo para sentarme en un banco y descansar los pies un rato.

Estábamos a mediados de diciembre y en el patio central habían puesto un árbol de Navidad; el primero que yo veía, sin contar los de las películas y las postales viejas. Era altísimo, esbelto, rutilante y vistoso, con estrellas y guirnaldas que le colgaban de las ramas salpicadas de nieve artificial. Rebosante de luces verdes, rojas y amarillas, y colmado de adornos de cristal.

Una música triste me entró por los oídos, una tonada que parecía nacer de aquel tronco resplandeciente. Pero no distinguía las palabras porque todavía me sonaban en la mente las punzantes y sucias de Marcel. A ver lo que haces con el paquete ese porque tú dices que es mío pero quién sabe. Yo quería escuchar la canción que contaba la historia de un niño y su tambor. Marcel tronaba que buena putica estás hecha tú y ahogaba al tamborero con su ropopón pon, ropopón pon. Al fin su voz se convirtió en murmullo rencoroso, perdiéndose otra vez por Veintitrés y Doce, por el camino que lleva a Belén baja hasta el valle que la nieve cubrió.

Me acerqué más al árbol que la nieve cubrió y me tapé los ojos con las manos. Nada mejor hay que te pueda ofrecer y me desleí en lágrimas. Su ronco acento es un canto de amor. Pero no era por mí que lloraba, ni por la pérdida de Marcel, de aquel Marcel del que yo había una vez estado enamorada, ni por mi hijo sin padre, sino por la nieve que nunca, lo supe en ese instante, nunca en mi aperreada vida llegaría a conocer. Ropopón pon, ropopón pon.

Cuando Dios me vio llorando ante él, se sonrió.

 

 

Vivir del cuento: recomendaciones para los autores freelance

Publicado originalmente en SubUrbano Magazine

—Teresita, espabílate, porque en este mundo no se viene a vivir del cuento —solía advertirme una vecina en Cuba, hace ya treinta años.

No sé si lo decía porque sabía que me gustaba escribir y quería protegerme contra el virus de la literatura o porque era una gran metiche, o por las dos razones. En todo caso, fue la primera, pero no la última persona que me dio a entender, de manera más o menos explícita, que vivir del cuento—entiéndase de la escritura—era en el mejor de los casos un sueño, y en el peor, una soberana idiotez.

Por si las moscas, que siempre es bueno precaver, decidí “espabilarme.” Tengo un doctorado en literatura que, aunque tampoco es una garantía de supervivencia, no me ha venido mal. En estos momentos trabajo como profesora en la Universidad de Nuevo México. Pero buena parte de mis ingresos vienen de la palabra escrita, ya sea en el campo de la ficción o por mi labor periodística.

Soy reportera del periódico de mi pueblo, Taos News, para el que además escribo dos columnas semanales, y colaboro con varias revistas (Modern Counsel, Spanish Executive, Profile, y otras). De mis once libros publicados recibo regalías—no muy abundantes, pero ayudan. De modo que, al revés a lo que creía mi vecina, sí es posible vivir del cuento en su acepción más amplia: de la palabra trasplantada al papel.

Aquí comparto algunas sugerencias para los que se interesen en llevarles la contraria a los pájaros mal agoreros que pululan por este mundo. No incluyo la literatura como tal porque eso es tema para otro artículo, sino que me concentro en la escritura por encargo, al estilo freelance.

  1. No tienes que saber de todo. Una de las preocupaciones más comunes de los aspirantes a articulistas es: ¿cómo puedo escribir sobre tal tema (sea automóviles, negocios, perfumes o contaminación ambiental) si no conozco nada sobre eso? Pues la respuesta es que no tienes que ser un experto, sólo necesitas hacerles las preguntas adecuadas a los entrevistados. Desde luego, debes hacer una búsqueda previa a la entrevista para tener una idea general del asunto y enfocar las preguntas.

Lo mejor del caso es que aprendes en el proceso. Yo he aprendido de todo: desde la cocina peruana en Miami, un apetitoso feature que hice sobre el Chef Diego Oka, de La Mar http://hispanicexecutive.com/2015/la-mar, hasta detalles interesantísimos sobre la empresa Coca Cola, en una entrevista con el vicepresidente de Asuntos Latinos Peter Villegas http://hispanicexecutive.com/2015/coca-cola.

  1. Si tienes conocimientos especiales, ¡aprovéchalos! Esta es la otra cara de la moneda. Aunque no es necesario ser un perito en cosmetología para escribir sobre Clinique, si tienes un área de especialización se te abrirán con más facilidad algunas puertas. Hay revistas dedicadas a la moda, la cocina, la mecánica, los deportes…Si tus conocimientos sobre uno de estos temas van más allá de lo superficial, no dudes en contactar a los editores para ofrecerles tus servicios. Es buena idea familiarizarse antes con el contenido de las revistas y tal vez enviarles un artículo de muestra para que vean lo que puedes hacer.
  2. Colabora con un periódico local. ¡A fin de cuentas, conoces el terreno! Recuerdo que el primer artículo que escribí para Taos News fue sobre Ledoux Street, que es por cierto muy pintoresca. Cuando me asignaron el reportaje, me puse tan nerviosa que estuve paseándome calle arriba y calle abajo durante más de una hora a ver qué se me ocurría. Este es otro caso donde conviene empezar de voluntario sobre todo si, como yo, no tienes experiencia profesional de periodista. Ya luego, si gusta tu estilo, es muy posible que te contraten de planta o de freelance.
  3. Busca dónde hay necesidad de contenido en Internet. Los ejemplos a los que me refería antes son de revistas o periódicos que se publican tanto en papel como en línea, pero si nos limitamos al mercado virtual hay mucho territorio inexplorado. Vivimos en la llamada “edad del contenido.” Existen millones de sitios en la red y todos necesitan ofrecer información nueva con suficiente frecuencia para que los internautas no pierdan la costumbre de visitarlos. Algunos pagan y otros no. Si nunca has publicado nada comienza como voluntario, pero la meta es llegar a ser colaborador pagado.
  4. Explora las opciones de ghostwriting y edición. Aunque nunca lo he hecho, y no me gusta recomendar algo de lo que no he tenido experiencia personal, tampoco me parece justo terminar sin dedicarle unas palabras a la escritura por encargo. Conozco “escritores fantasmas” a quienes les va súper bien. Básicamente, escriben para otros (en la mayoría de los casos autobiografías y libros de autoayuda, pero también ficción) o corrigen lo que otros han escrito sin que se les dé crédito oficial por su trabajo.

En fin, que hay muchas maneras de vivir del cuento: todo está en encontrarlas. Creo que fue Pitágoras quien dijo que el principio es la mitad de todas las cosas, así que empieza a buscar ya. ¡Buena suerte!

 

Neo Club LLC – Vista Larga Foundation

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NEO CLUB PRESS

Neo Club Press (NCP), filial de Neo Club LLC., es, como la denominación indica, un nuevo club o sociedad de interacción digital. El portal propone una nueva manera de entender el periodismo y el pensamiento en el ámbito hispano-digital. Enfocado fundamentalmente en la distribución de noticias, artículos, literatura, arte y productos audiovisuales, NCP sirve de caja de resonancia a la creación independiente y privilegia una política editorial que tiene muy en cuenta el periodismo interactivo de las redes sociales.

Neo Club Press promueve una filosofía inclusiva de pluralidad y apertura y apuesta por el flujo de la información sin filtros en el marco de este tercer milenio tecnológico. Somos la ciudadanía que se responsabiliza consigo misma en el nuevo mundo de la revolución digital.

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QUÉ ES EL FESTIVAL VISTA

El Festival VISTA, de arte y literatura independiente, se celebra con frecuencia bianual desde diciembre de 2014, con una amplia cobertura de prensa (periódicos, radio y televisión) y una fuerte presencia en Internet. Consiste en presentaciones de escritores y artistas en interacción con el público, pues no solo incluye lanzamientos de libros sino también conciertos, exposiciones y paneles de intercambio y promoción cultural. Escritores, artistas y figuras públicas de gran prestigio participan en cada edición atrayendo durante cuatro días la atención periodística y publicitaria en Miami, e incluso de medios de prensa de otros países.

Según sus coordinadores, VISTA “es un evento necesario para escritores y artistas que no tienen acceso a mecanismos de promoción institucionales en el exilio y fuera de sus países natales, o que son marginados (caso de Cuba), fundamentalmente aquellos que crean y producen de manera independiente. No obstante, se trata de un espacio inclusivo que celebra la diversidad y auspicia la interacción creativa”.

Escríbenos a vistafestival@gmail.com con tu propuesta. Tus donaciones serán deducibles de impuestos.

La Regenta en La Habana: El romance de una cougar literata

Fragmentos de la novela

La Regenta en La Habana: El romance de una cougar literata.

Disponible en Amazon (edición Kindle)

De un sueño dulce y profundo, poco frecuente en él, despertó Quintanar aquella mañana con más susto que solía, aturdido por el estridente repique de aquel estertor metálico, rápido y descompasado. Venció con gran trabajo la pereza, bostezó muchas veces, y al decidirse a saltar del lecho no lo hizo sin que el cuerpo encogido protestara del madrugón importuno. El sueño y la pereza le decían que parecía más temprano que otros días, que el despertador mentía como un deslenguado, que no debía de ser ni con mucho la hora que la esfera rezaba. Estuvo a punto de cerrar los ojos y volverse a acostar, pero la idea de que Frígilis llegaría a la huerta y tendría que esperar por él le aguijoneó la conciencia, despabilándolo.

Pero qué modorra aplastante, qué entumecimiento de miembros… Quintanar miró por la ventana; la escasa claridad, en la que apenas se distinguían los eucaliptos del jardín, confirmó su sospecha de que todavía no había amanecido. Sin embargo, no las tenía todas consigo. ¿Y si la penumbra se debía a las nubes, al mal tiempo o a la neblina invernal que velaba la cima del Corfín? No podía consultar el reloj de bolsillo, porque el día anterior al darle cuerda le había encontrado roto el muelle real. La única forma de salir de dudas era recurrir al reloj de péndulo que se hallaba junto a la estufa. Dejó escapar un suspiro y en bata y zapatillas se encaminó hacia el comedor, refunfuñando por el camino. “Cuando la desgracia entra por una casa…”

Al pasar frente a la habitación de Petra lo asaltó la tentación de despertar a la criada con cualquier pretexto, de sorprenderla en camisa de dormir o aún más desabrigada. El recuerdo de una liga roja que le había visto en varias ocasiones (una liga que descubriera luego en la cabaña de los marqueses, a saber cómo  había ido a parar allí) le dolió cual la quemadura de un cigarrillo. Eran celos, celos por causa de la liviandad de la rubia impúdica, y al mismo tiempo, deseos furiosos de solicitar los favores de aquélla, de hurgar en sus intimidades de mujer.

¿Por qué no entraba al cuarto? Nadie se enteraría. Y Petra no habría de resistirse, de eso estaba seguro. ¡Tantas noches se había presentado ante él a medio vestir, fingiendo un descuido inocente en que Quintanar no creía! Recordó con un estremecimiento las carnes blancas y fuertes de la doncella, mal cubiertas por una chambra vieja que le había regalado Ana. Pero era culpa suya, de Quintanar, el no llevar jamás a feliz término sus tímidos conatos de seducción. Solía quedarse a media miel, por falta de valor e incluso de deseos. Don Álvaro sostenía que el don de la constancia era imprescindible en esta clase de empresas. Y cuando el gallo vetustense, experto en la materia, lo decía…

El ex-regente dio unos pasos en dirección a la puerta y se asombró de encontrarla entornada. “Si me estará esperando…” pero la mente se le despejó de pronto. Recordó que el propio don Álvaro había despedido a la doncella el día anterior, a instancias suyas. Recordó también que Petra se había vuelto insoportable. En las últimas semanas había estado más respondona, holgazana e insolente que nunca. Quintanar no se atrevía a reprenderla y temía que en cualquier momento le revelase a su ama las tentativas de seducción de que había sido objeto, callándose, la muy taimada, sus desvergonzadas provocaciones, a las que él había resistido, durante años, como un casto José. Fue entonces que don Álvaro, siempre dispuesto a ayudar, se ofreció a ponerla de patitas en la calle para evitarle el mal rato a su amigo, y había cumplido su promesa. Petra ya no estaba en el caserón.

Aunque Quintanar se alegraba en el alma de verse libre de aquel testigo y semi-víctima de sus flaquezas no pudo evitar un brote de nostalgia. “Y pensar que habrán de transcurrir días, meses tal vez, antes de que me acostumbre a su ausencia. En el fondo yo la desprecio, claro. Esa chica es una scortum, como dice don Saturnino… Y yo sé lo que le debo a mi esposa, a la sociedad y a mí mismo, pero de todas formas… Podía haber llegado más lejos, de habérmelo propuesto.”

Se encogió de hombros, siguió andando y pasó de puntillas ante la alcoba de su mujer. Entonces advirtió la franja de luz que se filtraba por debajo de la puerta. Era una línea brillante que cortaba como un cuchillo la opacidad del corredor.

“¿Estará en vela la pobrecita?” la idea lo sobresaltó y lo puso de mal humor, como solía ocurrirle cada vez que se imaginaba una posible recaída de Ana en su padecimiento nervioso, o lo que fuese. Don Víctor odiaba con toda su alma esa dolencia misteriosa (él no entendía de nervios) que había mantenido a su mujer bajo la influencia deletérea del señor magistral y propiciado mil extravagancias. La última, aquella procesión del Viernes Santo en que la Regenta recorriera las calles de Vetusta descalza y en hábito del Carmen, casi del brazo de su confesor…

Gracias a Dios ya aquello había acabado. El misticismo, los ataques de nervios, las visitas constantes a la Catedral y la presencia del magistral en la casa eran agua pasada. Don Robustiano, el médico de la nobleza, le había dicho que la salud de la Regenta estaba asegurada después de los baños de mar y que doña Ana se encontraba “como un roble,” física y psicológicamente. No obstante, Quintanar seguía intranquilo. Aquella luz encendida le molestaba, sin que pudiera comprender por qué. Se dirigió a la puerta y trató de abrirla, pero el cerrojo estaba corrido por dentro. Entonces tocó en la madera con los nudillos:

—Hija, ¿no duermes?

Al escucharlo, Ana y Álvaro dieron un salto al unísono sobre el lecho desordenado. La Regenta se abrazó a su amante.

—¡Jesús mil veces! Lo que yo me temía…

—Calla, tonta —musitó don Álvaro, no menos asustado, pero tratando de mantener la calma—. No te asustes. Si sospechara algo no llamaría así. Levántate y ve a abrirle.

—¿Y tú?

—Me esconderé debajo de la cama.

—¿Estás loco?

—Es la única salida. Anda, ve.

Don Álvaro se agazapó y se introdujo a gatas bajo el lecho, estremeciéndose al contacto con la piel de tigre que le servía de alfombra a la Regenta. Se comparó con un animal perseguido hasta su cubil y, por asociación de ideas, recordó la puntería de don Víctor, que tenía fama de gran cazador. Si lo sorprendía allí, le asistía todo el derecho de matarlo a sangre fría. Antiguo magistrado, Quintanar sabría que aquél sería considerado un crimen pasional y digno de disculpa… ¿Y cómo podría él defenderse? Mesía guardaba un puñalito cincelado entre sus ropas, pero no se atrevía a salir de su escondite para buscarlo. Hecho un ovillo, con el espinazo pegado al bastidor, el tenorio vetustense procuró serenarse. Lo más probable era que don Víctor tuviera dolor de cabeza, o insomnio, o simplemente ganas de charlar. El viejo confiaba a ojos cerrados en su mujer. Nada sucedería. Y respiró profundamente. Aquella situación le traía a la memoria las aventuras locas de su juventud. Cuántos, cuántos años debía retroceder en la historia de sus amores para encontrarse huyendo, a cuatro patas y desnudo, de un marido celoso… ¡Cómo se reirían Paquito Vegallana, Joaquín Ordaz y los demás trasnochadores del Casino cuando oyeran el cuento!

A pesar del lado cómico del lance, Mesía no podía evitar la aprensión que había hecho presa en él. Si don Víctor lo descubría por casualidad y corría a buscar su escopeta… (En ese caso, él tendría la oportunidad de lanzarse por el balcón, se consoló, y escapar aunque fuese en cueros vivos.) Pero si ya sabía algo y venía armado, listo para limpiar su honor…  Don Álvaro se acordó de una conversación que sostuviera con Quintanar varios meses atrás, en el teatro. Con motivo de la representación de Don Juan Tenorio, el ex-regente había aludido a la posibilidad —hipótesis absurda, la había llamado— de que su mujer le faltase. A ella había amenazado con darle una sangría suelta. “Y en cuanto al cómplice,” había dicho, “lo traspasaba; sí, prefiero esto; la pistola es del drama moderno, es prosaica; de modo que le mataría con arma blanca.”  Don Álvaro empezó a sudar frío, creyendo sentir el filo de una espada en los omóplatos. Aquella misma espada de gavilanes en el puño, que Quintanar guardaba en su despacho… Cerró los ojos y se encogió todavía más. No había nada qué hacer. Sólo le quedaba confiar en la habilidad de Ana Ozores y en la candidez de su víctima.

 

 

 

 

 

Luz Estela Macías: por amor a la literatura

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Entrevista  con la bibliotecaria, escritora y promotora cultural Luz Estela Macías

Luz Estela Macías es uno de esos luceros que brillan con luz propia en el cielo nublado de los mil “cogollitos” literarios. Autora  ella misma de dos colecciones de cuentos (The Steps: Stories from Heaven and Inferno, publicada en 2000, Giant the Giraffe, publicada en 2010, y the Phantom in the Mirror, en 2004, y de una obra de teatro, esta colombiana de origen, graduada de dos maestrías, una en Educación (New York) y otra en Bibliotecología (Florida), se dedica a promover la obra de otros escritores. Y de gratis.

Además, es bibliotecaria en Broward, Florida. Es un honor entrevistar a alguien que hace este tipo de trabajo por puro amor a la literatura.

Teresa Dovalpage: ¿Cuáles son tus dos libros favoritos?

Luz Estela Macías: El hombre sin atributos, de Robert Musil; y El bosque de la noche, de Djuna Barnes.

Teresa Dovalpage: ¿Cómo decidiste convertirte en promotora cultural?

Luz Estela Macías: Participando en tertulias a través de los años, comprobando cómo muchos talentos marginales, con cosas interesantes que decir en una obra consistente, son ignorados y hasta silenciados por las grandes editoriales. Carecen de la habilidad para mercadearse y merecen que alguien los promueva.

Teresa Dovalpage: Y es lo que tú haces, como paciente y buena hada madrina. Pero además, trabajas a tiempo completo. ¿Cómo compaginas esta labor con tu trabajo de bibliotecaria?

Luz Estela Macías: Son labores que se complementan. Promuevo y recomiendo la literatura infantil (sin dejar fuera la de adultos) entre las diversas comunidades de la biblioteca usando mi capacidad de jefa del departamento juvenil mientras que a través de los medios de comunicación digital estoy atenta a todo lo que se relaciona con diversos autores.

Teresa Dovalpage: En ese sentido, ¿qué haces para promover a los autores a quienes representas?

Luz Estela Macías: A través de Internet mando comunicados de prensa sobre escritores que ameritan ser leídos y que por no comprometerse con el juego comercial de las editoriales hacen su trabajo casi en las tinieblas; tal es el caso de Jesús I. Callejas que tiene una obra consistente la cual merece atención. Muchos de ellos no me permiten enviar su trabajo a certámenes literarios (el caso de Jesús; ejemplo) por su escepticismo ante la dudosa calidad de los mismos.

Teresa Dovalpage: Sin dudas, la obra de Jesús Callejas merece atención. ¿Qué consejos darías a los autores que comienzan  y que busquen promocionar su obra?

Luz Estela Macías: Ante todo que lean los clásicos,  fuente del conocimiento. Hay muy poco interés en la lectura de los maestros, quienes han pavimentado el camino que hoy recorremos y que por siglos han demostrado su vigencia.

Teresa Dovalpage: Muchas gracias por esta entrevista y felicidades por tu dedicación a la literatura.

Invito a los lectores a visitar las páginas de Luz Estela para que conozcan más sobre su obra

http://www.bookrix.com/-luzemacias/
https://plus.google.com/u/0/112618394823003852866/posts