Vikinga en su iceberg

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Una historia para el Día de los Muertos

Mary, la madre de mi amiga Alice, tenía un cáncer del tamaño del capitolio nacional. Le había hecho metástasis hacía más de un año, pero ella no se daba por vencida. Cada vez probaba un tratamiento distinto: quimioterapia por aquí, radiaciones por allá, corta este cacho, serrucha el otro. La vieja era fuerte y resistía. Yo la admiraba, la verdad. Con setenta años y su cáncer a cuestas se subió a uno de los globos del Balloon Fiesta de Albuquerque y pasó una hora por allá arriba, mirando a la ciudad bajo la respiración dragonil del aparato. Por las tardes se iba a caminar por las Montañas Sandías. Y la última vez que un médico le mencionó la posibilidad de ir a un hospicio lo mandó, con todas sus letras, al carajo.

Dura de pelar la señora. Tenía las piernas flaquísimas, se había quedado sin pelo, los brazos los llevaba amoratados por los pinchazos de la quimio igual que una yonqui, pero no la oí quejarse ni una sola vez. Y aprendí a respetarla. Ya yo sabía algo de su historia: a los cuarenta y pico se divorció de un marido depresivo, que terminó suicidándose años después. Se puso a estudiar enfermería y terminó de criar sola a los seis hijos. Nunca entendió el suicidio de su ex. “A mí me gusta mucho la vida,” decía. Y yo miraba aquellos bracitos de niña anémica y me preguntaba por qué. Pero la vieja iba a lo suyo.

Alice no hacía más que jorobarle la paciencia. Era de esas recién convertidas que se despepitan por salvar al mundo y pasaba el día entero jodiendo a la madre con su eterno conviértete, acepta a Jesús, acuérdate que te vas a morir. Una matraquilla constante. Una tarde a la vieja se le subió el Mar del Norte a la cabeza (había nacido en Copenhagen) y le contestó:

–Tú también te vas a morir, atrevida, y si te descuidas antes que yo. No me friegues más con la religión porque te voy a dar un gaznatón que te vas a acordar hasta de la hora en que naciste.

Bueno, pues ni que la boca la tuviera santa. Un mes después Alice tuvo un accidente en la Interestatal 66 y le fue a hacer compañía a la divinidad de sus monsergas, mientras la vieja se quedaba aquí dando guerra unos meses más y fumando como una chimenea, por cierto. Le gustaban los Salem. Yo me había hecho amiga suya y a cada rato la acompañaba al hospital.

Al fin quien la convenció para que aceptara lo inevitable fue un médico jovencito, que podía haber sido su nieto. Ella jamás de los jamases le decía doctor. Hola, Bill, le soltaba cuando entraba a la consulta. ¿Ya encontraste una novia? ¿Todavía? Oye, ¿no serás del otro lado? El Bill, que en efecto, era del otro lado y seis cuadras más allá, le seguía la corriente y le aguantaba sus impertinencias.

Pero cuando Mary se encaprichó en probar con un tipo de quimioterapia experimental, que tenía fama de reventarles las arterias a quienes la usaban, el doctorcito la paró en seco:

–Mary, imagínate que estás en el Titanic –le dijo el pichón de médico–. Se está hundiendo el barco, ya no queda ni un bote salvavidas y tú estás preocupada por arreglar las sillas de la cubierta. ¿No te parece que es tiempo de sentarte a fumar un buen tabaco, disfrutar de la puesta del sol y dejarte ir?

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Ella se quedó callada un rato, digiriendo la metáfora. Le costó un poco, pero al fin lo logró.

–Entendido, hijo.

Regresó a su casa en silencio –normalmente hablaba más que una cotorra cuando salíamos del hospital– y cuando llegó, lo primero que hizo fue agarrar el teléfono y cancelar todas las sesiones de quimioterapia que le quedaban. Se dejó crecer el pelo y, muy presumida, se lo tiñó de castaño oscuro en cuanto le empezó a salir. Por espacio de seis meses se dedicó a fumarse sus tabacos (literales y metafóricos) y a paladear la vida hasta las heces.

–Ahora entiendo por qué se forma tanto brete con la reencarnación –me dijo un par de días antes de darle la patada a la lata–. Hay momentos en que una sólo quiere acostarse a descansar y hasta llama a la muerte. Pero cuando ésta le acerca el morro frío, una recuerda cuántas cosas se le han quedado por hacer. Entonces desearía tener de nuevo quince años, aunque deba pasar de nuevo por el acné, la inhabilidad del primer beso, el examen de conducir y todas las cosas que en su tiempo parecieron insoportables. Yo vuelvo, si me dan el chance.

Se murió en su cama, tranquila. Yo había visto antes a una parturienta y me sorprendí de la semejanza en las expresiones. Cuando empezó a agonizar, Mary respiró profundo seis u ocho veces. Parecía inhalar con todo el cuerpo. Luego miró a los hijos, a los que le quedaban, digo, reunidos al lado de la cama y murmuró algo sobre las olas del Pacífico Y así se fue, calmadamente, vikinga en su iceberg.

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Madre Pilar Antibón: los años del rezo

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En La Habana de los ochenta, acudir a la Iglesia (católica o de cualquier otro tipo) no era precisamente bien mirado por las autoridades. No se consideraba “politically correct,” vamos.

Desde luego, los creyentes más valerosos declaraban su fe en voz alta. Otros la cuchicheaban. Yo, que de mártir no tengo madera, prefería reservármela…y pedía a Dios y a todos los santos que a nadie se le ocurriera interrogarme sobre el particular. Con disimulo acudía los domingos a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, la de Reina, pero mi preferida era la capilla del Convento del Servicio Doméstico, como se conocía a la casa de las Religiosas de María Inmaculada, allá en El Cerro. Una capillita preciosa, con un jardín que, teniendo en cuenta las proporciones de nuestros patios habaneros, pasaba por un parque.

Y allá llegó la Madre Pilar Antibón, en marzo de 1984, como superiora de las Hijas de María Inmaculada. La Hermana Antonia, la Hermana Pelagia y un par de muchachas fuimos a recibirla al aeropuerto de La Habana. Nunca olvidaré la impresión que me causó esa religiosa alta y sonriente, de maneras suaves y firmes. Lo primero que dijo fue que no quería ser llamada Madre sino Hermana, como el resto de la congregación. “Todas somos hermanas,” anunció. No sé si las religiosas la obedecerían, pero a mí siempre me gustó más llamarla Madre.

Algo que no saben muchas de mis amistades actuales es que en un momento dado pensé en ser religiosa. Sí, yo misma, no pongan esas caras. Acudí a retiros vocacionales y todo, a finales de los ochenta. Muchas veces, en esos momentos en que uno se cuestiona el camino que no tomó, me viene a la mente una imagen con toca y hábito. Tal vez sería tan feliz como ahora. O tal vez no.

La entrevista

Cordobesa de nacimiento, la Madre Pilar no tardó en descubrir que hay mucho en común entre andaluces y cubanos…y no es sólo el hecho que nos comamos la mitad de las letras del alfabeto al hablar. Veintitrés años de su vida pasó en Cuba, catorce de ellos en La Habana, seis en Las Tunas y tres en Cienfuegos. Su objetivo principal, como superiora y hermana, fue el trabajo pastoral en la formación de jóvenes y adultos.

Ahora la Madre Pilar ha regresado a España donde vive en Buitrago del Lozoya, un pueblo encantador situado a setenta y cinco kilómetros de Madrid. Pero ella no ha olvidado sus años cubanos y accedió amablemente a esta entrevista.

TD: ¿Cómo fueron sus primeros pasos en la vida religiosa?

MP: Me eduqué en el Colegio de las Religiosas Escolapias y mi primera idea al recibir la llamada del Señor fue ingresar en esa Congregación. Pero después conocí la obra de las sirvientas fundada por Santa Vicenta María y vi claro que el Señor me llamaba a ser Religiosa de María Inmaculada. Entré en la Congregación el 15 de mayo de 1955.

TD: Si le pidieran escoger un momento particular de su estancia cubana que recordaría siempre, ¿cuál sería éste y por qué?

MP: Recuerdo como un momento muy especial, la visita del Papa Juan Pablo II. Creo que para todo el pueblo cubano, igual que para mí, fueron unos días inolvidables. También recuerdo los días que se celebró el E N E C, Encuentro Nacional Eclesial Cubano. Fueron días hermosos, en los que aprendí a conocer y amar más a la Iglesia de Cuba. Otro acontecimiento que recuerdo fue la venida a Cuba de las Hermanas Misioneras con la Beata Madre Teresa de Calcuta, a quien tuvimos el honor de hospedar en nuestra casa del Cerro.

TD: Una frase que se decía (bueno, y se dice) con frecuencia en la isla es “no es fácil.” Ya es un lugar común que las dificultades de todo orden son parte inseparable de la vida cotidiana en Cuba. Por su trabajo pastoral, que la ponía en contacto continuo con la gente de a pie, usted conoció de estas dificultades y probablemente experimentó algunas de ellas en carne propia. ¿Cómo ayudaban a paliar las Hijas de María Inmaculada estas necesidades?

MP: Hubo un momento difícil que fue el llamado “periodo especial”. Nosotras procuramos ayudar a todo el que acudía a nosotras, sobre todo en alimentos, ropa y medicamentos, según nuestras posibilidades.

TD: Madre, ahora me acuerdo de aquellos bolsos de leche en polvo y de las bandejas de picadillo que repartían…los regalos de fin de año que se daban en el teatro, todos de cosas útiles. También de la ropa que llegaba de donaciones. A mí me tocó una vez un pantalón a rayas azules y blancas que me quedaba pintado… Curiosamente, los momentos más álgidos del “período especial” fueron también testigos de una mayor asistencia de fieles a las iglesias. ¿Cómo se las arreglaban las hermanas para llevar la palabra de Dios a todo ese rebaño que les entró súbitamente por las puertas?

MP: En La Habana, en nuestra hermosa Iglesia, atendíamos espiritualmente a todo el que venía sin exclusión de personas. Las Hermanas daban la Catequesis por grupos, tanto a los adultos, como a jóvenes, adolescentes y niños; también ahora se sigue esta hermosa tarea porque forma parte de nuestro Carisma congregacional.

TD: El futuro de la Iglesia, tanto cubana como universal, descansa en la continuidad de vocaciones. ¿Cómo valora usted el estado de las vocaciones, tanto femeninas como masculinas, en la Iglesia Católica cubana?

MP: Hoy hay lo que llamamos crisis vocacional. Siempre hay jóvenes que, llamadas por Dios, piden ingresar en la Vida Religiosa y en el sacerdocio, pero no tantas como se necesitan.

TD: Háblenos específicamente de la Congregación. ¿Con cuántas religiosas cubanas cuentan actualmente?

MP: De las religiosas que tenemos en nuestras cuatro casas de Cuba, siete son cubanas. Pero hay otras Hermanas cubanas que no están en Cuba actualmente.

TD: “Las chicas han triunfado” declaró la fundadora Vicente María al decidir que la misión fundamental de su congregación sería la acogida y formación de las jóvenes que dejaban sus casas para ir a trabajar en las ciudades. En Cuba, por razones ya conocidas, no les es permitido a las Hermanas dedicarse a labores educativas y el convento del Cerro ha sido convertido en asilo de ancianas. Sin embargo, la presencia de “las chicas” ha sido una constante en las casas de la congregación. ¿Cómo se las han arreglado para seguir los dictados de su fundadora en su misión cubana?

MP: Nuestras Casas siempre están abiertas, como dije anteriormente, para ayudar a quien nos necesita. Así hemos podido dar acogida y hemos ayudado a las jóvenes que nos han necesitado. El Carisma se lleva en el corazón y cuando se desea hacer el bien, cumpliendo el Mandato del Señor, de amarse unos a otros, no hay nada insuperable.

 

TD: Entre los cientos, o quizás miles de cubanos que usted conoció durante su estancia en la isla, ¿a cuál calificaría de personaje inolvidable y por qué?

MP: Podría nombrar muchas personas inolvidables, yo diría que para mí es inolvidable todo el pueblo cubano. Pero le doy un nombre con el que creo estarán de acuerdo muchos cubanos: es el Padre José Manuel Miyares S. J. Explicar por qué, creo no es necesario sobre todo para los que lo conocieron, tanto como persona, como sacerdote y amigo de todos.

¡Gracias, Madre Pilar, por tan lindas palabras! Ojalá que esta entrevista traiga a todos los que la conocieron el amable recuerdo de su persona…

 

 

El Difunto Fidel

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Primera sesión

Fragmento de la novela El Difunto Fidel (Renacimiento, 2011)

Por supuesto que acepto hablar con usted, señora. Encantado de la vida. Es decir, encantado de la muerte. A mí se me quedaron un burujón de cosas por decir y le agradezco, cómo que no, le agradezco que me dé la oportunidad de desahogarme. Además, hablando quizás se aclaren algunos puntos oscuros de mi existencia terrenal que me siguen mortificando hasta en el más acá.

Tampoco tengo mucho qué hacer. Aquí uno se lo pasa más aburrido que una ostra en conserva, y para colmo rodeado de espíritus que no hablan ni español. Me tocaron de compañeros de viaje astral un montón de gringos malhumorados, acabados de salir del hospicio, y todavía no he tropezado con ningún compatriota. Hasta el momento, la cosa ha sido de English only, estilo Arizona. Le ronca el merequetén.

Sí, soy Philip Carballo, más conocido por Fidel… en otra encarnación. Es decir, en la misma técnicamente, pero como las dos mitades de mi vida fueron tan distintas creo que puedo decir que nací Fidel en La Habana y reencarné como Philip aquí en Miami. Soy (perdón, fui, es que todavía no me acostumbro a hablar de mí en pretérito) el dueño de una oficina de bienes raíces situada en el downtown, Carballo Properties. ¿Le suena? Claro, seguro que ha visto alguna vez mi anuncio en El Nuevo Herald: “Carballo Properties, donde la casa de sus sueños es el sueño de nuestros corredores.” Original, ¿no cree? Se me ocurrió a mí.

Y ya usted conoció a Dalila, mi mujer. Bueno, bueno, mi viuda. Da la impresión de ser una esposa a la antigua, sumisa y calladita. Pero no se confíe, Encarnación. Ahí donde usted la ve, con su cara de que no rompe un plato, le entran unos ataques súbitos de malhumor en los que, si la dejan, vira el mundo al revés. Tiene obsesión con las telenovelas y con su gato Fluff —ella le dice Flo porque nunca aprendió a pronunciar el inglés, la pobre. No diré que haya sido una mala mujer o una madre desmadre, pero tiene sus conchas.

A mi hija mayor, que nació en Cuba hace veintiséis años, le pusimos Katia porque todo lo ruso estaba de moda entonces. Eran los tiempos de tovarich para aquí y camarada para allá y de cantar La Internacional hasta en la ducha. Pero cuando llegamos a Miami se transformó en Kathy. Me odia, o al menos daba la impresión de odiarme, simplemente porque me tocó en suerte ser su padre. (Dios mío, qué daño nos hizo Freud.) Tiene una bebé de dos años concebida por producción independiente. Vaya, con aire y una jeringuilla, ya sabe usted cómo son esos inventos modernos. Yo, desde luego, prefiero el método tradicional…

 

La manzana de mis recuerdos

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Imagen tomada de Cubanet

Acabo de leer en Martí Noticias que la Manzana de Gómez se destinará a un hotel de cinco estrellas. Curiosamente, en lugar de contratar obreros cubanos, se han ido a buscarlos a la India y a África, según el artículo.

Se pregunta con razón el articulista si en Cuba no hay suficientes obreros calificados como para tener que importarlos del otro lado del Atlántico. En fin.

La Manzana, para los no enterados, es un bloque de cuatro cuadras ubicado en la intercepción de las calles Zulueta, Monserrate, Neptuno y San Rafael, frente al Parque Central.

Yo guardo un recuerdo especial del lugar donde transcurrieron muchos días de mi adolescencia. Desde mediados de los años setenta hasta que se retiró, mi madre fue directora técnica de una farmacia (llamada, por supuesto, La Manzana) situada entre una tienda que estaba casi siempre vacía y un portón que se abría a un lobby cavernoso, desde donde podía tomarse un elevador de esos estilo jaula, antiquísimo, que parecía salido de una novela gótica.

Recuerdo una pecera enorme, que jamás se limpiaba, colocada al frente de la farmacia, que daba a los portales con piso de mármol. Tenían las iniciales del dueño original, Gómez Mena, entrelazadas en forma de anagrama en cada cuadra.  Los recuerdo también, a los portales, bastante cochambrosos.

Más tarde estudié los tres años de Escuela Secundaria en la José Antonio Echeverría, que quedaba en los altos del edificio. La puerta por la que entrábamos era la que se abría al Parque Central y allí había otro elevador chirriante, que solía quedarse trabado en el segundo piso.

En el tercero, donde estaba la secundaria, había recovecos imposibles en los pasillos polvorientos, escalerillas que llevaban a pasajes tapiados en los entresuelos y cuartitos misteriosos que no se abrían jamás. El ambiente un poco fantasmagórico del lugar me inspiró un cuento, El día que volví a ayer, donde no todo es imaginación.

Ahora me cuentan que toda el área de los portales se ha convertido en una “galería” de tiendas en las que se vende ropa, golosinas y otros artículos en pesos convertibles (CUC). Me pregunto, cuando el lugar finalmente se convierta en hotel bajo las capaces manos de los trabajadores indios y africanos, si los huéspedes se darán de narices con algún ectoplasma en sus pasillos, quizá ya limpios y alfombrados, pero todavía olorosos a ayer.

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Imagen tomada de Panoramio

La novela olvidada del socialismo cubano

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Protagonistas del realismo socialista cubano en los años sesenta

Publicada originalmente en Sub Urbano Magazine

El principio de la década del setenta, cuando Manuel Cofiño publica La última mujer y el próximo combate (1971), es una época de trabajo y escasez para los cubanos, pero también de relativa esperanza en un gobierno que sólo llevaba doce años en el poder y había prometido una reestructuración completa de la sociedad.

Pese al descalabro económico sufrido después de la malograda Zafra de los Diez Millones en 1970, que no llegó a producir diez millones de toneladas de azúcar, como se esperaba, sino apenas ocho, y que consumió los no muy abundantes recursos del país, parte de la población cubana aún confiaba en el cambio que prometía un régimen que había llegado al poder por las armas en 1959.

Fidel Castro, alzado a fines de los cincuenta en la Sierra Maestra y con la ayuda de grupos guerrilleros localizados en diferentes zonas del país, fundamentalmente montañosas, y focos revolucionarios en La Habana, Santiago de Cuba y otras ciudades principales, tomó el poder el primero de enero de 1959. En pocos años llevó a cabo la nacionalización de todos los negocios privados y extranjeros y eliminó los casinos, así como la lotería y demás juegos de azar. Emprendió una política radical de reforma agraria encaminada a la colectivización total de la tierra. Prohibió la existencia de partidos políticos, excepto el comunista y limitó la posibilidad de abandonar el país legalmente para los que deseaban hacerlo.

Grupos de oposición interna surgieron como respuesta a estas medidas. Los nuevos alzados buscaron refugio en las mismas montañas del Escambray que habían servido de refugio a los guerrilleros que ahora detentaban el poder. Por otro lado, cubanos de todas las clases sociales abandonaron el país mientras fue posible hacerlo sin trabas. (La mayoría se estableció en Estados Unidos.) También surgieron grupos de resistencia en las ciudades.

La respuesta del gobierno cubano fue una operación conocida como “limpia del Escambray,” encaminada a la destrucción de los grupos insurgentes en las montañas, y el recrudecimiento de la vigilancia en las áreas urbanas. Esta última estrategia se basó en la labor de organismos como los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), que cuadra por cuadra mantienen incluso hoy día un registro de cada familia y los antecedentes políticos de la misma. A su vez, los CDR cuentan con un Comité de Vigilancia y Protección interno, cuya misión es fichar a las familias consideradas desafectas al gobierno y mantenerse al tanto de sus actividades.

En cuanto a la política cultural, el nuevo gobierno procuró atraerse el apoyo de los intelectuales, tanto cubanos como extranjeros.

El autor y su tiempo

Manuel Cofiño, miembro de Casa de las Américas y publicado por la editorial de esta organización, formó parte del grupo de escritores que consagraron su pluma y su carrera al realismo socialista, como un medio de elevar la conciencia social de las masas, pintando las ventajas de las acciones de la revolución sobre las de los gobiernos anteriores.

La trama de La última mujer y el próximo combate (Casa de las Américas, 1971, y Premio de Novela ese año) tiene lugar en un momento en que aún no se ha perdido la memoria de los primeros alzados, pero la presencia de los segundos sigue siendo fuerte en las áreas rurales. En la obra se trata de probar, de una manera bastante simplista en ocasiones, la diferencia entre los alzados “buenos,” los que habían luchado contra Batista, entre quienes se encuentra Bruno, el héroe, y los “malos,” como Siaco y Cueto, que se rebelan contra el gobierno de Castro.

La novela

La última mujer y el próximo combate es esencialmente una novela sobre la revolución y los hombres que la construyen, lo que se apunta desde el título. La “última mujer” a la que se alude es a la que el héroe posee antes de entrar en combate. Aunque la mujer aparezca en el título, no es la protagonista. Sin embargo, dos personajes femeninos, Mercedes y Nati, juegan un importante papel en la trama.

En toda la obra de Cofiño, La última mujer… es particularmente interesante porque no se enfoca en la vida habanera, como es el caso de la mayoría de sus novelas (Cuando la sangre se parece al fuego, Amor a sombra y sol y su colección de cuentos El anzuelo dorado, entre otras) sino en una remota área rural. La acción ocurre en una región pinera de la isla, en un plan forestal dedicado a la siembra de pinos y majaguas. Allí existe también un grupo de alzados que conspira contra el gobierno.

La acción comienza cuando Bruno, antiguo alzado durante la lucha contra Batista y ahora dirigente revolucionario, viaja desde La Habana hasta el vivero Las Deseadas, uno de los que componen el plan forestal. Su misión es corregir ciertas irregularidades que se han detectado en el funcionamiento del plan. Lo ayudarán Sergio, Jorge y otros dirigentes locales.

Las “irregularidades” resultan ser peores de lo que Bruno se esperaba. Éste descubre que Milé, el antiguo director del plan, comerciaba en el mercado negro con la ropa de los trabajadores, les cobraba por llevarlos al médico y había vendido tierras sin autorización del estado.

“Los buenos y los malos”

Desde el principio de la obra se sugiere que la actitud del primer director ha contribuido a la presencia de un foco de alzados “malos.” Milé, al dar con su actitud una imagen negativa de la revolución, se ha enajenado la buena voluntad de los campesinos, que no confían en los habaneros recién llegados y buscan otras soluciones. Sin embargo, Bruno se propone modificar todo esto y demostrar a los campesinos que el nuevo sistema no los defraudará.

Entretanto, en el pueblo se habla de un ser casi mítico, un guerrillero conocido como Pedro el Buldocero, o el Buldoceador, alzado “bueno” durante la lucha contra Batista. Uno de los personajes dice de él: “Por aquí hace falta Pedro el Buldoceador para que meta las cosas en cintura” (27). Así, se presenta a este guerrillero como el único capaz de arreglar la caótica situación del plan. Y llega Bruno.

Como primera medida, Bruno manda poner presos al antiguo director del plan y a sus colaboradores. Toma a su cargo deshacer los entuertos dejados por su antecesor. A poco de llegar, conoce a una campesina joven, Mercedes, trabajadora de vanguardia que se enamora platónicamente de él. No queda claro si hay correspondencia por parte del héroe, a quien no parece quedarle mucho tiempo para romances.

En cuanto a las tierras vendidas ilegalmente, Bruno resuelve el problema convenciendo a los campesinos que las ocupan para que se integren a un nuevo tipo de asociación: el microplán, que es una realmente cooperativa.

Milé, el primer director del plan, había abusado de su cargo, explotando a los campesinos y “desviando” los recursos. Ahora le corresponde a Bruno poner orden en la comunidad. Sin embargo, Bruno, abogado de profesión, no tiene los conocimientos necesarios para dirigir un plan de esta índole. Llama en su ayuda a Sergio, un técnico forestal educado en la antigua Unión Soviética (interesante dato sobre los lazos cada vez más fuertes entre los dos países) así como a los campesinos más antiguos de la zona y que muestran decidida simpatía por el gobierno, como Clemente.

Aquí vale señalar que la obra funciona también como un medio de mostrar las ventajas de las cooperativas sobre el antiguo sistema de tenencia de tierras por particulares. Durante la década de los 70, varias series televisivas y radiales (la radio novela Polvo rojo, de Dora Alonso, y la telenovela La peña del león entre otras) abordaron el mismo tema, siempre con iguales conclusiones: lo mejor que podían hacer los campesinos cubanos era integrarse al sistema de propiedad comunal.

Mientras Bruno trata de convencer a los campesinos sobre las ventajas de la cooperativa, un grupo de oposición al gobierno hace campaña contra él y la idea de los microplanes. Lo forman Siaco, antiguo gallero, y otro campesino llamado Cueto, a las órdenes de un agente de la CIA que se ha ocultado en las montañas.

“Las buenas y las malas”

Siaco es amante de Nati, con quien engaña a su mujer, Claudia, un personaje femenino opaco y sin mucho relieve (la típica campesina sumisa a su consorte). A su vez, Nati, ex prostituta, vive con Clemente, trabajador de vanguardia, que no sospecha nada del engaño.

Nati es “una mujer que deslumbraba a los hombres y de la que se decían cosas” (164). Hace poco me decía un amigo cubano: “los muchachos de nuestra generación tuvimos nuestras primeras masturbaciones con las novelas de Cofiño, a falta de Playboy. Nati era la porn star.” Se le describe como una mujer extremadamente hermosa y con un atractivo irresistible (incluso Bruno, a su pesar, se interesa brevemente por ella).

Por el contrario, la menos atractiva pero más esforzada Mercedes (trabajadora de vanguardia) se pinta como un modelo de la “nueva mujer cubana.” Da la impresión de Bruno podría llegar a querer a la muchacha no por su apariencia física, sino por su constante dedicación al trabajo. ¡Este es quizá uno de los aspectos menos “realistas” de una novela representativa del realismo socialista!

Bruno lleva la luz eléctrica al poblado, distribuye ropas a los campesinos y promete otras mejoras para el futuro. Algunos campesinos que tienen propiedad de sus tierras, como Clemente, se integran voluntariamente a la cooperativa.

Siaco, Cueto y Bebe planean matar a Bruno y luego irse, con Nati, en una lancha a Estados Unidos. Pero son descubiertos. Siaco y Bebe mueren en un encuentro a tiros con Bruno y éste cae herido y muere también en el hospital, junto a Mercedes. Ahí se descubre que Bruno y Pedro el Buldocero son la misma persona, lo que convierte a éste en símbolo del revolucionario mártir, parte fundamental de la “hagiografía revolucionaría” que florecería en los próximos años. Incluso se insinúa la aparición de Fidel Castro en el funeral.

Mientras ocurre la batalla entre Bruno y sus enemigos, Nati busca desesperadamente a Siaco. Al no encontrarlo, se oculta en una casita escondida entre la maleza y comienza a quitarse la ropa, sin que se explique la razón. La casa se desploma de pronto, dejando a Nati desnuda a la vista de los campesinos que perseguían a su amante. Así termina la novela.

Aunque ostensiblemente no se critica a Nati por su pasado, la “impureza” del mismo la condena al cabo, impidiéndole participar en la construcción de la nueva sociedad.

En la próxima entrega se analizará la figura de Nati con más detalle, así como su influencia en la novelística cubana de años posteriores.

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Manuel Cofiño

El autor atrapado en las redes sociales

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Diálogo no socrático con una estudiante millennial

Este artículo fue publicado originalmente en Aurora Boreal

Iba a comenzar este escrito desbarrando contra las redes sociales. ¿A poco no nos han quitado lectores, no se pasa la gente el tiempo que podría usar leyendo entretenida en juegos de videos, leyendo chistes insulsos y (¡horror!) cazando pokemones? Y nosotros mismos, los escritores ¿no perdemos infinidad de horas preciosas averiguando lo que hacen personas a las que no conocemos, ni pensamos conocer en la vida real, en Facebook?

Pero la observación de una estudiante (una millennial, desde luego, de la generación que cumplió el primer año de vida con un SmartPhone en la mano en lugar de un sonajero) me aseguró que las redes no estaban matando de consunción a la literatura.

—La gente sigue leyendo —me dijo—. Nosotros, por ejemplo. Sólo que lo hacemos de forma diferente.

—Sí, a ver qué leen ustedes —le contesté, sulfurada—. Los mensajitos de Twitter que no pueden pasar de 140 caracteres. ¡Vaya, son una enciclopedia!

—No profe. Leemos libros en el iPad o en la tableta. Novelas completas. Y lo mejor del caso es que las leemos gratis.

Me quedé de una pieza.

—¿Cómo qué gratis? —le pregunté.

—¿Se acuerda cuando nos asignó los Episodios Nacionales de Galdós? Los duendes de la camarilla, por ejemplo, estaban a treinta dólares en Amazon, y una edición viejísima a la que incluso le faltaban páginas. Pero nosotros encontramos en un sitio en la red, https://freeditorial.com/es y allí hay un montonal de libros que se pueden leer sin pagar un centavo.

Puesta a husmear en el sitio, descubrí que tenían un concurso de cuentos cuyo resultado no lo decidía un juez, o un jurado, sino la cantidad de descargas que recibiera la historia.

—¿Por qué no se anima a participar con un cuentito suyo? —me azuzó la estudiante del brete.

—Hija, si yo gracias que conteste emails, ¿cómo voy a convencer a la gente para que descargue mi cuento?

No agregué que en mi país, Cuba, una “descarga” significa una perorata aburrida.

—No se achicopale y súbalo, que usted no sabe a dónde van a parar las semillas que se tiran a la red.

Con ese símil la millennial me convenció. Decidí concursar con “Guaguancó trasatlántico a dos voces,” que había aparecido por primera vez en francés en marzo pasado, en la antología Nouvelles de Cuba, publicada por la editorial Magellan. Y desde entonces lo he estado promoviendo cómo me ha dado a entender mi modestísimo entendimiento de las redes sociales. Si lo leen (está en este enlace) y les interesa saber el final de la historia, los invito a que le echen una ojeada a “La suerte del polizón.”

Pero volviendo a las redes ¿es cierto que ahora se lee en Cloud, la famosa Nube donde se pueden almacenar más páginas que en la Biblioteca del Congreso?

Según una encuesta de Gallup, citada en un artículo de Alexis Madrigal publicado en The Atlantic (“The Next Time Someone Says the Internet Killed Reading Books, Show Them This Chart”), la gente curiosamente, parece leer más.

“En 1957, ni siquiera un cuarto de la población americana leía un libro o novela,” escribe Madrigal. “Para 2005, la cantidad había aumentado a 47 porciento. No puedo encontrar un número más reciente, pero creo que es justo decir que la lectura no ha bajado a los noveles horríficos de los años cincuenta.”.

Bueno, vamos a admitir que la gente lee. Pero ¿cómo llegamos los escritores a esa audiencia elusiva, a esos millones de lectores que se ocultan detrás de las pantallas?

—Por medio de Facebook, Twitter, los blogs… —me dijo la millennial—. ¡Si es facilísimo! Mire, antes, ustedes dependían totalmente de la publicidad que hiciera, o que no hiciera, su editor.

—Bueno, eso sí es verdad —admití—. Y eran más las veces que no la hacía.

—Ahora usted publica un libro. Digamos que lo saca en Kindle con Amazon. Pues ni falta que le hace que un editor. Una vez que el libro sale, abre una página de Facebook, contrata un community manager para que la ayude…

—Espera, espera —la interrumpí—. ¿Qué quieres decir con eso de community manager?

—Ah, disculpe, es que no sé decirlo en español. Son los que se dedican a promocionar los libros de las personas como usted, vaya, de cierta edad…

—¿Me estás diciendo vieja, atrevida?

—No, no profe…lo que quise decir es que, vamos, que ustedes como viven para escribir no tienen mucho tiempo para andar promoviendo sus libros y ahí es donde nosotros podemos ayudar, tuiteando, emalieando, faiesbuseando, blogeando … ¿entiende?

Aquella lista de anglicismos gerundios me dejó turulata, pero me he decidido a seguir adelante. Algo he tuiteado y algo he mandado por email (no mucho, para que los amigos no me bloqueen por impertinente), algo he puesto en Facebook también…Aquí me tienen, gracias a la generosidad de Aurora Boreal, compartiendo mis experiencias virtuales con ustedes.

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La suerte del polizón

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Originalmente publicado en la Sección “Puro Cuento” de Aurora Boreal

Mi hermana Yamila, después de la desgracia, andaba más mustia que nomeolvides en invierno. La desgracia, para los no enterados, fue que un querindango que tuvo, al que llamaban Peter Estrella, se le perdió en el mar. Un querindango de repetición, por cierto, porque fue su marinovio en La Habana y luego ella lo recogió cuando se lo volvió a encontrar, todo tirado y harapiento, por las calles de Barcelona.

El hombre no hallaba acomodo en España y su sueño era venir a los Estados Unidos a ver si triunfaba como cantante. Por hacerle el favor, entre Yamila y yo lo metimos en un trasatlántico, el North Star, de polizón y disfrazado de mujer. Pero al llegar a Miami cambió de idea y no se bajó con nosotras. Nada, que nunca más se supo de él. De Peter Estrella, digo, no del North Star.

Ahora, si ustedes han leído la historia, será la versión de la Te, y ya sabrán cómo exageran, cambian y enmarañan las cosas los novelistas. En su viaje de vuelta a Europa, el trasatlántico estuvo perdido dos días—¡no dos semanas como escribió la susodicha! — y al fin encalló en las Islas Azores, adonde lo había llevado una ola gigante de esas que a cada rato se desencadenan en el Atlántico como Fantomas submarino.

Todos los pasajeros aparecieron sanos y salvos, menos el Estrella. Pero considerando que había entrado al barco sin documentos, lo más natural era que nadie lo tomase en cuenta cuando desembarcaron en las islas. El caso es que nunca más volvió a escribirle a mi hermana ni a reportarse. Y Yamila, la pobre, no fue la misma después de aquel frustrado intento. Cualquiera diría que había perdido al Hombre de Su Vida, como le gustaba a ella decir, así con mayúscula, en lugar de un piojo pegado, un tipo al que no se le paraba la picha ni tocándole el himno nacional. Esto según mi hermana, porque yo no me metí a averiguar si la picha se remontaba o no.

El caso es que la gran pazguata, con la pasión de ánimo que le cayó encima, dejó a su marido catalán, el Carles, que era un verdadero pan con ojos, hombre más bueno que ni mandado a hacer con instrucciones específicas. Por culpa de la depresión, Yamila perdió su trabajo en Barcelona y vino a refugiarse a Miami, cosa que no me extraña porque Miami es el destino de todos los cubanos en este país. Hasta yo misma, después de pasar media vida en Chicago, mimetizada entre la nieve y con las nalgas congeladas por la corriente de los Grandes Lagos, he venido a recalar aquí.

A poco de llegar, mi hermana se buscó un trabajito por la izquierda. Pero cuando se enteró de que existía el welfare, enseguida se avivó y lo solicitó. Entre la platita que le daba el papá gobierno, y lo que le pasaba su ex de Barcelona (miren si era decente el tipo) iba tirando, pero no había manera de que olvidara sus amores con el Estrella.

Yamila se acostaba llorando y se levantaba meando lágrimas y aquello no podía seguir así. Traté de que se pasara las tardes cerca del mar, mirando el rayo verde, que dicen que es bueno para los nervios, pero por esos días salió en el periódico que un tiburón había atacado a unos bañistas en medio de Miami Beach y se había merendado a dos. Al oír eso le dio otro ataquito a mi hermana del alma y no quiso portarse más por la playa, espantada con los dientudos.

Ahí fue cuando intervine yo. Primero la llevé a un psicólogo, un tipo calvo y rechoncho con cara de ser primo hermano de Freud, pero no resultó la cosa. El hombre hablaba a medias español con un acento ácido y Yamila no logró conectar con él.

—Hija, se le ocurrió preguntarme cuál era la persona, viva o muerta, con quién me gustaría tener una cita —me contó—. Mira qué sandez. Le iba a contestar que el coño de su madre, pero me contuve por respeto, y le dije que William Levy. Se quedó meditabundo como si no le hubiera dicho la fantasía más natural de cualquier adolescente de Hialeah…

—Tú no eres una adolescente —me vi obligada a recordarle—. Mira que William Levy casi puede ser tu hijo. Y sin casi. Podías haberle dicho que Alain Delon.

No tuvo mejor suerte con un taller de sanación al que una amiga la llevó a rastras, donde una tropa de cristianos renacidos le impusieron las manos y oraron fervorosamente por ella en inglés y otras lenguas vivas y muertas.

—Pal carajo con tanto manoseo, cuando salí de allí fui directo a darme una ducha —rezongó muy malagradecida.

Pero la depresión no se le quitaba. Días hubo de no salir de su cama, de pasarlos gimoteando y sin probar más que un vasito de café con leche que se preparaba a tres tirones en la cocina. Por si esto fuera poco, se quejaba de unas migrañas que le desclavaban la tapa del cráneo, unos dolores que se le colaban hasta las entretelas de los huesos.

El Valium que le recetó una doctora no servía más que para ponerla a dormir, pero apenas se despertaba volvía la cabeza a estallarle como si se le plantaran una bota encima. Así que yo, en mi papel de hermana mayor, de responsable y resuelve problemas que siempre he sido, opté por un remedio heroico: la curación espiritual.

Encarnación Raynier de los Rosales es médium escribiente, oyente y vidente y como tal se anuncia en los clasificados del Nuevo Herald. Su lema es: “el cliente pone la fe; los santos ponen la solución.” Además, es propietaria de Las olas de Yemayá, una botánica situada en pleno corazón de la Calle Ocho.

Allá llegamos una buena mañana de agosto. Mi hermana iba encogida sobre sí misma como un camarón disecado, con un pañuelo sobre los ojos y cara de carnero a medio morir.

La médium estaba detrás del mostrador, sacudiendo unos budas plásticos y una virgen de Regla de tamaño natural porque la señora es muy ecléctica; lo mismo le entra a la santería cubana que al budismo zen que al Nuevo Pensamiento—que ya es más viejo que el andar a pie. Negociante hasta la médula, eso sí, pero una lumbrera en lo suyo: un par de veces que me consulté con ella me dijo cosas de mi pasado que nadie más sabía y me anunció un porvenir que se ha estado cumpliendo de a poquitos.

Encarnación vino enseguida a saludarme porque es esos buenos comerciantes que se acuerdan de sus clientes con nombre y apellidos, y me estampó dos besos en la cara. Olía a colonia Maja. Le presenté a mi hermana y le dije que estaba allí para que le hiciera una consulta y le limpiara las avenidas del espíritu.

Encarnación no nos dejó ni empezar a contar la historia. Se volvió hacia Yarmila y le dijo, con los ojos despavoridos:
—Mi corazón, ¡lo que tú tienes atrás es mucho con demasiado!

Mi hermana se estremeció y comenzó a tartamudear:

—¿Us… usted cree, se…señora?

—No creo, sino que lo estoy viendo —contestó Encarnación con toda la seguridad del mundo saliéndosele por las pupilas—. Es un hombre: macho, varón y masculino porque le veo sus vergüenzas por debajo del pantaloncito ripiado que lleva, pero con una peluca rubia que le cae hasta la cintura y los labios pintados de rojo escándalo. ¿Te dice algo esa figura?

—¡El Estrella! —exclamamos Yamila y yo a la vez.

—Entonces ¿está muerto? —pregunté, para zanjar la cuestión de una vez—. Fíjese bien, Encarnación, porque si vamos a creer las noticias, en el encallamiento del North Star no se perdieron vidas.

Mi hermana empezó a temblar como si le hubieran entrado calenturas.

—Cállate, por favor —me pidió en vos baja.

—Yo no sé nada del North Star ni de encanallamientos —respondió Encarnación, confundiendo los términos no sé si adrede o por casualidad—. Lo que veo es un hombre disfrazado de cabaretera que está furiosísimo con ésta —señaló a Yamila—. Los tirones de pelo astral que le da no son de juego.

—¡Eso es lo que me está causando las migrañas! —gritó Yarmila.

—Sí, a veces estas cosas tienen repercusión en el plano físico —asintió Encarnación—. Pero hijas, qué malos modales tiene ese tipo, qué rabia acumulada, por Dios. Ahora me enseña el dedo del medio y me ha dicho tal grosería que no la puedo repetir. ¡Ay, te está apretando la garganta! Si pudiera te ahogaba, eh.

Yamila se protegió instintivamente el cuello con las manos y miró a todos lados, como si quisiera distinguir a su asaltante invisible.

—¿Y usted podría hacer algo para ayudarme? —le preguntó a Encarnación.

—Claro, nena, para eso me han dado poderes mis espíritus protectores. Mira, para empezar, te voy a santiguar con unas gotas de Siete Potencia y Espanta Muerto —y diciendo y haciendo, roció a mi hermana con un líquido amarillo que venía en una botellita plástica—. Además, vamos a rogarle al Arcángel Miguel para que te proteja con su espada, a San Germán para que chamusque a tu enemigo con el Fuego Violeta y a la virgen de Fátima para que te emburuje con su manto. ¡Siacará, evohé, espíritu santo, orishas, amén Jesús!

A mí aquella ensalada de religiones no acababa de convencerme, pero Encarnación había dado pruebas fehacientes de su mediunidad. La verdad, señores, es que no había forma humana de que aquella mujer supiera que el Estrella se había pasado el viaje disfrazado con todo y su pelucón rubio.

Luego siguió un ceremonial que, por no dejar fuera a nadie, incluyó una danza azteca y una invocación a la Pachamama. Yo no dije ni pío y me quedé muy quietecita en mi rincón, guardándome las opiniones que no me habían pedido.

Encarnación acabó sudada y despeluzada luego de haber bregado con quién sabe qué entidades oscuras, y yo con doscientos dólares de menos, cargados a mi tarjeta VISA porque los exorcismos no son gratis en este país. Pero si Yamila se curaba lo daba por bien empleado. Salimos de allí con un surtido de polvos espanta espíritus, lociones abre caminos, azabaches contra el mal de ojo y otra porción de amuletos antidiablos que nos endilgó Encarnación.

—¿Ya te sientes mejor? —le pregunté a Yamila cuando llegamos a su casa.

Mi hermana no había abierto la boca desde que salimos de Las olas de Yemayá.

—Algo más aliviada —me contestó con un hilo de voz—. Fíjate que el dolor de cabeza se me quitado como por encanto.

—Sin el “como.” El encanto es el negocio de Encarnación.,

—Dios la bendiga. Gracias por llevarme, mi hermana.

—De nada, chica. Pero coño, mira que este mundo está lleno de malagradecidos.  Ni los espíritus se salvan.

Yamila no dijo nada y se mordió los labios.

—Después que ayudaste al tipo ese y que lo trajimos aquí para que empezara una nueva vida…después de todo eso, ¡mira que pasarse la muerte fastidiándote! —exclamé—. Vaya, parece que sí murió en el North Star cuando encalló allá en las Azores, pero ¿qué culpa tienes tú de eso? ¿Acaso no fue idea suya el regresar a Barcelona? ¿Por qué no se quedó en Miami como acordamos al principio?

—Es que…Peter Estrella no volvió a Barcelona —murmuró mi hermana.

—¿Cómo que no volvió? La última vez que lo vimos, cuando estábamos tratando de ayudarlo a inventar una mentira que convenciera a los oficiales de inmigración, nos dijo que “ya había cocinado un plan mejor”. ¿No te acuerdas? Y nunca bajó a tierra. Porque si lo hubiera hecho, nos habríamos enterado ¿no? Un cubano que solicita asilo desde un trasatlántico no es cosa de todos los días, lo habrían sacado en el periódico…

—Peter no solicitó asilo —me interrumpió Yamila— pero tampoco regresó a Europa.

—¿Qué sabes tú, mujer?

Mi hermana abrió la botella de Siete Potencias que le habíamos comprado a Encarnación y comenzó a rociarse manos, cuello y rostro con una poción que olía entre agua de violetas y ron peleón. Luego empezó a contar, desenredando la madeja de sus recuerdos como un ovillo de hilo oscuro y pegajoso que se le iba quedando entre los dientes mientras hablaba:

“Aquella mañana, la última que pasamos en el barco, después que Peter nos dijo que no iba a bajarse con nosotras, tú te quedaste en la cabina y yo salí con el pretexto de desayunar algo antes de desembarcar. En realidad, salí a buscarlo. Lo encontré en la tercera cubierta del barco, paseándose muy tranquilo, con un vestido minifalda y las cejas depiladas como toda una señoronga. No había nadie más por allí. Casi todos los pasajeros estaban arreglando sus equipajes.

—¿Por qué me has hecho semejante mierda? —lo enfrenté.

—¿Qué mierda? —trató de hacerse el bobo.

—Entiendo que ya no estés interesado en mí —le dije—. La verdad, tú tampoco me importas tanto. Yo feliz de la vida de dejarte aquí y que te las compongas como puedas. Y si te da la gana de regresar a España, es asunto tuyo también. Pero al menos podrías haberte ahorrado la grosería conmigo y con mi hermana y ser un poco agradecido, ¿no?

Se encogió de hombros y me soltó un rabazo con la peluca rubia, un golpe que me dio en la mejilla. Para más insulto, empezó a cantar “En paz” con voz enronquecida y a ritmo de guaguancó:

—Vida, nada te debo, vida estamos en paz —hizo una pausa y me guiñó los ojos con burla—. “Vida” eres tú, para que lleves carta.

Se volvió de espaldas a mí. Y no pude aguantarme. A pesar de que había comido como un cerdúpeto, matándose las tres varas de hambre que traía cuando se embarcó en Barcelona, el Estrella era todavía un tipo flaco, con más piel que músculo y más pelo (postizo) que masa corporal. Lo agarré por las piernas y con toda la furia que llevaba encima lo lancé de cabeza al mar.

Se hundió enseguida. Supongo que se dio de cabeza contra las piedras del fondo, porque ya estábamos en la bahía y no estaba profunda el agua, así que bien habría podido salir a flote y nadar hasta la orilla. Pero nada, le llegó su hora. Los tiburones, que dicen que ahora están atrevidísimos, se ocuparon del resto.”

Yo me había quedado petrificada. El olor del menjunje que Yamila había esparcido en el aire llenaba el ambiente y se me metía por la nariz, me bajaba basta los pulmones y me subía de nuevo hasta el cerebro, llenándolo de niebla.

—Entonces ¿tú…? —murmuré.

—Sí, yo misma —se miró los dedos, que tenía cruzados como en rezo sobre la botella de Siete Potencias— con estas manos que se va a tragar la tierra, igual que a él se lo tragó el mar.

 

Para leer la historia que antecede a este cuente, haga click aquí

http://freeditorial.com/es/books/guaguanco-trasatlantico-a-dos-voces