Segunda Parte
Viví en San Diego desde 1996 hasta 2002, año en que mi primer esposo, Hugh, y yo nos mudamos a Albuquerque para que yo estudiara un doctorado en la Universidad de Nuevo México.
Recuerdo los tiempos de San Diego con mucho cariño—Balboa Park, la bahía, el distrito de Hillcrest con sus tienditas encantadoras, el Pacífico hermoso, aunque demasiado helado para invitar a darse un chapuzón…. Si tuviera que elegir un hometown americano, sin dudas sería esta ciudad.
Aquí estoy, en una BBQ, no recuerdo en casa de quién, en 1996 o 97. ¡Ah, el coldwave que me hice a poco de llegar! Parecía un poodle mojado, pero en aquel momento me sentía muy chic.
Pasando las hojas de vida como las páginas de un almanaque antiguo, me encuentro en 2012 en Taos, con mi segundo marido, Gary —Hugh había fallecido en 2007. Ya asentada en el pueblito que sería nuestro hogar por nueve años, descubrí que Applewhite había vivido allí a principios de los setenta y que fue propietario de una delicatessen en la Plaza.
Algunos vecinos recordaban que este señor se había marchado para cumplir “una misión” que no les quiso revelar. Por las fechas, calculo que sería poco antes de conocer a Bonnie Nettles.
En 2012 yo trabajaba en un diario local, The Taos News, y se me ocurrió escribir un reportaje sobre la influencia que su breve estadía en Nuevo México pudo haber tenido en Applewhite. Leí el abundante material bibliográfico que existe acerca de la organización en sus distintas etapas, especialmente artículos del sociólogo Robert Balch, que se infiltró en la misma durante sus inicios. Visité y tomé notas del sitio en la red www.heavensgate.com, que se mantiene activo hasta el día de hoy.
Vi documentales sobre Heaven’s Gate y otros filmados por los propios miembros, incluyendo sus mensajes de despedida y la “última llamada” de Applewhite, aún disponibles en YouTube. Entrevisté a familiares de los suicidas y a antiguos miembros del grupo, que accedieron a hablar bajo promesa de anonimato. Uno de ellos, que lo había abandonado a finales de los ochenta, me aseguró que los mejores años de su vida habían transcurrido mientras formaba parte de “la tripulación”. Me proporcionó abundantes detalles sobre las prácticas diarias y la dinámica interior del culto.
Aunque mi idea inicial había sido escribir una crónica, me di cuenta de la dificultad de transformar todo aquel material en algo diferente a lo que ya había sido analizado hasta la saciedad por sicólogos, sociólogos y periodistas. Poco a poco, y casi a pesar mío, el manuscrito tomó la forma de una novela.
Una vez en el campo de la ficción cambié las biografías de los personajes, aunque conservé muchos elementos reales tomados de las entrevistas y de las fuentes consultadas. Modifiqué también ligeramente la ortografía de los nombres para facilitar su lectura en español. La novela permanece inédita, pues nunca me he sentido con la suficiente confianza en lo que resultó como para dársela a leer a nadie.
¿Habrá llegado el momento de hacerlo? No lo sé…
El manuscrito tiene unas doscientas y tantas páginas. He agregado mucho de mi invención, respetando, sin embargo, la filosofía y los principios básicos de Heaven’s Gate. Sobre todo, he tratado de comprender, con la ayuda del tiempo y la distancia, qué puede llevar a un grupo de seres humanos a abandonar este mundo y el cuerpo en que han nacido, a pesar de que, según las evidencias más sólidas, no hay otros de repuesto.


