Reseña y blurbs
Hoy andaba feliz (ya saben, como una lombriz) con las blurbs recibidas, que aparecerán pronto en las promociones de The Novel Detective, y una reseña de Publishers Weekly que me puso colorada de satisfacción:
Con personajes entrañables, un secreto que intriga y una ambientación vívida, esta obra consolida la reputación de Dovalpage como autora confiable de novela negra de calidad. El entretenimiento para los lectores está asegurado.
Me gustó especialmente la descripción de los personajes como “entrañables”. Pues algo que traté (además de escribir una novela entretenida, claro) fue recuperar la inocencia de aquellos años, tanto de Teresita como de sus compañeros de clase. No se trata de la mentada euforia retrospectiva, del cualquier tiempo pasado fue mejor. Creo que la adolescencia no es el mejor momento para casi nadie; es época de inseguridades, de búsquedas, de andar un poco a tropezones…Pero sí disfruté de ese viaje en el tiempo, que me permitió de cierta manera reescribir la historia, dentro de los límites de una trama de ficción.
La Manzana por dentro
Cuando pienso en La Manzana por dentro, lo primero que me viene a la mente es el elevador y Lázaro, el ascensorista, a quien describo como lo recuerdo:
“un viejo alto y flaco, buena gente, que dejaba montar a Teresita pues Mercedes le había explicado que los pies planos de su hija le impedían subir escaleras, más aún con la bolsa tejida repleta de libracos que pesaba más que un matrimonio mal llevado. Irma se quejaba de semejante preferencia y decían que todo aquello eran blandenguerías y ganas de sobreproteger a la chiquilla, pero Mercedes se pasaba sus opiniones por el arco de triunfo.”
Los pies planos y el tratamiento preferencial eran ciertos; la maestra rezongona igual.
Fantasías
¿Y qué pensaba Teresita (la persona, no el personaje) al subir cada día por aquel ascensor? Cuando intento meterme ahora en su cabeza, mi cabeza de entonces, encuentro un batiburrillo tremendo. Fui una adolescente nerviosa y de imaginación desorbitada; se me ocurrían un montón de cosas (cosas extravagantes, como hubiera dicho Topeo), pero me faltaba el valor para llevarlas a cabo.
Menos mal.
Se me ocurría, por ejemplo, entrar a escondidas a la biblioteca de la secundaria y robarme algún libro. Incluso había delineado perfectamente el plan: cómo distraería a la bibliotecaria, cómo ocultaría el libro en cuestión en mi bolsa tejida y cómo saldría de la biblioteca con el aire más inocente del mundo.
Lo curioso del caso era que no había necesidad de robarse ningún libro: bastaba con pedirlo prestado y yo tenía carnet de la biblioteca desde el séptimo grado. La bibliotecaria me apreciaba, quizás porque yo era una de las pocas estudiantes que frecuentaban sus dominios, y me habría renovado el préstamo por el tiempo que hiciera falta. Pero, de alguna manera, el figurarme como ladrona de libros me hacía sentir audaz, especial.
Otra de mis fantasías, a la que le dediqué el cuento El día que volví a ayer, incluía a Quique, nuestro profesor de marxismo. Igual que la protagonista, me había enamorado platónicamente de él, y mientras el buen hombre peroraba sobre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, yo me daba a imaginar un romance más casto que calenturiento, que tenía su culminación con nosotros paseando, tomados de las manos, por los pasillos polvorientos de la escuela.
En una ocasión Quique dejó olvidado en el aula un libro sobre su asignatura, autoría de un tal Konstantinov, y yo me lo llevé a mi casa y lo estuve mirando con devoción hasta el día siguiente, dándome a imaginar las manos de Quique en el libro…y quizás en mí.
Ahora que me doy cuenta, la mayoría de mis pensamientos y fantasías de aquellos tiempos giraban en torno a los libros. ¡Qué casualidad!
Los libros de La Manzana
En La Central, la farmacia donde mi madre era la directora técnica, había un cuartito de desahogo que daba a la calle. Me encantaba sentarme allí para observar todo lo que pasaba en los bajos, los portales de La Manzana, y dentro del propio entresuelo donde estaban situados el dispensario y el área de reembase.
Por allí había también un estante lleno de libros donde encontré un ejemplar de Pequeñas maniobras de Virgilio Piñeira, una novela titulada La danza bajo la cuchilla de la guillotina, de la cual no recuerdo el autor ni la he podido localizar nunca, y Pedrín, de Anatole France, que me llevó de la mano a la obra de este autor cuya influencia siento todavía.
De aquel estante me llevé sin decir nada a nadie Pedrín y Pequeñas Maniobraas. Siento no haber hecho lo mismo con el libro sobre la revolución francesa, pues cuando remodelaron el edificio, estoy segura de que todo lo que quedaba allí fue a parar a la basura.
Sirva pues este postito de disculpa y confesión pública: no me arrepiento ni un adarme de los libros que me robé.

