Gimnasia rítmica en el Parque José Martí

Para seguir con la serie de aventuras y malaventuras, les cuento ahora de cuando mi abuela Mercedes, la inefable Topeo, me matriculó en unas clases de gimnasia rítmica que se daban en el Parque Deportivo José Martí, que queda en El Vedado.

Me parece, aunque no puedo asegurarlo, que yo me negaba malcriadamente a ir en guagua, así que Topeo y yo cogíamos un taxi en la piquera que estaba al lado del edificio donde vivíamos (y todavía vive mi madre) junto al Hospital de Emergencias. Entonces costaría unos dos o tres pesos el viaje, me parece —estoy hablando del año 76, 77…

Del Parque, que era enorme, recuerdo la piscina, las canchas de baloncesto y un estadio por el que se pasaba para llegar al gimnasio.

En cuanto al gimnasio como tal, se me han quedado las imágenes del tabloncillo de madera, el piano en una esquina (nada, que a mí me persiguen los pianos) donde se tocaba la música a cuyo ritmo debíamos hacer ejercicios, y la maestra, una señora alta y energética que tenía el pelo rubio y corto a lo Raffaela Carrá.

Éramos una docena de muchachitas entre diez y doce años. A juzgar por la foto, yo tendría unos once.  

Con el leotardo en la sala de mi casa…Se nota mi cara de entusiasmo, ¿verdad? Al fondo, contra la pared, apenas se adivina el piano.

El caso es que, con las dichosas clases de gimnasia sucedió poco más o menos lo mismo que más tarde con las de piano. No daba pie con bola con la coordinación de los movimientos. Mis compañeras se deslizaban por el tabloncillo como sílfides en miniatura, mientras que yo, pese a mi delgadez, me movía como un elefantito cojo.

—Sigue el ritmo del piano, Teresita, ¡sigue el ritmo! —me gritaba la maestra.

Pero ¿dónde estaba el tal ritmo y qué color tenía? Era como perseguir a un perro invisible que diera vueltas a mi alrededor.

Mi único consuelo era una muchachita algo mayor que yo a quien la maestra regañaba constantemente no por falta de ritmo, sino por exceso del mismo. También la exasperaba el hecho de que la chica tuviera un fambá enorme que le hinchaba la parte posterior del leotardo.

—Qué va, con ese culo de batea no se puede ser gimnasta —rezongaba la maestra a cada rato.

La culoncita se ponía colorada, avergonzaba por algo de lo que tenía tan poca culpa como yo de mi poco ritmo musical.

El premio a la obediencia

Supongo que podría haberme negado en redondo a ir a las clases, pero nunca lo hice. Quizá intuía que la gimnasia era algo importante para Topeo, igual que después lo sería el piano, y por eso me resignaba. Ella fue el centro de mi infancia, para bien y para mal.

Mi abuela Mercedes, a quien llamábamos Topeo, en la sala, a finales de los noventa

Como premio a mi forzada obediencia, al terminar las clases casi siempre íbamos a una pizzería, Montecatini, que estaba cerca del Parque Martí. Me encantaban las cremas de queso y las pizzas de langosta.

Oyéndome hablar tanto de comida (tocinillo, pizza, crema de queso) cualquiera pensaría que yo era una jamaliche total, pero la verdad es que comía poco. Picoteaba un cachito de esto y bebía un sorbito de aquello, de modo que no llegué a pesar cien libras hasta los veinte años. ¡No en balde me apodaban Gata Flaca!

El ensayo decisivo

Volviendo a los conejos de España, después de varios meses de clases era costumbre que las estudiantes hicieran una presentación en público. Topeo estaba encantada y hasta empezó a invitar a sus amistades para que me fueran a ver. Sin embargo, justo antes de comenzar el primer ensayo, la maestra anunció que habría un proceso eliminatorio, pues no todas podríamos participar en el show.

Terminado el ensayo, quedamos fuera, como era de esperarse, la culoncita y yo. La pobre se echó a llorar a lágrima viva. Yo la consolé como pude mientras el corazón me daba brincos (sin ritmo, pero qué importaba) dentro del pecho en un himno a la libertad.

Aquella tarde, a la salida, le dije a Topeo que había quedado descalificada no solo para participar en la presentación, sino para continuar con las clases.

—Dice la maestra que no tengo aptitudes para la gimnasia rítmica.

Al llegar a la casa mi madre me apoyó incondicionalmente.

—No jodas más a la chiquita haciéndola ir a cosas que se ve que no le interesan ni ella sirve para eso —increpó a Topeo.

Derrotada, a mi abuela no le quedó más remedio que resignarse. Y fue entonces que salió con el brete de las clases de piano

Hoy por hoy

Pero como todo en este mundo tiene su lado bueno, de aquella desagradable experiencia me quedó el interés por mantenerme en forma. Ahora, a los 57 años, hago ejercicios todos los días, voy a gimnasio o corro por los alrededores de la casa. Pero eso sí, sin música y sin ritmo, que ninguna falta me hacen.

En el CORE, un complejo deportivo aquí en Hobbs