Cachita en Miami

Imagen tomada de Orishanet

Óyeme, Cachita, tengo una rumbita

pa que tú la bailes como bailo yo.

Muchacha bonita, mi linda Cachita

la rumba caliente es mejor que el fox.

(Guaracha de Rafael Hernández Marín)

Cachita se bajó del avión vestida de amarillo, con una falda agitanada que restallaba a su paso, tacones vertiginosos y un abanico de plumas de pavo real.

Mira que se rompen ya de duro las maracas y el de los timbales ya se quiere alborotar. Pero con todo y los timbales había que buscar algo que hacer, le advirtió su madrina, que le había pagado los gastos del viaje cuando Cachita se sacó el bombo, entiéndase la lotería, de las visas americanas.

—Yo muy contenta de que estés conmigo, mija, pero aquí tienes que doblar el lomo porque ¿con qué se compran los frijoles? —le espetó la madrina, que de lunes a viernes llegaba a la casa despatarrada después de ocho horas frente a una caja registradora de Walmart.

—Pero, vieja, si apenas acabo de bajarme del avión. ¡Llevo menos de tres semanas en Miami!

—¿Y qué?  Ya descansaste bastante. En este país el que no trabaja no come.

—Le zumba el mango, madrina, que te pongas a citarme al resalao de Marx en pleno corazón de Miami.

—¿Y eso lo dijo Marx? Puede debe ser pariente de mi supervisor de turno.

El supervisor de turno resultó ser un cubanón de bigotes engominados y cadena de oro al pescuezo, que escuchó en silencio la petición de trabajo de Cachita mientras le evaluaba el nalgatorio sin recato. Muy tímida iba ella, que todavía no tenía su work permit, pero tanto la pinchó y jorobó la madrina que se determinó a hacer la gestión.

—Las cosas se arreglan hablando —dijo el cubanón—. Lo del permiso es un problema tremendo, pero déjame ver qué puedo hacer por ti, mamita.

Mucho hablaron, sobre todo de noche, que era, casualidades de la vida, cuando se necesitaban los servicios de Cachita en Walmart.

Se divierte así el francés y también el alemán y se alegra el irlandés y hasta el musulmán. 

El supervisor andaba encantado con el bombón de orisha que le había caído en la boca, pero le duró la felicidad lo que un merengue a la puerta del propio Walmart. Porque una vez que Cachita usó su sandunga para entenderse con la computadora y metió cerebro y dedos en Internet, se enteró de que existía algo llamado jaraseo sexual ¡y para que fue aquello! En cuanto comprendió que el bigotudo la estaba jaraseando y que eso era delito aquí, delito grave, pues llamó a una abogada y le contó su caso.

Le pusieron pleito al tipo y hasta a Walmart. Y lo ganaron.

A los cuatro meses del brete ya estaba Cachita en su salsa miamense, usando toda la potencia de su aché, empleada como paralegal y metiéndoles caña a los jaraseadores de la ciudad.

Cachita esta alborotá; ahora  baila el cha-cha-chá.

 

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