Dios escribe derecho…

La ciencia del futuro

En septiembre de 1984 empecé a estudiar en la Universidad de La Habana la licenciatura en cibernética-matemática, entonces carrera flamante, que sonaba muy bien.

—Los números son los mismos en cualquier país e ideología —decía Nenita Carbonell, mi maestra de piano.

Y otra gente seguía la rima:

—La computación es la ciencia del futuro.

—Dale, mijita, que hay que estar en la última.

En realidad, parecía la carrera perfecta para la chiquilla tímida y empollona que era yo en esa época. Ahora, la verdad es… (déjenme decirlo bajito) que a mí no me gustaban las matemáticas. La aritmética común y corriente, vaya y pase, pero cuando me vi enfrentada a los llamados números imaginarios, la horrible álgebra y los desmadres de la geometría, me quedé viendo peces de colores.

La Facultad de Matemáticas. Foto tomada del grupo de Facebook Facultad de Matemática y Computación – Universidad de La Habana

Patos a granel

Recuerdo a un profesor de cálculo, de nombre Samuel. ¡Cómo llegué a odiar a aquel tipo! Y al de álgebra, a quien llamábamos Cara de Cumpleaños porque portaba siempre una muequita socarrona en el rostro. Ambos me daban doses como si fuera caramelos despachados por la libre.

En Cuba se usaba el sistema de calificaciones ruso, con cinco como nota máxima; cuatro, bien; tres, regular y dos, desaprobado. ¡Suerte que no había unos, porque me los hubieran zumbado por la cabeza también!

Un dato del argot matemático: al número dos le llamábamos pato. ¡Mejor ni les cuento la cantidad de ellos que recibí!

En la Ciénaga de Zapata, mediados del 85.

Así llegó diciembre y se acabó el primer semestre. Tenía una amiga a quien le pedí que fuera a ver las notas finales de cálculo y me dijera la mía por teléfono. (En aquel entonces ponían las notas en una hoja pegada a la puerta del aula, por lo cual todo el mundo se enteraba de la que habían sacado los demás.) Mi amiga me llamó y soltó la noticia sin preámbulos:

—Tere, pato para las dos.

Pato tuve también en álgebra. Si pasé geometría raspando fue porque el muchacho que se sentaba al lado mío me hizo el favor de soplarme las respuestas que se podían soplar.

Pasillo de la Facultad. Foto tomada del grupo de Facebook Facultad de Matemática y Computación – Universidad de La Habana

A buen fin no hay mal principio

En enero de 1985 pedí “baja médica.” Le dije a una psicóloga del Policlínico Van Troy que me sentía muy nerviosa y no podía dormir, lo que por otra parte era verdad, y la mujer me dio un certificado de seis meses por enfermedad.

Los seis meses me los pasé estudiando para el examen de ingreso a la licenciatura en inglés, que empecé en el 85 y terminé, con sello de oro, en el 90. Allí sí que la pasé bien porque, entre la literatura y la lingüística, estaba en mi salsa. De patitos, por suerte, nananina.

Ahora, algo bueno ocurrió como resultado de los suspensos. Mientras estudiaba en el pre, yo había empollona y «nerdy» hasta decir ya está bueno, y no tenía mucha relación con mis compañeros de escuela. ¡Claro, si me pasaba el día con la nariz metida entre los libros! El desastre de cibernética me llevó a tener más amistades… sobre todo entre los no empollones, que resultaron mucho más divertidos que los nerditos como había sido yo.

Por otro lado, gracias a mi conocimiento del inglés, no sufrí ni un rozamiento del tan mentado choque cultural al llegar a Estados Unidos. Y he podido escribir mis novelas muy panchamente en dos idiomas. De modo que lo que mal empieza…a veces bien acaba, ¿verdad?

Dios escribe derecho con renglones torcidos

En resumidas cuentas, Samuel y Cara de Cumpleaños, a quienes que deseé la peor de las suertes posibles, me hicieron un favor. Haber aprobado el primer año de cibernética (con malas notas, por supuesto) me habría retrasado, si no impedido por completo, el comenzar una carrera para la que sí tenía aptitudes.

Nunca habría sido una buena matemática, ni siquiera una de tercera categoría, porque mi cerebrito no funciona en variables y números (reales o imaginarios). Así que aquellos profes fueron ángeles clandestinos, que me cerraron el paso a un callejón sin salida porque sabían que me esperaba otro camino mucho más amplio y despejado unas cuantas cuadras después.

De modo que, si algo te está saliendo mal en este momento, o no como querrías que saliera, acuérdate de que puedes estar leyendo, sin darte cuenta, los renglones torcidos de Dios.