A finales de julio, Gary y yo asistimos a un taller sobre experiencias fuera del cuerpo (OBE Spectrum) en el Instituto Monroe que se encuentra en Faber, Virginia.
Como no encontré mucha información sobre el taller antes de ir (casi todo lo que hay en línea es sobre el programa más popular, Gateway Voyage, que también es un requisito para tomar otros cursos), les comparto nuestra experiencia aquí. ¡Mejor saber a qué atenerse!
Nos interesaba el programa porque Gary había tenido lo que suponemos que sean experiencias fuera del cuerpo, hace muchos años, y nunca había encontrado una explicación adecuada sobre lo que le pasó. Así que cuando descubrimos el taller del Instituto Monroe, decidimos ir, pues el centro usa un enfoque científico para estudiar estas situaciones.
El viaje
El viaje desde Hobbs hasta Charlottesville duró unas diez horas. Llegamos a las 7:30 p.m., después de la cena y la charla introductoria. La próxima vez planeamos llegar, al menos, un día antes, como recomiendan en el Instituto.
El programa incluye transporte desde y hasta el aeropuerto, la estación de trenes y varios hoteles de la ciudad. Un chofer nos esperaba en el aeropuerto de Charlottesville, que es de lo más chulo, con sillones y todo. (Me di mucho balance mientras esperaba por el avión en el viaje de vuelta.)
Camino al Instituto, pasamos por un restaurante y panadería llamado Quality Pie para recoger a otros asistentes que esperaban allí. Eran dos muchachas muy amables, una de Los Ángeles y la otra de Colombia. ¡Qué rico hablar en español! Una pena que no estuvieran en nuestro programa, sino en otro más avanzado. Por cierto, nos aseguraron que los dulces sí eran de «calidad».
En el Instituto
El viaje a Faber duró como 50 minutos. Nos habían guardado la cena (salmón, arroz y ensalada). Pero quienes me conocen y saben de mis rarezas alimenticias se imaginarán que aquello no era suficiente. A eso de las diez de la noche me colé en la cocina y me zampé más salmón y un muffin de arándanos. La cocina está abierta día y noche…¡la vida misma!
Le había hablado del Instituto a Liz, una amiga cubana a quien conozco desde los años ochenta, que decidió participar en el taller también. Todos nos alojamos en el Centro Nancy Penn.
Las habitaciones son compartidas, Gary y yo estábamos juntos, por supuesto. La compañera de cuarto de Liz era también maestra, una señora con una historia fascinante. Bueno, todos allí tenían antecedentes curiosos, hechos fuera de lo común que los había motivado a asistir.
Dormíamos y hacíamos muchos ejercicios en las llamadas unidades CHEC (Cámara de Ambiente Holístico Controlado por sus siglas, yo les decía “cheché”). Las CHEC son espacios individuales dentro de las habitaciones. Aquí está una:
No se sienten claustrofóbicas, como pensé al principio, sino muy acogedoras. Hay “ruido rosado” (no sé si se dice así en español) algo que suena como olas del mar al romper en la orilla. El ruidillo sale de los altavoces ubicados dentro de la cheché durante toda la noche, aunque, desde luego, se puede apagar. Es un sonido relajante, pero yo prefiero dormir en silencio total.
La rutina diaria
La primera mañana, y todas las demás, nos despertaba a las siete menos cuarto la voz de Bob Monroe, con una meditación guiada breve. Había yoga a las 7 de la mañana, opcional, y el desayuno empezaba a las 8.
Los desayunos, al igual que todas las comidas, estaban sabrosísimos.
Y había snacks, frutas, té y café disponibles todo el tiempo.
Después del desayuno, nos encontrábamos en el salón de reuniones con los entrenadores, excelentes los tres: Deryn Winchester, Arkaitz Eskarmendi y Joe Gallenberger.
En la reunión inicial se habló del concepto de ser «más que el cuerpo físico.» Después fuimos a las habitaciones para hacer el primer ejercicio guiado en las chechés.
Más tarde nos volvimos a reunir para hablar de las experiencias y compartir ideas. Había dos o tres meditaciones por la mañana, seguidas por el almuerzo de doce a una.
Llamaban a comer y a las reuniones con la famosa campana que aparece en muchas fotos del Instituto Monroe.
Después del almuerzo, teníamos tiempo libre hasta las tres de la tarde. Era un buen momento para pasar un rato compartiendo con los demás en la sala común:
O para pasear por los alrededores y visitar el también famoso cristal de cuarzo.
Liz y yo salimos una vez en busca de un lago cercano, pero nos equivocamos de camino y acabamos en un bosquecito que (esto lo supimos más tarde) recibe visitas frecuentes de los osos locales.
Entre las indicaciones estaba “cuando lleguen a donde están las vacas sigan derecho.” ¡Pero no encontramos vacas por ningún sitio! Volvimos muy cariacontecidas y cansadas al Instituto.
Al día siguiente salimos de nuevo en pos del lago. Esta vez tomamos la dirección correcta y sí vimos las dichosas vacas.
¡Y llegamos al lago! Valió la pena la doble caminata.
También visitamos la tiendita, donde había cedés, pulóveres, collares y pulsos de cuarzo…¡de todo como en botica!
A las tres empezaban los ejercicios de la tarde y seguían hasta las siete, que era la hora de cenar. A veces había otra reunión y/o meditación después de la cena.
La flexibilidad es muy importante para mí, que les tengo alergia a las restricciones. Lo cierto es que casi nunca me levantaba a las 7 de la mañana—de nuevo, nada sorprendente para quienes me conocen. Me quedaba muy pancha durmiendo en mi cheché hasta las 10, luego desayunaba por mi cuenta y me reunía —o no— con el grupo para los otros ejercicios.
Una noche, después de la cena, nos reunimos en la torre con mantas en el suelo para ver con comodidad las estrellas. Se veían unas luces grandes y redondas moviéndose entre los árboles que rodeaban la casa. «¡Extraterrestres!» fue lo primero que pensé, pero resultaron ser luciérnagas. ¡Enormes por cierto! También vimos venados y Liz vio (de lejos) un oso.
También fue divertido compartir con los demás participantes. Por respeto a su privacidad, no publico fotos de nadie más, pero la camaradería de nuestro grupo fue una parte invaluable de la experiencia.
Es difícil describir los ejercicios (especialmente porque no los hice todos) pero eran, por regla general, meditaciones guiadas diseñadas para ayudar a tener experiencias fuera del cuerpo y sueños lúcidos, ponerse uno en contacto con su yo interior y expandir la conciencia.
Al final…
No tuve ninguna OBE y Gary tampoco, pero experimentamos cambios notables al regresar. Yo me siento más tranquila y centrada y los dos estamos durmiendo mejor. Además, volví a encontrarme en persona con mi amiga Liz a quien no había visto en casi 20 años. ¡Así que definitivamente la experiencia valió la pena!
Compramos los cedés para el Gateway Voyage y esperamos tomar el taller el año próximo.












