Entrevista a Pedro Medina León sobre Lado B

Pedro Medina Leon

Hoy converso con Pedro Medina León, editor y amigo internauta (espero conocerlo algún día en persona) y excelente escritor.  Es autor de Streets de Miami, Mañana no te veré en Miami y Lado B, y editor de Viaje One Way. Comenzó como director y creador de SubUrbano Magazine, que luego amplió a SubUrbano Ediciones, y ha realizado varios eventos culturales en Miami.

Esta tarde hablamos sobre su más reciente libro publicado, la  novela Lado B, que me leí una noche de un tirón. Y muy apropiadamente. La noche, como se darán cuenta, es una protagonista más de la historia…

Teresa Dovalpage: ¿Cuál fue la inspiración, la chispa que dio origen a Lado B?

Pedro Medina León: Lado B, como idea, surgió hace muchos años. Una tarde en Key Biscayne, estaba con Diego, un amigo peruano, habíamos llegado a Miami hacía poco. Teníamos el panorama bastante incierto: yo lo único que tenía claro era que quería leer y escribir, no me interesaba absolutamente nada más. A ambos esta ciudad se nos empezaba a revelar totalmente diferente a lo que pensábamos y esperábamos de ella. Diego se fue a California después de un par de años, él es arquitecto, por ahí vio un mejor futuro para él y su esposa. Yo me quedé acá, involucrándome más con la vida miamense, con las calles, con la marginalidad nocturna de South Beach de barras y cafés; y fue ahí donde la historia terminó de tomar forma. Salía a caminar en las noches, con la libreta, el ipod a todo volumen, me sentaba en alguna barra o algún café —según el ánimo—, a observarlo todo, absolutamente todo, y anotar lo que me llamara la atención. Sin darme cuenta empecé a involucrarme mucho con la gente que vive en ese otro lado “poco glamuroso” de Miami Beach: meseros, meseras, cocineros, ex convictos, chicas que vendían su cuerpo al final de la noche pero no eran oficialmente prostitutas, “pimps”, dealers de coca, bartenders, barmans. Como en todo círculo conocí personas geniales, otras no tanto y otras repudiables. Pero descubrí que esta ciudad tiene otro lado, uno muy nocturno y muy marginal. Una vida que empieza cerca de las once de la noche, de lunes a jueves, y se extiende hasta las cinco o seis de la mañana siguiente. Esa vida, esa gente que habita esa vida, son el negativo de la foto en colores de Miami.

Teresa Dovalpage: ¡Bueno, eso debe ser interesantísimo! La hora de la fauna nocturna, de los vampiros, ah… ¡Las cosas que dirán! Y hablando de lo que dicen, y de cómo lo dicen, me gusta mucho que el uso del Spanglish, sobre todo en el personaje de Rubí. Para crear los diálogos ¿te lo inventas o andas con la oreja de guardia por las calles?  Resultan súper naturales.

Pedro Medina León: Así se habla acá. No podría construir personajes locales que hablaran de otra manera. Sobre todo si los personajes son sujetos que llevan una vida entera en Miami, como en el caso de Rubí que no era recién llegada. Te pongo un ejemplo que describe perfectamente lo que digo: esta semana le preguntaron a una compañera de trabajo —nacida acá, pero de padres cubanos— algo y su respuesta fue: no, I think que poner toda esa información sería too much. Una maravilla, ¿no? Yo, al menos, lo disfruto mucho. Entonces, respondiendo concretamente a tu pregunta: ando con la oreja de guardia por las calles.

Teresa Dovalpage: ¡Ese es el trabajo del escritor! Sin las orejas avezadas estamos fritos. ¿Alguna inspiración particular para la creación de tus personajes? Todos, hasta los secundarios como el abogado, están muy bien delineados.

Pedro Medina León: Pues yo soy mucho de detalles para estas cosas. Si te das cuenta, no hay una sola descripción física de los personajes, lo que desarrollo son sus costumbres, gustos, manías, acentos, formas de hablar. Todo ese “paquete” trato de llevarlo de principio a fin con el personaje. La cerveza favorita de algunos es la Heineken, el cigarro que fuman otros es el Lucky Strike, la música que  escuchan otros es Calamaro; entre otras cosas que ya habrás visto por ahí. Todos esos detalles van a lo largo de la lectura. Esas pequeñas cosas le dan bastante precisión al personaje.

Teresa Dovalpage: Claro, y el lector los llega a conocer y a imaginarse cómo lucen, aunque no nos lo digas. Por ejemplo, yo a Rubí me la imagino con unas posaderas enormes, aunque el detalle nunca se menciona. Es la magia de la escritura. Ahora, volviendo a la ciudad, ¿amas Miami, odias Miami? Si tuvieras que describir la ciudad en una línea ¿cómo sería?

Pedro Medina León: Ni la amo ni la odio. Es una ciudad muy contradictoria: por ratos la odias, por ratos la amas. Miami en una línea creo que sería así:

Adolescente buscando demostrar que es MUJER, pero aún le falta.

Teresa Dovalpage: Me encanta la descripción; tiene sandunga. ¿Cuál es tu horario preferido para escribir, la hora de la fauna nocturna o el día soleado?

Pedro Medina León: Definitivamente la noche. No tolero, no resisto, la luz natural, me marea, me deprime, no puedo abrir bien los ojos.

Teresa Dovalpage: ¡Choca esos cinco! Mi hora preferida para escribir es la madrugada… Bueno, pero tú eres escritor y editor, además de tener un trabajo de pan ganar.  ¿Ah, y promotor cultural, además! ¿Cómo te las arreglas para encontrar tiempo? ¿Algún secreto que gustes compartir?

Pedro Medina León: Como todos los que estamos metidos en esto, le robo tiempo al tiempo: me levanto muy temprano y otras veces me acuesto muy tarde. Tengo diez años en el trabajo de pan ganar, saben los “pasos retorcidos” en los que ando y afortunadamente me apoyan mucho, eso es algo que valoro realmente. Y ojo que es un banco, un ambiente bastante formal, pero así y todo aprecian lo que hago, hasta una nota para el boletín de los empleados me hicieron el año pasado. “Un escritor entre nosotros”, se titulaba el texto. Muy lindo.

¿Secreto?…quisiera que mis días fueran encerrado en un espacio con poca luz, mucho aire acondicionado frío, comiendo helado de vainilla francesa y leyendo a Leonardo Padura.

Teresa Dovalpage: Pues que se cumplan tus deseos y que publiques muchos libros más. Un abrazo desde Taos.

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Entrevista a Dos Bigotes

Editorial: Dos Bigotes

Sitio en la red: http://www.dosbigotes.es/

Dirección de contacto: editor@dosbigotes.es

País: España

 

Gonzalo Izquierdo y Alberto Rodríguez son dos periodistas que se han embarcado en la creación de una editorial independiente movidos por su amor por la literatura.

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Fotos tomadas del sitio en la red de Dos Bigotes

Teresa Dovalpage: ¿Qué les ha motivado a tomar esta decisión, en un momento en que las estadísticas de venta de libros no son precisamente alentadoras?

 

Dos Bigotes: Como periodistas que han sufrido los rigores de la crisis en España, cuando perdimos nuestro trabajo en verano de 2013 tuvimos bastante claro que era un buen momento para poner en marcha un proyecto que nos llenara tanto en lo personal como en lo profesional. Éramos conscientes de las dificultades que estaba atravesando el sector del libro pero pensamos que, si conseguíamos mantenernos a flote durante estos años tan complicados, en el futuro las cosas serán más fáciles. Y aunque las estadísticas de ventas no sean alentadoras, sigue habiendo un público ávido de buenos libros que hace que editoriales pequeñas estén consiguiendo capear el temporal (aunque con mucha sangre, sudor y lágrimas).

Teresa Dovalpage: Creo que el público no se ha ido a ningún lugar, siempre hay gente que ama la literatura…el problema es conectarnos con esa audiencia. En la descripción de la editorial dice: «Dos Bigotes está especializada en autores y temas LGTBI (las siglas que designan al colectivo de lesbianas, gais, personas transgénero, bisexuales e intersexuales) pero no pretendemos excluir a nadie». Tomando esto en cuenta ¿hay algún tipo de manuscrito con un tema en particular que les gustaría recibir en este momento?

 

Dos Bigotes: Como bien dices, somos una editorial que tiene un concepto incluyente y no excluyente de la literatura. Nuestro objetivo es publicar libros de calidad que interesen a todo tipo de lectores y, en esta aspiración, creemos que debemos reflejar todas las sensibilidades y matices contenidas en las siglas LGTBI. Nuestra especialización es un punto de partida que nos motiva a buscar buenas historias y, en este sentido, entre los manuscritos que nos gustaría recibir se encuentran aquellos que reflejen las realidades del colectivo abordadas con menos frecuencia por la literatura (la transexualidad o la bisexualidad, por ejemplo).

 

Teresa Dovalpage: Tienes razón, no hay mucho en español sobre estos temas. Ahora, pasando a la promoción…pienso que promover la mercancía (sean libros o manzanas) es fundamental para que se venda. ¿Qué labores promocionales hacen ustedes con las obras publicadas y qué esperan que haga el autor?

 

Dos Bigotes: Al proceder del ámbito de la comunicación (y, en concreto, del periodismo cultural), somos conscientes de la importancia que tienen las tareas encaminadas a la difusión de los productos culturales. Además del contacto con los medios especializados, nosotros centramos nuestra atención en las redes sociales, que pensamos que son un excelente instrumento para dar a conocer la actividad de la editorial y mantener el contacto con los lectores. Pensamos que es fundamental cuidar ese vínculo con los destinatarios finales de nuestro trabajo y ponemos mucho empeño en ello. Respecto a lo que esperamos que haga el autor, la verdad es que no le pedimos demasiado: tan solo que nos acompañe en la aventura que supone editar un libro y que apoye, en la medida de sus posibilidades, las labores de promoción. Somos unos firmes defensores del trabajo en equipo y hasta ahora no nos está yendo mal.

Teresa Dovalpage: ¡Excelente! Y sin dudas que es una aventura maravillosa. Ahora, ¿cuál es la mejor manera de evitar caer en la cesta de «manuscritos rechazados» por Dos Bigotes?

Como editores, andamos a la «caza» de autores que tengan una voz propia, que no teman transitar por caminos poco trillados y que demuestren manejar con soltura los recursos literarios a su alcance. Al ser una editorial especializada, buscamos manuscritos encuadrados dentro de nuestras señas de identidad pero somos muy flexibles en el tratamiento de la temática. Al final buscamos lo que otras muchas editoriales: obras que no nos dejen indiferente y que traten con inteligencia al futuro lector.

Teresa Dovalpage: ¿Recomiendan alguna de sus novedades en específico?

 

Queremos a todos nuestros hijos por igual pero tenemos especial cariño a El armario de acero, nuestra antología de narrativa y poesía rusa contemporánea, que está a punto de cumplir su primer año de vida.

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También estamos muy orgullosos de haber podido reunir a los once autores españoles que formaron parte de Lo que no se dice, un libro que además cuenta con las estupendas ilustraciones de Raúl Lázaro —el diseñador de toda la colección de Dos Bigotes—. Y, en relación a lo que te comentábamos antes sobre los «manuscritos ideales», un buen ejemplo lo tenemos en Suburbana de Claudio Mazza, el libro que publicamos este mes. Conocimos a Claudio al final de una presentación en Madrid y al día siguiente nos envió su primera novela, un estupendo relato sobre el desgarro del exilio, la memoria y las pequeñas acciones cotidianas que nos convierten en héroes, todo ello con la historia reciente de Argentina como telón de fondo. Para nosotros, haber conseguido publicarle ha sido un auténtico golpe de suerte y deseamos que su novela llegue al mayor número de lectores posible.

Teresa Dovalpage: ¡Seguro que así será! Muchas gracias por esta entrevista y éxitos para Dos Bigotes y todas sus obras.

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Escribe Aquí: los escritores celebran en Miami

The Betsy - South Beach

Pedro Medina León tiene amplísima experiencia con la literatura y la promoción cultural. Es autor de “Streets de Miami,” “Mañana no te veré en Miami” y “Lado B,” y editor de “Viaje One Way.” Comenzó como director y creador de SubUrbano Magazine, que luego amplió a SubUrbano Ediciones, y ha realizado varios eventos culturales en Miami.

Entre sus proyectos más recientes, y de mayor alcance, está la organización del programa literario Escribe Aquí, que se celebrará durante los días 28 y 29 de marzo en el Hotel Betsy-South Beach. El hotel funciona como anfitrión y patrocinador del evento.

—Decidí organizarlo, primero porque la literatura iberoamericana tiene mucho potencial en Estados Unidos y hay que abrirle un espacio —dice Medina León—. Y segundo porque Miami, como ciudad capital hispana de Estados Unidos, necesita un evento así.

La participación de Pablo Cartaya, manager literario del hotel Betsy, ha sido también decisiva en la organización del evento.

—Tendremos a autores de renombre mundial que vendrán de todas partes de Estados Unidos —dice Cartaya—. Muchos de ellos trabajan y enseñan en las principales universidades del país y se reunirán en Miami para este apasionante evento literario.

Los autores hablan

Entre los autores invitados se encuentran Anjanette Delgado (Puerto Rico), Brenda Lozano (México), Camilo Pino (Venezuela), Carlos Gámez Pérez (España), Edmundo Paz Soldán  (Bolivia), Giovanna Rivero  (Bolivia), Hernán Vera Álvarez  (Argentina), Marina Perezagua (España), Rodolfo Pérez Valero (Cuba), Salvador Luis  (Perú), Manuel López (Cuba) y Yosie Crespo (Cuba).

—Participar en Escribe Aquí significa tener la oportunidad de cotejar con otros escritores cuáles son las consecuencias que la diáspora tiene sobre la escritura —dice la sevillana Marina Perezagua, autora de Criaturas abisales (2011), Leche (2013) y Tríptico de la resistencia (2013)—. Es una pregunta que todos nos hemos hecho a menudo, pero confío en que escuchar otras respuestas me ayudará a manejar este “siempre estar lejos” a favor de mi escritura.

Hernán Vera Álvarez es autor del libro de comics “¡La gente no puede vivir sin problemas!” Ha colaborado en publicaciones de Estados Unidos y América Latina como El Nuevo Herald, Meansheets, Loft Magazine, El Sentinel, TintaFrescaUS y La Nación.

—Cuando me preguntan por qué luego de quince años de vivir en Estados Unidos continúo escribiendo en español, suelo contestar: primero porque se me da la gana y me gusta, y luego porque soy un escritor norteamericano —dice—. Más allá de alguna historieta que tenía un diálogo en inglés o algún artículo que me pidieron especialmente en ese idioma, escribo en español porque es la lengua del país que nací y pasé 24 años, que es la Argentina, y porque vivo en otro, Estados Unidos, donde 40 millones de personas –más o menos la cifra de habitantes que tiene la Argentina– lo utilizan. Si te fijas, la página del IRS, la de la entidad educativa que te da o te presta dinero para tus estudios universitarios, como un montón de servicios públicos y privados, como la salud, por ejemplo, te brinda la opción de elegir el español para que hagas los trámites. Por eso es bueno este tipo de eventos del Betsy: para demostrar, una vez más, que Estados Unidos es un país bilingüe. Ahora falta el  establishment de la cultura, que todavía es medio obtuso, para que se den cuenta que en los Estados Unidos también se escribe buena literatura en español.

Manny López  es autor del poemario “Los poetas nunca pecan demasiado”, publicado por Editorial Betania en Madrid y ganador de la medalla de oro en la categoría de literatura en español por los premios Florida Book Awards 2013. Durante el evento leerá poemas de su libro de poesía inédito “El hombre incompleto.”

—Me siento feliz de participar en este primer Festival Escribe Aquí— dijo López—. Pedro Medina me cae muy bien, porque siempre está ocupado creando, trabajando en algo nuevo. Puedo identificarme con eso, y simpatizar con sus esfuerzos. Deseo que ya llegue el evento y conocer a los demás escritores a quienes no conozco todavía.

El festival

El festival comenzará la tarde del 28 de marzo en bar del Hotel Betsy, el B Bar, y continuará durante todo el domingo 29 con una serie de paneles, lecturas y recitales de poesía en español.

Habrá también presentaciones especiales de baile con Peter London Dance Company así como una gran fiesta final en la terraza de la azotea del Betsy para celebrar la literatura iberoamericana y a sus autores.

—También habrá un espacio para que las editoriales y revistas muestren su trabajo al público —dice Medina León—. “Habrá un poco de todo: la idea es que el que asista a Escribe Aquí, se lleve una idea clara del panorama literario iberoamericano tanto local como en los Estados Unidos.

El evento incluye (totalmente gratis) desayuno, un almuerzo ligero y una gran cena festiva en la terraza del hotel con comida típica de países latinoamericanos.

Habrá traductores e intérpretes disponibles para los hablantes de inglés.

—Es un festival inclusivo —dice Medina León—. Queremos consolidar e institucionalizar este evento y que se repita todos los años. Ojalá contemos con el apoyo de todos.

Para mayor información, consulte el enlace http://www.thebetsyhotel.com/event-calendar/escribe-aqui-iberoamerican-literature–culture-festival

Amor a primera fusta

Imagen de la portada de Seducción, amor y mentiras, de Raquel Troyce

Publicado originalmente en SubUrbano Magazine

Cuando recibí la propuesta, mi primer impulso, debido a cierta pudibundez quizás hereditaria, fue contestar que no. Pero lo pensé dos veces y me acordé de lo que José Martí había dicho sobre el trabajo de pan ganar (tengo que preguntarle a mi amigo Félix Luis Viera cuál es la cita exacta). Viene a ser, si no recuerdo mal, que todo trabajo con el que uno se gana el pan es honrado —y éste en particular me ofrecía una cantidad lo suficientemente honrosa. A fin de cuentas, ¿cuál era la tarea? Nada del otro mundo: hacer un reportaje sobre una feria kink que se celebraría en San Diego.

Para los no enterados, kink es lo que se conoce finamente como “sexualidad alternativa,” entiéndase dominación, disciplina, encordamiento, suspensiones, uso de collares y látigos y un largo y doloroso etcétera. Prácticas sadomaso, vaya. Una revista sicalíptica —a la que mi abuela llamaría de relajo —para la que escribo en inglés bajo seudónimo buscaba un reportero que se infiltrase en la feria y contase del pe al pa lo que pasaba allí.

El éxito de Cincuenta sombras de Grey ha tenido mucho que ver con la súbita popularidad de eventos de este tipo. En general son abiertos al público pero, por razones obvias, se procura ahuyentar a periodistas y fotógrafos —nadie quiere que lo saquen en el diario local y al día siguiente sus colegas digan: oh, pero qué bien se ve fulano colgado del techo y con sus vergüenzas al aire. De modo que mi actuación en la feria sería clandestina, lo que le confería al assignment un aura de misterio muy sandunguera. La clandestinidad implicaba, también, que de alguna manera pasara por participante.

A fin de evitarle un patatús a mi marido, le dije que asistiría a un congreso sobre trasnacionalismo, transgresión y fronteras en la literatura, que sonaba lo suficientemente académico como para que se tragara el cuento —cuento que, por supuesto, le solté a todo el que me preguntó por qué iba a California. La única que supo la verdad fue mi amiga La Azteca, coach de vida y autora de un manual de sexualidad.

Enterada de que yo no sabía de la misa la media sobre el tema kink, La Azteca me pasó enlaces a varios sitios de BDSM en Internet.

—Ahí te puedes desemburrar —me dijo—. Mazmorra.net es el mejor.

Pero no las tenía todas conmigo. Aunque mi amiga me había ofrecido amablemente un curso rapidín sobre el BDSM, todavía no le veía el chiste.

—Aquí no se trata de chiste, hija —me recalcaba ella, muy seria—, sino de un juego de poder que provoca la sublimación de la libido.

¿Sublimación?

De yapa, me había aleccionado sobre la etiqueta apropiada. No toques a nadie sin pedir permiso (muy bien; esperaba que los demás usaran la misma cortesía conmigo); no pidas prestados instrumentos o juguetes, pueden estar contaminados con fluidos (fo, gracias, tampoco se me ocurriría); no interrumpas escenas ni te acerques a quienes las montan (ni ganas de que me salpiquen con… eso mismo, con fluidos) y otras que ya se me olvidaron porque me parecían, además, obvias. De modo que, en teoría al menos, estaba más que preparada. Lo único que me faltaba era el entrenamiento hands-on.

* * *

Después de pagar la entrada (guardé el recibo para pedir reembolso a la revista sicalíptica) entré al recinto de la feria. A diferencia de la famosísima que se celebra en la calle Folsom, en San Francisco, a pleno sol y a la vista y paciencia de todo el que la quiera presenciar, ésta tenía como escenario varios salones de un hotel, reservados con exclusividad para el evento.

Siguiendo los consejos de La Azteca, me había decidido por un atuendo indefinido (ni sumisa ni dómina, ni chicha ni limoná). Llevaba pantalones apretados y una chaquetilla de cuero que dejaba al aire el abdomen. Hasta se me ocurrió hacerme un piercing ombliguero para darle más reality al show pero al fin no me decidí, por el miedo a las infecciones. ¿Y qué iba a hacer con él después? La chaquetilla tenía un escote que llamaría revelador, si no fuera porque tengo poco muy que revelar en esa zona.

Luego de vagabundear un rato por la feria empecé a sentirme más cómoda; me di cuenta de que la mitad de los asistentes iba a fisgonear y no a dejarse abofetear o dar nalgadas. Las reglas se respetaban con una puntualidad esquizoide. Recuerdo haber pasado ante una cruz de San Andrés en la que se hallaba amarrado un señor que no tenía ni con un solo vello (púbico o de otro tipo) en su pálido y desnudo corpacho. Una dómina encorsetada en rojo y encaramada en tacones de diez centímetros de altura lo adobaba a fustazos, que lo hacían prorrumpir en aullidos —me imagino que de placer. Los fuetazos eran de esperarse, pero lo que me sacaba de situación era que la mujer parase en seco la tanda de golpes cada cinco minutos y le preguntase al encuero si se encontraba bien.

Con mi mejor cara de ingenua me acerqué a uno de los monitores (unos tipos fornidos, mezcla de security y guía turístico, que merodeaban por los salones con brazaletes color naranja) para averiguar el motivo de las interrupciones.

—¿Es la primera vez que usted viene a feria alternativa? —me preguntó el monitor, y me di cuenta por su acento de que era mexicano.

Admití que era así y le dije, en buen español, que tanta preguntadera le quitaba credibilidad a la escena.

—Pues oiga, lo que pasa es que tenemos que checar que el sumiso esté bien porque si le pasa algo, nos meten un sue y ahí sí que nos lleva la chingada —me explicó, ya entrando en confianza, el monitor—. Tenemos que ser rete estrictos con esas cosas.

Cortamos la conversación porque una señora con palillos de tendedera colgados de los pezones nos interrumpió para preguntar dónde estaban los baños.

Al cabo de media hora ya había visto más chochas (peladas y peludas) que cualquier ginecólogo en un mes, así como más pichas de distintos tamaños y colores que un urólogo diplomado. Me pregunté si aquella labor se correspondería con la definición de trabajo de pan ganar de la que hablaba Martí, el pobre. También me preguntaba dónde se habría metido el fotógrafo de la revista (se suponía que trabajásemos juntos) y cómo nos comunicaríamos, dado que, por aquel asuntito de la privacidad, no se permitía el uso de celulares dentro de los salones de la feria.

En ese momento escuché mi nombre —el real, no el que uso en la revista. Di media vuelta y me encontré frente a un tipo alto, fuerte y con músculos de cromañón. Iba descamisado; llevaba un látigo enrollado en el bíceps izquierdo, un pantalón (de cuero, por supuesto) y botas de marine. Se trataba, sin lugar a dudas, de un amo en busca de su sumisa y a sí sí que no.

—Dígame —le contesté más seria que un bidet.

—¿No te acuerdas de mí? Soy Guille Bermúdez, estudiamos juntos en el Pre de la Habana Vieja.

—¡Chico, pero cómo has cambiado! —exclamé.

El Guille que conservaba en la memoria era un mulatico larguirucho y flaco, con la cara atochada de espinillas —un infeliz al que siempre dejaban fuera del piten de pelota porque apenas podía correr con aquellas sus piernas de palillo chino. Indudablemente, los años le habían asentado.

—Sí, desde que empecé a comer bisté saqué musculatura —se rió mostrando unos dientes blancos y muy parejos—. La buena vida, mimi. ¿Y a ti qué te trajo a la feria? ¿Buscando un amo o qué volón?

Después de calcular los riegos le dije la verdad, que iba cazando historias.

—Coño, qué bien, pa que escribas sobre mí a ver si me hago famoso —me contestó, radiante hasta la punta del látigo.

—Y tú, ¿qué haces aquí?

—Tratando de montar mi número “Amor a primera fusta.” Pero para eso necesito conseguir una de esas jebas que se despepitan cuando les dan su buena pateadura.

Yo no acababa de entender.

—Guille, ¿esto es de verdad o es un circo?

—Bueno, uno es profesional. Vaya, yo hago mi numerito y si a alguien le gusta y quiere practicarlo en otra parte, pues cuadramos el pago por mis servicios.

—Ah, ya.

—Es parte de la experiencia artística, de mi currículo, de mi pedigrí. De aquí, derechito pa Jolibú.

—Claro, claro.

—Por eso estoy buscando a alguien con quien practicar la escena, para que otra gente se anime a entrar en la jodedera.

—¿Qué gente?

—Cualquiera… mientras que sean sumisas.

Me acordé de las enseñanzas de La Azteca y seguí metiendo la cuchareta.

—¿Siempre actúas como Amo?

—¡Seguro! Para un Dominante de grandes ligas como yo, es una vergüenza que lo cojan de sumi. Yo no soy switch ni caigo en esas berracás. Mira —desenrolló la fusta que llevaba en el bícep—. Esto es pa que me respeten. A mí hay que obedecerme —dio un trallazo en el aire—. Muchacha, yo tenía hasta hace poco una sumi buenísima que me besaba los dedos de los pies, me hacía el desayuno y no movía ni la lengua sin mi permiso.

—¿Y dónde está?

—Ah, se fue pal carajo. Así que…—se quedó callado por un momento y me observó con atención—. Oye, tú tampoco estás mal, flaquita. ¿Por qué no montas “Amor a primera fusta” conmigo?

Me quedé helada.

—¿Yooo?

—Sí, tú. El argumento es muy sencillo: se trata de una tipa rebelde que no quiere nada con el Amo, pero después que recibe el primer trallazo, se derrite por él.

—¿Cómo es eso del montaje? —averigüé.

—Fácil, mamita, sin complicaciones. Tú ya sabes el lema.

—Pioneros por el comunismo, seremos como el Che.

—No jodas, flaca. El lema de los sadomasos: sexo sano, seguro  y consensual.

—Sí, verdad, que lo leí en Mazmorra.net.

—Bueno, pues na. Primero te encueras porque tanto traperío desanima a la audiencia. Te pongo esposas para aguantarte las manos detrás de la espalda, le damos una vuelta a las cuerdas alrededor de las tetas, bueno, teticas, que se te van a ver más grandes y si te animas… ¿tú te depilas?

—Esto…eh…

—Y si te animas, te pongo un taponcito en el culín. No te asustes, que es como ponerse un supositorio.

La descripción me había producido cierto cosquilleo vaginal. Tendría que ver con aquella sublimación de que hablaba La Azteca. Además, si tomaba parte en la escena, podía agregar a mi currículo (a mi pedigrí, que diría el Guille) otra categoría: periodismo de inmersión. Pero no me decidía a dar el salto en la piscina sumi.

—Anda, flaca, mira que me hace falta calentar el brazo —me apremió el compatriota—. No te va a pasar nada, confía en mí. Tú escoges una palabra de seguridad y en cuanto me la digas, paro.

Confieso, sin necesidad de que me flagelen, que me sentí tentada. El Guille se había vuelto apetitoso, aunque yo no podía aún descartar la imagen del adolescente granujiento, que se superponía a la de este machote superdotado como una foto surrealista.

Me salvó de caer en la tentación una voz de mujer que pronunció mi nombre —no el real, sino el de la revista. Quien me llamaba era una gringa cincuentona con cara de mal genio.

—Soy Megan, la fotógrafa —me dijo.

Otras veces había trabajado con un muchacho joven, muy gay y deslenguado, que se burlaba de todo lo humano y lo divino y con el que había hecho buenas migas. El cambio no me pareció para mejor, pero qué iba a decir.

—Encantada.

Le presenté a mi compatriota y ella lo miró de reojo, sin dignarse a darle la mano, mascullando un hola-qué-tal.

Vieja grosera, pensé. El Guille ya debía estar acostumbrado a estas reacciones, pues se encogió filosóficamente de hombros y se alejó, meneando la fusta.

—¿De dónde salió ese árabe? —fue lo primero que me preguntó Megan, con suspicacia, en cuanto nos quedamos solas.

—No es árabe, sino cubano.

Se le suavizó la expresión.

—¿Cubano de verdad?

—Bueno, ¿acaso los hay de mentira?

—Quiero decir, de Cuba.

—Sí, por supuesto. Del mismo corazón de La Habana Vieja.

Megan se pasó la hora y media que estuvimos juntas (debíamos escoger un tema en común para el artículo y las fotos) rezongando contra la revista y la tarea que le había tocado en suerte —en mala suerte, dijo. Me explicó que su religión, que nunca llegué a averiguar cuál era, le vedaba el promiscuar y que se sentía sumamente incómoda en medio de aquella multitud que se había congregado allí con intenciones nada santas.

—¿Por qué aceptaste el trabajo? —le pregunté.

—Porque si me ponía los moños no me llamaban otra vez, y tampoco están los tiempos para andar escupiendo la plata.

Su tarea resultaba más complicada que la mía. Para evitar meterse en bretes legales, había tenido que identificarse con los organizadores de la feria y éstos le habían dicho que de tomar fotitos, nananina. La privacidad otra vez, claro. Pero la autorizaron a contactar a los asistentes, que, si gustaban, podían fotografiarse con ella en una habitación destinada a este fin, después de firmar un contrato liberando a la feria de toda responsabilidad.

—No podemos exponernos a una demanda, sabe.

A Megan no le hacía ninguna gracia la idea de pedirle a aquella panda de promiscuos que se dejara retratar. Me pregunté cómo se las arreglaría, con tamaños remilgos, para lograr un buen close-up. En circunstancias normales me habría desentendido de ella, pero como no quería que mi artículo saliera sin ayuda visual, procuré calmarla. Le expliqué que, a juzgar por la actitud de los profesionales como el Guille, el gancho de la promoción gratis la ayudaría a la hora de conseguir modelos.

—¿Cómo voy a saber quién es profesional y quién no? Ni modo que vaya preguntándoles de uno en uno. ¿Y si me insultan por metiche?

—Mi amigo te puede indicar. Seguro que conoce a otros que están en el mismo negocio.

Aquello le pareció aceptable y me pidió que, a la salida, invitara al Guille a acompañarnos. Terminamos los tres en el Hamilton’s Tavern. Una vez allí, advertí que Megan observaba a mi compatriota (que había guardado el látigo y se había puesto una camisa, pero no abandonaba su actitud de Amo fustigador) con una curiosidad que se iba transformando, a medida que avanzaba la noche y menudeaban las cervezas, en un sentimiento más cálido y retozón. Por eso no me sorprendí cuando, después de un par de horas de charla y bebedera, se marcharon del brazo.

—Vamos a tomar unas fotos en mi habitación —dijo ella.

Se van a promiscuar, me dije yo.

* * *

A la mañana siguiente Megan y yo debíamos cubrir la segunda parte de la feria, que consistía en paneles, documentales y demostraciones en vivo. Habíamos acordado encontrarnos en el lobby del hotel donde nos hospedábamos (cortesía de la revista sicalíptica) a las nueve de la mañana. Pero dieron las nueve y media, luego las diez y nada. Pedí el número de su habitación, la llamé por teléfono y no obtuve respuesta a mis timbrazos. Subí y toqué a la puerta, pero nadie me abrió.

Empecé a preocuparme. Me acordé de todas las películas de terror que había visto y me imaginé a la pobre gringa despatarrada sobre sábanas tintas en sangre, destripada por un loco cubano que, en medio de una borrachera, había trasladado sus intenciones criminales del juego de roles a la macabra realidad.

Ya pensaba avisarle a la policía cuando la vi aparecer en la puerta del elevador, tostada e hidratada y más fresca que una lechuga.

—Lo siento por la demora —me dijo—. Me levanté temprano para ir a la piscina y me quedé dormida en una tumbona. ¡Qué nochecita! —me guiñó un ojo, salerosa y confidencial—. Ah, los cubanos son… lo máximo. Qué bueno que ahora vamos a poder ir a Cuba cuando se nos antoje.

Me alegró comprobar que el Guille había dejado bien parado el honor nacional. A fin de cuentas, mi mentirilla sobre trasnacionalismo, transgresión y fronteras resultó profética, aunque el contexto no tuviera nada que ver con la literatura.

Aquel día no vi a mi compatriota por ninguna parte. No se me había ocurrido pedirle su número y Megan se mostró evasiva cuando le pregunté. Al tercer día tampoco apareció. ¿Instinto Básico? Ahora me tocaba sospechar de la gringa, a quien, por cierto, se le había mejorado muchísimo el humor y ya no renegaba de la revista ni hablaba de su religión, y se acercaba a los participantes en escenas, sin el menor empacho, para preguntarles si accedían a posar para ella.

Todo eso estaba bien. Pero ¿y el Guille?

Se terminó la feria. Volví a mi casa y no supe más de él, ni tampoco de Megan. Cuando el artículo salió publicado con las fotos correspondientes, en la sección dedicada a los sumisos encontré dos del Guille, atado a los barrotes de una cama de hotel. Tenía una mordaza en la boca y un taponcito en el culín.

Entrevista a ACVF Editorial, La Vieja Factoría

Editorial: ACVF Editorial, La Vieja Factoría

País: España

Sitio en la red: http://www.acvf.es

Dirección de contacto: acvf_editorial@hotmail.com

Entrevista a Antonio Fuentes, editor adjunto, en representación de ACVF Editorial

Teresa Dovalpage: En su página de presentación se lee:

“ACVF Editorial es una empresa profesional, organizada sobre los principios de la cooperación y de la economía social. Un pequeño núcleo de técnicos editoriales coordina, gestiona y promociona el trabajo de escritores, traductores, ilustradores y editores colaboradores, que forman parte del Club de Lectores, junto con amigos y simpatizantes.”

Muy interesante la idea de la cooperativa. Veo además que publican ensayo, ilustración y narrativa.

¿Hay algún tipo de manuscrito en particular que le interese recibir en estos momentos?

ACVF Editorial: ACVF Editorial no es exactamente una empresa cooperativa convencional, sino una editorial que intenta organizarse en torno al principio de la cooperación. La división clásica escritor-editor-lector-crítico ha suavizado sus perfiles en las últimas décadas. Todos somos un poco escritores, editores, lectores y críticos. Promovemos sinergias y el mestizaje entre estos cuatro actores del libro.

Publicamos poco, una decena de libros al año. Somos una editorial exigente: buscamos un manuscrito que, por su calidad narrativa o argumentativa, nos convenza de que debemos publicarlo.

 

Teresa Dovalpage: Claro que sí, la sinergia es la palabra del siglo XXI. Me pareció muy original la propuesta de la Beca ACVF, en la que fueron escogidos como los tres autores con más puntuación Guillermo Rubio Martín, Adolfo Gilaberte de la Iglesia y Sonia Mirón Torres.

ACVF Editorial: Los tres autores fueron escogidos en votación por los socios de nuestro Club de Lectores. Se publicó un libro con las obras y cartas de presentación de todos los finalistas.

Teresa Dovalpage: ¡Aquí lo tienen disponible!

Ebook y libro

¿Piensan organizar otra convocatoria?

ACVF Editorial: Hemos aprendido de esta primera convocatoria y, sí, repetiremos la experiencia cuando nos sea posible, evitando los errores en los que hayamos podido incurrir y mejorando su organización.

 

Teresa Dovalpage: A mí me pareció muy bien organizada. Siempre la difusión es lo más importante es estos proyectos… ¿Se publicarán más obras de estos autores?

ACVF Editorial: Estos tres autores, como el resto de finalistas, decidirán si quieren confiar en ACVF Editorial o si prefieren ofrecer sus obras a otras editoriales. El equipo de ACVF Editorial evaluará con respeto, interés y la máxima atención sus propuestas.

 

Teresa Dovalpage:  ¿Qué labores promocionales hacen ustedes con las obras publicadas y qué esperan que haga el autor?

ACVF Editorial: Presentamos las obras en nuestras redes sociales y a los medios de comunicación. Los socios del Club de Lectores disponen de acceso ilimitado a nuestro fondo digital. Es conveniente que los autores estén dispuestos a atender a lectores, críticos y periodistas, y que interactúen con otros escritores. Nuestra editorial, no obstante, tiene margen para apoyar la obra de escritores de gran calidad que, por su temperamento, circunstancias personales u otras cuestiones, opten por quedarse al margen de la promoción. A la inversa, ser un excelente comunicador no implica necesariamente un mérito literario, por lo que no tenemos en cuenta esta facultad al decidir qué obras publicamos y cuáles desestimamos.

 

Teresa Dovalpage: ¡Muy bien! El escritor tímido es el que más ayuda necesita en ese sentido…y muchas veces es el que mejor escribe. ¿Cuál es la mejor manera de evitar caer en la cesta de “manuscritos rechazados” por su editorial?

ACVF Editorial: Asegurarse de que el manuscrito está dentro de los parámetros de calidad de nuestra editorial. Buscamos manuscritos de gran calidad narrativa o argumentativa.

 

Teresa Dovalpage: ¿Recomiendan alguna de sus novedades en específico? Ya sé que como editores querrán por igual a todos los libros que publican, pero si hay alguno que acabe de salir y deseen destacar…

ACVF Editorial: Acabamos de comenzar la publicación, por trilogías, de Laberinto, de Juan Ignacio Ferreras (1929-2014). Proyectada como una novela de novelas, una novela constituida por cien novelas, es una de las obras más ambiciosas de la literatura española de todos los tiempos. Un excelente escritor, una obra monumental.

 Canta, musa

Teresa Dovalpage: Muchas gracias, Antonio, por acceder a esta entrevista.  ¡Buena suerte a ACVF y adelante con sus proyectos!

La novela española desde 1939, de Manuel García Viñó

ERRITAS AGRIDULCES, de José Prats Sariol

Gutenberg Museum

Tomé la foto en el Museo de Gutenberg. No estoy segura de qué tipo de maquinaria es, pero está impresionante.

Nota: No suelo publicar materiales que no estén directamente relacionados con el mundo editorial, pero éste de José Prats Sariol me ha encantado y resulta muy apropiado para el tema del blog. ¡Un libro con erratas corre el peligro de no hallar editor! Y que han sobrevivido, las malditas, desde los tiempos de Gutenberg hasta esta nuestra época de ordenadores y tablitas, digo tabletas. Son imperecederas.

Gracias a José Prats Sariol por autorizarme la publicación de este sabroso artículo.

*  *  *

Me encanta una aparecida en el siglo XIX, en El Nuevo Regañón. La afirmación debía decir: “Un oído delicado es imprescindible a todo buen poeta”. Y apareció: “Un odio delicado es imprescindible a todo buen poeta”. Cuando José Lezama Lima me la mostró en la antigua Sociedad Económica de Amigos del País, se limitó a comentar —asma risueña— que el ángel de la jiribilla y no la desidia de un tipógrafo, había colocado la frase en su sitio exacto.

Pero no todas las célebres erratas cubanas tienen una ligera carga de perfidia. Hay boleros de más ponzoña. Un testigo de ritmo sistáltico me contó que cuando Manuel Altolaguirre editó en su transterrada La Verónica un cuaderno de Emilio Ballagas, había un verso que decía: “siento un fuego atroz que me devora”. La picardía andaluza lo volteó a “siento un fuego atrás que me devora”. Y el escándalo, en la pudibunda sociedad habanera de la época, obligó al grave poeta —profundo lector de Luis Cernuda— a echar en la bahía los ejemplares que logró salvar de las librerías viperinas, embriagadas con la alusión.

Una de aparente equívoco implicó a una pianista cuyo nombre prefiero no aterrizar aquí. Apenas hubiese trascendido, pues sólo era una be por ge, pero obtuvo aquiescencias entre los hombres que lo apreciábamos: “Su buen busto armó un programa delicioso”. Y despertó curiosas solturas de la imaginación entre los que nunca habían tenido la oportunidad de conocer el programa, cuyas delicias al teclado parecían a veces mozartianas, a veces un tropical homenaje a Il piacere de Antonio Vivaldi. Años después descubrimos que el autor había sido un antiguo adicto, feroz musicólogo que mitigaba sus nostalgias en un dodecafónico busto sin gusto.

Recuerdo que en el Madrid de 1995, mientras realizaba una investigación en la Biblioteca Nacional, solía coincidir con un alicantino que las coleccionaba. Mientras degustábamos los tres platos en el comedor del sótano, ya en el postre, me lanzaba sus dardos a los ojos, con la vista en mi risa. Algunas aún las tengo. Poco después descubrí que la de Max Aub, en Crímenes ejemplares, estaba entre las más famosas: Errata. “Donde dice: / La maté porque era mía. / Debe decir: / La maté porque no era mía”. Menos literaria, pero tan sacrílega fue la de “La Putísima Concepción”, donde la pureza parece que pernoctaba fuera de casa. De esas rápidas está la de “Necesito mecanógrafa con ingles”, que olvidaba el inglés de Ezra Pound. “La Dama de las Camellas” y “La esposa que dirigía al marido miradas de apasionada ternera”, mantienen abierto el potrero…

Oí o leí que eran tantas las erratas que cometían en una imprenta nicaragüense, que un poeta incluyó en el machón la siguiente solicitud: “Erratas a juicio del lector”. Aunque el record parece en poder nada menos que de la Suma teológica, pues su fe de erratas ─en la edición del dominico F. García en 1578─ logró ocupar ciento once páginas, algo que nos deja anonadados, palabra que alude filológicamente a un ano ahogándose.

¿Alguna vez padeció Maqroll el Gaviero ─que el gran Álvaro Mutis hizo célebre─ que le anotaran un huracán caribeño en su libro de Pitágoras?¿Será absolutamente cierto que a una errata debemos el Fondo de Cultura Económica, pues debió llamarse Fondo de Cultura Ecuménica?  ¿A cuál ensayista mexicano pertenece la del “joven crudito” por erudito? ¿No dice el antiguo diccionario Espasa ─como refiere Pío Baroja─ La feria de los desiertos cuando la obra se llama La feria de los discretos? ¿Quién sustituyó “la orgullosa tinta” que alababa a un político venezolano por “la orgullosa tonta? ¿Cuál actriz de Almodóvar se levantó una mañana barcelonesa no con el ceño, sino con el coño fruncido?

De la saña erratibunda no se libra ni el mandarín, quizás como forma de lucha contra la desgana y la rutina, aunque en algunos académicos la cacería se vuelva pedante confesión de impotencia artística, síndrome de referencista hirsuto. Frente a ellos se sabe, por ejemplo, que Joyce jugó con erratas y homónimos, mitigó sus dolores de muela y sus clases de inglés a señoritas de Zürich con los equívocos que su condición de poligloto le propiciaba.

El italiano exhibe esta delicia en una edición de De los sepulcros de Ugo Foscolo. Los versos debían decir: Sol chi nos lascia ereditá d’afetti, / poca gioia ha nell’urna: Resultó que trasladaron la coma de lugar: Sol chi nos lascia ereditá, d’affetti / poca gioia ha nell’urna. Y el resultado afirma que solamente quien no deja herencia, de afectos tiene escasa satisfacción en la tumba. En francés se recoge que tras la muerte de un banquero el diario apuntaba que “Francia acababa de perder a un inútil”, es decir, escribieron homme de rien por homme de bien. En Londres es célebre este ligero cambio: God save the Queen por God shave the Queen, aunque nunca se aclaró si la reina gustaba de que Dios la afeitara con navaja o con Gillette.

Ninguna lengua está exenta de nuestras pertinaces amigas, ni de las bromas que propician. Voltaire cometió una con Juan Francisco Boyer, que había sido obispo de Mirepoix, y firmaba l’anc. Evèque de Mirepoix. El malévolo escritor cambió anc (ex) por ane, y así quedó como “el asno obispo”.  Una tarde en un café de la Rue Rivolí me contaron que una nota sobre el estado de salud de Jerónimo Napoleón, rey de Westfalia, alteró mieux por vieux, y decía: “El estado del augusto enfermo ha mejorado durante la noche. A la hora de entrar el diario en máquina el viejo persiste”.

Mark Twain advertía del peligro en un libro de medicina, pues “podemos morir por culpa de una errata”. Pero ningún genuino humorista ─y el novelista de Missouri era uno de ellos─, puede odiar deslices verbales y yerros impresos. Alguien consciente de que lo fatal es tomarse demasiado en serio, hasta ríe cuando la encuentra en uno de sus escritos. No parece casual que hombres de temple trágico como Proudhon se ganaran el pan como correctores modélicos… Tampoco que las nuevas técnicas de impresión computarizada hayan estropeado la tradición que unía al autor con el editor y el corrector.

El argentino José Fontana cuenta en El gráfico moderno: “Cada casa impresora de libros disponía de un corrector y un editor. Este último estaba encargado ─además de asesorar al corrector─ de la previa revisión general, gramatical y ortográfica de las pruebas, aunque el verdadero responsable de todos esos detalles era el corrector, a quien se escogía entre los literatos más capaces y conocidos. El corrector era, pues, el hombre de confianza y la ayuda más valiosa del autor. Muchas obras deben en parte su celebridad al hecho de haber sido corregidas por ilustres correctores, cuyo amplio y variado saber contribuía al renombre de las imprentas a que pertenecían”.

Con nostalgia recordaba Eliseo Diego la imprenta de Ucar García y Compañía en La Habana Vieja de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo. Cada una de nuestras ciudades relevantes tenía un sitio similar, donde frecuentaban los más notables escritores y artistas, donde el olor de la tinta y el ruido de las linotipias acrecentaban las tertulias, mientras el autor agraciado con las pruebas de agua añadía el puntico a una jota o el prefijo a olvidado ante histórico; mientras pedía silencio y escudriñaba una construcción macarrónica o tenía el coraje de suprimir un párrafo endeble. Y aun así, al final, las erritas agridulces le regalaban un anacrónico período augustiniano por agustiniano, el fantasma de un sustantivo jamás escrito, un salto de línea digno de las olimpiadas de invierno o al tenaz y travieso Alejandro El Glande

Entre las más famosas diatribas contra las chifladas que liban y pierden el rumbo, está la del esperpéntico madrileño Ramón Gómez de la Serna. Su artículo “Fe de erratas”, como se esperaba siempre de él, fue una hiperbólica resignación. Y mantiene “metáforas con humor”, greguerías.  Dice: “La errata es un microbio de origen desconocido y de picadura irreparable. Quizás Dios no sólo dijo a la mujer: ‘Parirás con el dolor de tu vientre’, y al hombre que ganaría el pan con el sudor de su frente, sino que añadió, suponiendo al intelectual que no suda: ‘Y tú, hombre, sufrirás cuando seas intelectual, la mordedura atroz de las erratas’”. Sigue un párrafo de mansedumbre atemporal, poscibernético: “Así sucede que después de que hemos corregido segundas, terceras y cuartas ‘pruebas’; después que nos hemos cansado de poner ¡¡OJO!! ¡¡OJO!! Al margen de las correcciones difíciles; después de que hemos leído el primer pliego salido de la máquina y hasta la hemos mandado parar para que corrigieran las últimas erratas, sin embargo, a la postre, hay erratas aún. (…) he deducido que la errata es un microbio independiente a la higiene del escritor y del cajista. La errata que tiene vida y sagacidad propia se disimula detrás de una supuesta corrección y no saca sus tentáculos sino después de implantada la forma en la máquina, o si aún ahí se la persigue, espera a que vayan tirados los cien primeros ejemplares correctos para brotar después”.

Después sugiere que desaparezcan las fe de erratas, “con permiso de la Academia”, pues “demuestran un espíritu timorato y en medio de todo, sobrecogido de miedo a los otros”. Finaliza proclamando nuestra indefensión: “La errata es inextricable. Matamos la plaga, pero quedan las nuevas: la errata está adherida al fondo de las cajas…, y en vano el fuelle de las imprentas sopla los días de limpieza en los cajetines de la caja para aventar el polvo y las erratas. (…) La errata es inextirpable, quizás más que nada, porque representa la mala intención de que está llena la naturaleza y la envidia insana que la posee. El temor a la errata es la única inmoralidad que puede cometer un escritor que escriba con libertad y libertinaje”.

No es casual que José Esteban termine su ameno Vituperio (y algún elogio) de la errata con el libelo de Gómez de la Serna. Y es que las casi siempre ingeniosas erratas que allí cita, merecen culminar en el artículo del prolífico nihilista. La labor de Esteban enriquece una persecución que tiene antecedentes tan notables en perseguidores —Cortázar las cazaba en su prolijas anotaciones al margen de los libros— de la talla de Julio Casares o del argentino Pescatore di Perle que escribiera la Antología del disparate, del cubano José Zacarías Tallet y su Gazapos o de tantos aficionados como Juan José Arreola, que en el puto punto quizá padecemos de un seudo —o sado— masoquismo.

En el Vituperio aparece una bien agridulce: “Al emplear el aparato de mi invención  para pecar a distintas profundidades, conviene poner un termómetro en el punto de amarse” (Por pescar y amarre). El doble sentido ha dado no pocos gustazos, equívocos punzantes, erratas o erradas dignas de un soneto de Quevedo. En las encumbradas páginas sociales de El Diario de la Marina, el arrebatado cronista escribió acerca de una católica pareja, cuyo matrimonio reseñaba con una cursilería digna de una compatriota novelista cuyo nombre se me ha perdido: “Prepararon su nido de amor paja a paja”. Aquí la errita bailó —lésbica y cursi— con la anfibología, pues paja en Cuba, como en Andalucía y otras tierras, también significa masturbar… La balada le salió balido al ambiguo gacetillero, como si se adelantara a las paronomasias de Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres.

Se sabe que las erritas —cambio que tomo del célebre machón que afirmaba no tener erritas— avispan la picazón en los autores que las reciben. Terminan odiando a los correctores y editores, hasta presentando demandas judiciales ante la plaga que sin piedad desmoronó su texto. Neruda confesó en Para nacer (algún enterado le escribió beber) he nacido: “Mi próximo libro entra y sale de las imprentas sin decidirse a mostrarme la cara. Se ha visto envuelto en la guerra de las erratas. Este es el sangriento campo de batalla en que los libros de poesía comienzan a doler al poeta. Las erratas son caries de los renglones, y duelen en profundidad cuando los versos toman el aire frío de la publicación”.

Y el poeta chileno tuvo suerte. Una vez le cambiaron “el agua verde del idioma” por “el agua verde del idiota”, para que nos dejara este valioso párrafo: “Sentí el mordisco en el alma . Porque para mí, el idioma, el idioma español, es un cauce infinitamente poblado de gotas y sílabas, es una corriente irrefrenable que baja de las cordilleras de Góngora hasta el lenguaje popular de los ciegos que cantan en las esquinas. Pero ese idiota, que sustituye al idioma es como un zapato desarmado en medio de las aguas del río”.

Sin embargo, y con ellas termino, a veces favorecen al texto, como la de odio por oído referida a los poetas. Lo enriquecen, mejoran el original. Hay erratas que Alfonso Reyes consideraba dichosas porque innovaron sus versos. Uno que debería decir: “más adentro de tu frente” se transformó en “mar adentro de tu frente”. Y “De nívea leche y espumosa”, tras el pase mágico quedó: “ De tibia leche y espumosa”. En el mismo artículo “Escritores e impresores” ─incluido en La experiencia literaria─, Reyes elogia otra que le regalaron. En lugar de “La historia, obligada a describir nuevos mundos”, el talentoso tipógrafo le colmó de honduras la frase al sustituir describir por descubrir.

La óptica lúdica ─tema trágico por la absurda abstinencia─ gana nuevos adeptos, capaces de relativizar el error, encarar las pifias y los resbalones como señas divinas de que somos polvo, como forma clave del zen… Tal vez no sepamos bien que la teoría del error es signo crítico en matemáticas y en didáctica, en economía y hasta en geriatría… ¿Hay que citar Contra el método de Feyerabend?  Mejor recordar al doctor Bernard Rieux en La peste de Albert Camus, cuando reflexiona sobre el error como una distinción clave de nuestra especie. Una errita le guiña el ojo, asiente.

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En el Museo de Gutenberg, una guía demuestra el método “primitivo.”

Bases del IX Certamen Literario Internacional Ángel Ganivet

Materia de especialización Literatura peninsular; Literatura del siglo XIX
Descripción 1. Pueden participar todas las personas mayores de edad (es decir que hayan cumplido los 18 años) que lo deseen, cualquiera que sea su nacionalidad, siempre que presenten poemas (una obra por cada concursante) en lengua española, originales e inéditos, no publicados en ningún tipo de formato ni total ni parcialmente (incluido Internet), no premiados o pendientes de fallo en otros concursos, o a la espera de respuesta en un proceso editorial. El incumplimiento de esta primera base descalifica automáticamente al participante.
2. El tema será libre.
3. El original deberá estar mecanografiado a doble espacio, utilizando un tipo Arial, Times New Roman o similares, a 12 puntos. En documento a tamaño A-4, por una sola cara. Respetando unos márgenes no inferiores a los 2,5 cm en cada dirección (laterales y superior e inferior).
4. El original de la obra se presentará únicamente en formato digital. El trabajo deberá ser enviado a la dirección electrónica: angelganivet@paisesamigos.com
5. En el asunto del mail se especificará: “Para el IX Certamen Ángel Ganivet”. Se enviarán en el mismo correo dos archivos adjuntos en formato Word:
a) En un archivo que será denominado con el TÍTULO DE LA OBRA (ejemplo: DON QUIJOTE DE LA MANCHA) en mayúsculas, se enviará la misma bajo seudónimo.
b) En otro archivo que será denominado con el TÌTULO DE LA OBRA – PLICA en mayúsculas (ejemplo: DON QUIJOTE DE LA MANCHA – HIDALGO), se enviarán los siguientes datos personales: -Título de la obra
-Seudónimo
-Nombre(s) y apellido(s)
-Año, ciudad y país de nacimiento
-Dirección de domicilio completa, incluido el país
-Teléfono(s)
-Correo electrónico
-Breve currículo literario. Incluido el currículum, los datos personales no deberán sobrepasar una página.
c) Como los datos resultan esenciales, entre más razones, a la hora de informar a los reconocidos por el Concurso, si de inicio no son enviados completos, no será aceptada esa participación.
[…]

11. La Asociación de Países Amigos se reserva durante un año, exento de retribución alguna a favor de los autores, el derecho en exclusiva de publicar y difundir por cualquier medio los trabajos premiados y finalistas si así lo considera pertinente. Así mismo, también pasado ese plazo de tiempo, la Asociación podrá publicar y difundir por cualquier medio, siempre con el generoso fin de contribuir a la expansión de obras literarias de valía incontestable, los trabajos premiados y finalistas sin obligación de remuneración pecuniaria alguna a sus autores.
12. El ganador del IX Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” deberá tener autorización de la Asociación de Países Amigos para cualquier acción que involucre a los textos premiados durante un año a partir de la fecha de la Premiación.
Los premiados se comprometen a mencionar el Concurso cada vez que publiquen el texto por sí mismos, o a garantizarlo cuando autoricen que el texto sea publicado por otros medios.
13. El Comité Organizador de este Concurso y su Jurado no mantendrán comunicación alguna con los participantes respecto a sus textos, ni ofrecerán ninguna información que no sea el propio fallo recogido en el Acta Oficial de Premiación.
14. La composición del Jurado Calificador será dada a conocer al hacerse público el fallo del certamen.
15. El hecho de concurrir al IX Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” de la Asociación de Países Amigos implica la total aceptación de estas bases.
Para más información:

Asociación de Países Amigos
Teléfono: +358 44 335 5160
http://www.paisesamigos.com/home.html
correo e.: angelganivet@paisesamigos.com